Lee 'Feliz cumpleaños a ti ', la columna de Lorena Salmón. (Ilustración: Kelly Villarreal)
Lee 'Feliz cumpleaños a ti ', la columna de Lorena Salmón. (Ilustración: Kelly Villarreal)
Lorena Salmón

Sucede que uno se olvida de lo que es capaz. De todas aquellas cosas que pensó no podía lograr y lo hizo, a pesar de todo.

Por ejemplo, las mujeres que dan a luz de forma natural tienden a olvidar el dolor del parto, y no es raro que después de un tiempo se muestren entusiastas con la idea de traer nuevamente vida. Cuando la mujer da a luz de esa forma, produce tanta oxitocina en su cerebro que esta hormona funciona como amnésico: borra de la memoria el dolor que una madre siente al parir, así como las complicaciones que se puedan haber dado durante el proceso.

Máquina maravillosa, el cerebro.

La primera vez que di a luz, en cambio, para mi está absolutamente grabada: entré a la sala de operaciones para una cesárea por envejecimiento de placenta. Estaba asustada, con lágrimas en los ojos. Una enfermera muy amable me acompañó sin soltarme la mano. Bendita.

La clínica donde daba a luz solo permitía la presencia del padre biológico en la sala y, ante su ausencia, no me quedó otra que entrar solita.

Hay pocos momentos en mi vida en los que he tenido tanto miedo. Están relacionados con la maternidad.

Un día como hoy, tal cual, con un calor inusual en abril, tempranito por la mañana, con mis padres, hermana y mejores amigas esperando en la sala de afuera, nació Horacio. Chiquitito, serio, tauro.

Quería llamarlo Luca, por Luca Prodan, cantante de Sumo, una banda argentina que por ese entonces resonaba de soundtrack en mis días. Opté por Horacio, por Horacio Oliveira, porque finalmente, después de haber peleado durante la mayor parte de mi vida universitaria con Rayuela, había podido terminarla.

Un día como hoy, hace 15 años, yo tenía 23, un neonato y ni la menor idea de qué sería de mi vida como madre.

Vivía en la casa de mis papás, trabajaba en esta misma revista ganando por nota publicada. El padre de mi hijo –de nacionalidad extranjera– no daba opción alguna a una crianza compartida.

La verdad es que nada ha sido tan duro.

No tener idea de quién eres tú mismo y tener un hijo del cual ser responsable; no quererte mucho y aprender sobre el amor incondicional en manos de un recién nacido; no saber hacer absolutamente nada doméstico –ni un jugo– y aterrizar de bruces contra la realidad. Algo así fue.

Siempre hablo de anclas que nos ayuden a poner los pies sobre la tierra. Horacio fue la mía.

Aprendimos juntos a entender que, a pesar de no tener idea de qué pasaría en el futuro, mientras estuviéramos los dos todo estaría bien.

Aprendimos a saber en quién confiar y a quién entregarles nuestro corazón, y a quién ya no. Eso dolió mucho, pero tú sabes que lo que no te mata te hace más fuerte.

Siempre pensé que porque eras chiquito y porque estuvimos solos un tiempo los dos, estabas en desventaja. Durante un tiempo sentí la necesidad de protegerte de todo, y luego entendí. Tú no eres más frágil que yo: yo soy más frágil que tú y tú, hijo mío, regalo divino, viniste a enseñarme a ser más fuerte. Viniste a enseñarme sobre mi propia valentía.

Yo no me creía capaz de traer vida al mundo y menos de ser una persona que funcione de rol o modelo y que no fracase en el intento. Y tú me obligaste a serlo, a enfrentar cada uno de mis miedos, a soltar lo que tenía que soltar.

Por eso hoy, que cumples 15 años, que cumplimos, coño, 15 años, quería contárselo al mundo, quería gritarlo por la ventana: lo logramos, lo hacemos diariamente, avanzando en este viaje, aprendiendo juntos; en este reto, difícil pero a tu lado, maravilloso.

Feliz día y gracias, por todo. //

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