ILUSTRACIÓN: Nadia Santos.
ILUSTRACIÓN: Nadia Santos.
Luciana Olivares

Llegué curiosa y entusiasmada. Por fin vería , la obra de la gran actriz Norma Martínez que –a pedido del público– se ha repuesto por unas semanas. Algo me habían spoileado: lo que vería no era una obra convencional, partiendo de que el teatro es circular y desde que llegas vas recibiendo una serie de indicaciones dadas por la propia Norma, que no solo dirige, sino también actúa. También sabía acerca del argumento de la historia: una niña enfrenta el intento de suicidio de su madre haciéndole una lista de solo cosas geniales para que recupere sus ganas de vivir. De pronto comenzó la obra y a su vez la interacción de las personas que estábamos allí. Teníamos el encargo de ir leyendo con el mayor entusiasmo cosas como: 1. El helado, 43. La escarcha, 345. Quedarte toda la noche despierto hablando por teléfono con la persona que te gusta. A medida que el personaje de Norma daba la indicación, el público leía en voz alta el papelito asignado, que en realidad constituía la enumeración de una cosa genial y que no seguía un patrón lógico numérico ni estaba ordenado en términos de prioridad. Tan solo expresaba cosas que nos hacen sentir contentos.

Mientras miraba mi papelito, concentrada en no perderme ante mi llamado, observaba a la gente a mi alrededor. Todos estábamos realmente presentes, no en el sentido literal de estar solo allí sentados, sino participando en la obra. Era realmente refrescante ver a tantas personas por más de una hora mirándose los unos a otros y algo más que la pantalla de su celular. Me sentí conectada con la historia, con esas decenas de desconocidos que sabe Dios si volveré a ver, pero sobre todo con el concepto de la lista de cosas geniales: un listado tan simple pero relevante para darnos cuenta de cuán importante es prestarles atención a las cosas simples de la vida. Como las damos por asumidas, les restamos valor.

Ser capaces de hacer esa lista, como bien se muestra en la obra, también es una suerte de indicador de nuestra salud emocional, porque cuando existe depresión, la lista se vuelve finita y no somos capaces de reconocer que una porción de wantán con tamarindo puede también ser una cosa genial.

Ya ha pasado una semana de la obra y sigo revisando en mi mente cuál es mi lista, y mientras más avanzo en la enumeración, me doy cuenta de que casi siempre las cosas geniales de mi vida no están basadas en algo material y que hoy hay cosas que no habría valorado en otras etapas: mi Quaker con ralladura de naranja después de hacer deporte, quedarme en pijama todo un sábado con mi hija viendo maratón de series, dormir en cucharita con Samuel, ir a trabajar con mi perro y regresarnos juntos para almorzar. Pero hacer esa lista de cosas geniales también me hizo acordar de otro concepto que se me ocurrió hace algunos años: crear un botiquín de primeros auxilios con todas aquellas cosas que curen heridas, raspones, ronchas o cualquier situación emocional. Evidentemente no estoy hablando de algodón, curitas, pastillas ni alcohol etanol (el otro sí puede formar parte del botiquín pero no para ahogar penas, sino en dosis controladas). Me refiero a todas aquellas cosas que has identificado a lo largo de tu vida y que puedes encontrar en tu clóset, mesa de noche, librero, alacena, archivo de fotos y hasta en Netflix, que han tenido algún efecto positivo en ti, sea para levantarte, hacerte reír o llorar, engreírte, calmarte o, por qué no, ponerte recontra hot. Cosas que no tienen receta médica ni efectos colaterales, que pueden ser prescritas por ti porque nadie te conoce más. No son cosas caras ni tampoco complejas y lo más importante: su valor está en lo que te hacen sentir y no en lo que opine el resto.

Puede ser una película malísima para los críticos de cine pero que te has visto unas 15 veces y que hace que, así hayas tenido una tremenda decepción amorosa, te siga provocando enamorarte. O ese libro que leíste donde hay una frase que resulta que te levanta como un resorte cada vez que la relees, ese perfume que te hace sentir ponedoraza(o) o esa pijama que ya deberías botar pero que te hace sentir libre y rebelde ante el mundo. También puedes crear subproductos para compartir con otros, como por ejemplo un botiquín con tu pareja, que les sirva para bajar revoluciones ante peleas o levantar, con método natural nomás, pasiones algo alicaídas. Una canción, un olor, una frase, el hotelito de ese viaje de fin de semana o ese restaurante caleta que reafirma su complicidad. Todos los días nos quieren vender productos que no necesitamos para ser más felices, así que te propongo algo: haz tu lista de cosas geniales y construye tu botiquín porque lo más importante para sentirse bien no es comprarte cosas, sino la idea de estar bien. //