Los peruanos nos entregamos a al­gunas palabras, algunas frases y a sus respectivos si­lencios para explicar el mun­do, dice Alonso Cueto.
Los peruanos nos entregamos a al­gunas palabras, algunas frases y a sus respectivos si­lencios para explicar el mun­do, dice Alonso Cueto.
Alonso Cueto

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Los peruanos nos entregamos a al­gunas palabras, algunas frases y a sus respectivos si­lencios para explicar el mun­do. También para consolarnos y para enarbolar ese bien tan raro: la esperanza. Decimos que las cosas serán “como Dios quiera” basados en la confian­za de que “Dios es peruano”. Lo hacemos porque creemos en el destino o en un destino divi­no y que además, abusando de nuestra confianza, ese destino puede sernos favorable.

Esta confianza seguramen­te se debe a que es una reacción a tanta desgracia. Sin embargo, palabras como ‘chambaza’, ‘un chambón’ o ‘una chambonada’ revelan que también creemos o valoramos el buen o mal traba­jo que nos toca hacer.

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Así, viviendo entre la vo­cación por el trabajo y la espe­ranza en el destino, seguimos adelante cada día, trabajando mucho aunque sin mucha pla­nificación y pensando raras ve­ces en un futuro distante. Será porque no tenemos una con­cepción grandiosa del tiempo ni tampoco del espacio, algo raro en un país que fue cuna de varios imperios. A lo largo de los siglos nos hemos reducido. Es por eso que nuestro mundo se divide en ‘ratitos’, ‘cositas’ y otros diminutivos. “¿No ten­drás un tiempito para vernos?”, “¿No quieres tomar un cafeci­to?” son palabras usuales que me recuerdan a una señora que trabajaba en mi casa y que nombraba a las cosas con la pa­labra ‘estito’. Rezarle a Diosito es una marca del mismo tema. Y sin embargo, el diminutivo también expresa algo que los diccionarios no recogen. No es una definición de los tamaños sino una expresión de los afec­tos. Así llamamos a nuestros amigos, a los que queremos con un diminutivo: ‘Pepito’, ‘Tere­sita’, ‘hijito’ o ‘hijita’ para recaer en el diminutivo más tierno y huachafo de todos: ‘mamacita linda’, por no hablar de la mule­tilla preferida por los mafiosos de los audios, ‘hermanito’. El Perú es un país barroco de na­cimiento.

El mundo puede ser pequeño y afectuoso aunque los placeres y las dificultades sean grandes. Una dificultad puede ser un ‘pro­blemón’ o ‘una galleta’. Pero los peruanos mostramos nuestro deseo oculto, nuestra debilidad fundamental de la gastronomía en el modo como las fru­tas y verduras nos sir­ven para defi­nir el mun­do. Si la ma­la suerte se define co­mo ‘piña’, lo difícil como ‘yuca’ y lo fácil co­mo ‘papaya’, es porque hemos encontrado el espejo de los sabores y olores como nuestra manera de medir nues­tras relaciones con el universo. Es­tar tristes o ansiosos quiere decir que estamos ‘palteados’ y si algo es confuso alguna vez lo defini­mos como ‘un arroz con mango’. Estar perdido es estar como ‘un huevo en cebiche’ y ser una per­sona amable o débil es definirse como ‘una mantequilla’ o ‘bueno como el pan’. El mundo tal como lo vemos es un plato definido en la cocina de nuestro paladar exis­tencial.

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El inglés se ha metido en pala­bras como ‘broder’, ‘mouse’, ‘click’ y otras que acortan el tiempo a nuestra medida. Sentimentales, barrocos, dulzones, muchas ami­gas y amigos se llaman ‘bebe’ o ‘baby’.

Pero el quechua también está presente con expresiones como ‘calato’, que tiene sonidos más fuertes que ‘desnudo’. Un cala­to parece tener menos ropa que un desnudo, por la fuerza de sus vocales abiertas. Otras palabras quechuas como ‘cancha’, ‘gua­gua’, ‘huacho’ nos definen la ver­dad con más fuerza que el caste­llano. Palabras de origen africano como ‘taba’ por ‘zapato’, ‘muca­ma’, ‘mochila’ y ‘tango’ (sí, el gé­nero musical argentino) nos en­riquecen al mismo tiempo con su sonoridad.

Hay una expresión que ha ga­nado una enorme popularidad en los últimos años. La idea de ‘pasar factura’, como un castigo físico o psicológico por algún error come­tido. Vemos las derrotas de la vida como una transacción comercial mal hecha. Si hemos gastado mu­cho, tenemos que pagar. Las palabras que usamos nos reflejan. Palabras que expresan afectos, recuerdan alimentos o re­velan nuestra aptitud en los ne­gocios. Somos ‘chamberos’ pero no organizados, ‘picones’ pero no vengativos. ‘Estamos en Babia’,’en la luna’o’en la luna de Pai­ta’, frente a nuestra historia, nues­tro presente. El lenguaje revela que estamos desconcertados, en permanente estado de confusión. Somos ignorantes porque ‘esta­mos en la calle’ o en ‘la Cayetano’. Si algo es bueno decimos que es ‘brutal’ o ‘bestial’. El bien y el mal, después de tantos avatares, son intercambiables. Pero definimos al bien como un mal y allí está el elogio, ‘mostro’.

Nuestra relación con las pala­bras seguirá cambiando. Siem­pre habrá alguna palabra nueva a la que encomen­darse.

En este bicentenario tendremos que inventar otras nuevas, para se­guir tirando, aunque sea. Con tal que no se arme un ‘chongo’ como el que algunos cocinan, podremos seguir llevando la fiesta del bicentenario en paz. Todo dependerá de que con­sideremos a los demás com­patriotas como ‘causas’, ‘bros’, ‘cumpas’, hermanos del alma. Ya es hora, en el ‘tono’ o la ‘ja­rana’ de los doscientos años. //

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