(Foto: USI)
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Stephanie Byrd

¿A quién no se le hace familiar ese clásico refrán, preferido por madres y abuelas: “Dime con quién andas y te diré quién eres”? Parece haber surgido de una epidemia mundial, porque cada idioma y cultura tiene su propia versión. Normalmente utilizado como mecanismo de persuasión sobre nuestras elecciones amicales adolescentes, hoy resulta fundamentado por los hallazgos de las investigaciones psicológicas que nos sugieren que el éxito o fracaso en la vida se determina hasta un 95 por ciento por las personas con quienes nos asociamos habitualmente. Dicho eso, las elecciones que hacemos no solo hablan mucho de quiénes somos, sino de quiénes apuntamos a ser. Con el Congreso disuelto y un nuevo año por delante, estamos frente una gran oportunidad de “borrón y cuenta nueva”, y coincide que sea en el ámbito político, como sociedad, y en el personal, como individuos. Ambos casos implican lo mismo: nuevas elecciones.

En el transcurso de mi vida he tomado muy malas decisiones que me han dibujado no solo unas interesantes cicatrices que van desde los ojos al corazón, pasando por mi orgullo y mi amor propio, sino también una maravillosa lista de pasos para evitarlas, que les comparto para ayudarlos en sus elecciones de este año:

1) Desapego: en el sentido en que nos orienta a tomar mejores decisiones y a fortalecer una actitud positiva para evitar de manera deliberada que interactuemos con la noción de que una fuente externa es responsable por nuestra felicidad. Esa circunstancia externa “productora de felicidad” no necesariamente tiene que ser negativa o superflua, incluso podría ser muy buena, altruista e inspiradora (como el sueño por un mejor país). Pero el hecho de que nuestra felicidad esté condicionada por ella es el gran detalle que nos hace susceptibles a un pensamiento poco racional y, en casos extremos, hasta delusivo.

Doy testimonio de que el apego ha sido causa de muchas lamentaciones en mi vida. De lo sentimental, con las famosas relaciones tóxicas, a lo profesional, con sus idealizaciones, he tenido toda un serie de malas decisiones generadas simplemente por la incapacidad de ver las cosas como realmente son. Hace año y medio dejé el mundo corporativo para embarcarme en un emprendimiento de alto impacto social, sin medir que mi apasionamiento podía ser inversamente proporcional a mi capacidad de hacer elecciones sensatas: desde la arrendadora fresca que elude sus responsabilidades, a los primeros proveedores y empleados ineptos, negligentes o deshonestos, absolutamente todos pasaron por mi filtro poco escrupuloso, resultado de tener mis gafas de color rosa bien puestas. No solo son lecciones que me han costado mucho en términos de recursos, sino que han venido con aprendizajes valiosos pero dolorosos.

Desear algo con tantas ganas o esperanzas crea dentro de nosotros una carencia tal, que es como si el objeto de nuestro deseo formara parte de nuestras necesidades básicas. El resultado es el debilitamiento de nuestra habilidad para diferenciar la verdad de la mentira. Nos convertimos en el vagabundo que solo ve su almuerzo, cuando delante tiene solo un tacho de basura callejero. El desapego es el primer paso, porque tenemos que darnos cuenta de que la felicidad no depende de nada que ocurra fuera de nosotros. Es la vulnerabilidad que generan nuestros grandes sesgos lo que nos priva de hacer buenas elecciones.

2) Disolver: reconocer con rapidez que estamos en medio de una mala elección no es fácil, ya que en la mayoría de los casos, hacerlo incluye asumir los costos hundidos y perder algo de dignidad en el proceso. Sin embargo es esencial, si lo que queremos es llegar a terreno seguro (Vizcarra lo ha tenido claro). Este paso requiere mucho de nuestra parte en cuanto a humildad, a valentía y, sobre todo, a saber escuchar nuestra sabia voz interior.

Ahora suelo jugar a detectar y eliminar lo más rápido posible a personas y situaciones que no me convienen. Por más extremo que parezca, “dar el beneficio de la duda” no es una filosofía que suscriba en lo absoluto a estas alturas de la vida. Sin el pensamiento delusivo del apego, podremos ver las cosas con mayor claridad para poder tomar decisiones rápidas y sanas. ¿Habrá algún daño colateral en esta forma rígida de ver la vida? A lo mejor sí, pero estoy convencida de que los beneficios serán mayores que las posibles pérdidas. Nuestros instintos básicos son agudos; el hecho de que estemos aquí, con vida, significa que nuestros genes sobrevivieron. ¡Hay que confiar en ellos!


3) Evolucionar: progresar nuestras preferencias y tendencias es un trabajo permanente. Después de meses de haberme “dado de alta”, fui a ver mi psicoterapeuta en una onda ya de “mantenimiento”, orgullosa y feliz, con una larga lista de personas y situaciones que había evitado en todo ese tiempo. Mi lista estaba complementada con el análisis que me había llevado a determinadas conclusiones y con el detalle sobre el tiempo (cada vez más corto) que me había tomado llegar a ellas. Grande fue mi sorpresa cuando no vi ni el menor entusiasmo reflejado en los ojos del Sr. Miyagui. Me dijo “No basta con reconocer y evitar lo tóxico, sino que hay que evolucionar para llegar a preferir y buscar activamente lo sano”. ¿Cómo evolucionamos? Rompiendo nuestros propios esquemas. Aprender a tomar mejores decisiones implica cambiar los patrones de comportamiento que nos han llevado a cada vez lo mismo. Esto involucra una investigación rigurosa sobre los otros candidatos potenciales: escuchar con curiosidad genuina y valorar posturas distintas de las que suelen interesar a nuestra visión sesgada.

A pesar de vivir en el Perú por más de doce años, no puedo votar. En esta vida siempre habrá algunas decisiones que otros tomen por nosotros, dejándonos, así, fuera de nuestra ilusión de control. Para ello, la paciencia y el buen humor. Les deseo muy felices elecciones extraordinarias.

*Stephanie Byrd es MBA con más de 10 años de experiencia en Marketing Digital y Ventas Corporativas. Emprendedora de Bienestar y Iniciativas Filantrópicas.

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