Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)
Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)
Renato Cisneros

"Si los espacios virtuales en línea van a ser nuestros nuevos hogares, convirtámoslos en lugares hermosos y agradables para vivir. Lugares que sintamos propios, donde lleguemos a conocernos, donde realmente queramos ir, no solo de visita, sino incluso para llevar a nuestros hijos”.

Con esas optimistas palabras culmina una de las charlas TED del activista norteamericano Eli Pariser, experto en participación ciudadana en línea y autor del muy comentado El filtro burbuja, cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos (Taurus, 2017).

Para Pariser, en estos tiempos de caos, crisis migratorias, violentos cambios climatológicos y dificultad para discernir lo verdadero de lo falso, necesitamos con urgencia “ambientes digitales” sobre los cuales tengamos algún tipo de dominio real, donde se respete la diversidad de la existencia humana y nos sintamos todos integrados.

En su planteamiento, Facebook y Twitter deben ser entendidas como ciudades. Las ciudades de asfalto fueron las primeras redes sociales: ahí la gente aprendió a conocerse, comunicarse, entablar vínculos, salir adelante. Y así como en las ciudades tradicionales hay sobrados ejemplos de conflicto y disputas territoriales, también hallamos modelos confiables de convivencia exitosa. Estos últimos son los que hay que replicar en línea.

Para Pariser, la tentación de clausurar las cuentas personales de estas redes equivale a las ganas de encerrarse en la propia casa o mudarse de barrio cuando a tu alrededor no ves nada más que decadencia. Su alternativa, sin embargo, es permanecer en ese lugar, por muy tóxico que sea, para tratar de disminuir el grado de confrontación entre sus miembros, para volverlo más democrático, considerando que en los años sucesivos los usuarios seguirán debatiendo allí su futuro como ciudadanos. “Las democracias saludables”, remarca el norteamericano, “necesitan espacios públicos saludables”.

Si extrapolamos esta reflexión al caso peruano, la bien intencionada idea de alcanzar “ambientes digitales agradables” suena lejanísima, casi utópica, sobre todo después de haber vivido (más bien padecido) una jornada de votación, circunstancia que invariablemente saca a relucir nuestro variado catálogo de fobias, prejuicios y resentimientos.

¿Podremos los peruanos hacer de Twitter y Facebook “espacios públicos saludables” como los que sueña Eli Pariser? Considerando que somos el primer país de la región con mayor porcentaje de alcance de redes sociales (estudio de ComScore, 2019), ¿llegará el día en que sepamos utilizar esas plataformas para hablar de asuntos que nos concilian, o incluso de los que no, con sentido de la crítica, la denuncia y el humor, pero sin recurrir al agravio, al artero golpe bajo?

Al traspasar la epidermis del análisis electoral estándar, se advierte que lo importante en el Perú de hoy no tiene tanto que ver con el “inesperado triunfo” del ultraconservador Frepap; ni con la “preocupante presencia” del radical UPP en el próximo Parlamento; ni con los “fenómenos” Ataucusi, Antauro o Urresti, sino con la airada sorpresa que esos resultados han generado en un amplio sector. Se ha manifestado, una vez más, el drama de nuestra absoluta desconexión. Y no me refiero solamente a la fractura sociocultural que arrastramos como lesión desde hace siglos, y que nos impide mirarnos como iguales, sino a la idea elitista que muchos peruanos parecen tener del país, como si en el fondo renegaran de la diversidad que tanto se reconoce como valor de la boca para afuera.

Todos vivimos en burbujas: nos movemos en determinadas fronteras, seguimos recorridos puntuales, nos informamos de las mismas fuentes, evitamos en lo posible el punto de vista contrario para no cuestionar el propio, y por lo general nos ubicamos de espaldas a una sociedad que luego pretendemos juzgar de frente.

El problema no son las burbujas, hasta cierto punto inevitables. El problema es la inmovilidad, la falta de curiosidad para salir de ellas siquiera momentáneamente. De vez en cuando conviene admirar la belleza y la complejidad del mundo exterior. Muchísimas cosas están sucediendo ahora mismo más allá de nuestras narices, rutinas y pleitos idiotas. Son esos descubrimientos los que pueden evitar que en la próxima elección la burbuja te reviente de golpe en la cara. //