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Jaime Bedoya

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No hay buena obra que quede impune. Un edicto municipal del año 1921, seguramente bien intencionado y por ello peligroso, podría ser la génesis de la estrecha relación entre espectáculo bufo y política nacional. Esta sinergia suele exacerbarse durante el mes de julio, mes de la y de ese sentimiento inasible embebido en el Arriba Perú.

Por ese entonces, 1921, se celebraba con gran optimismo y esplendor el Centenario de la Independencia. Se había inaugurado la Plaza San Martín como espacio público emblemático que la ocasión reclamaba. Se definía el lugar público por excelencia donde habría de presentarse lo bueno, lo malo y lo muy feo de la futura política peruana. Pero no había manera de saber del destino agridulce que el bronce inmóvil del libertador habría de tolerar desde su cabalgadura. La Plaza San Martín sería el kilómetro cero de las manifestaciones, de las marchas, y de las promesas incumplidas por los siglos de los siglos amén.

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Pero acaso algo se intuía. Porque fue en esos días de fiesta que se emitió la ordenanza municipal decretando espectáculos circenses gratuitos en la plaza para esparcimiento de los patriotas. Desde entonces, hace 100 años, las fiestas patrias peruanas están asociadas a la presencia de políticos que también quieren ser payasos, equilibristas y tragasables de diverso calibre.

Sin embargo, en esta relación semi tóxica más le debemos a los artistas del espectáculo que a los actores de la clase política. Esparcieron alegría en esta ciudad circos históricos como el colombiano Egred y el brasilero Tihanys, disputándose entre ambos la estratégica ubicación frente al monumento a Grau, otra paradoja entre patria y carpa.

Pero entre la modernidad y la pandemia el espectáculo mas antiguo del mundo ha terminado infectado de obsolescencia. La narrativa sofisticada y el virtuosismo de la escuela del Circo del Sol dejó atrás el espectáculo tradicional. Triste final fue el del histórico circo Orfei, que cuando visitaba Lima se ubicaba en San Miguel. Acabó a manera de osos panda de bajo presupuesto.

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Aquí hay una gran injusticia. Porque mientras el noble circo soporta ese pesar, al otro lado de esta ecuación centenaria la política circense no ha hecho otra cosa que consolidarse como una disfuncionalidad aparentemente inevitable. No puede ser aleatorio que alguna vez existiera frente al Congreso de la República una escuela de payasos. Literalmente cruzando la pista.

Por si subsistiera aún alguna duda de este vampirismo existencial que nuestra política ejerce sobre el circo, ahí está la irracional y desestabilizante coyuntura diaria que genera. Una izquierda incapaz de condenar en una dictadura de más de 60 años en Cuba. Una turba radical de derecha que hace del ataque callejero su mejor argumento. Y una metástasis que se expande a otros poderes del estado. La liberación de los Dinámicos del Centro, con el celular incriminatorio flotando victorioso desde el wáter al que fue arrojado, es una penosa payasada judicial. Con el perdón de Pitillo, Lechugita y Tontolín.

La cereza simbólica de esta torta podría ser el último proyecto de ley aprobado por el Congreso de la República a 15 días del Bicentenario: decretar el 1 de octubre de este año, de aquí a la eternidad, como el Día Nacional de la Concha de Abanico.

Aparte de la innegable importancia comercial del molusco bivalvo, el hecho guarda una soñada coherencia con la concha al cubo de estos compatriotas con derecho a circulina.

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