Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal)
Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal)
Renato Cisneros

Desde que empezó a circular en boca de distintos líderes mundiales, la expresión “nueva normalidad”, más que adhesión general, ha provocado desconcierto, si no rechazo.

Lingüísticamente, se trata de un oxímoron poco eficaz. Nueva-normalidad. ¿Realmente puede haber normalidad en lo nuevo? ¿Puede llegar a considerarse novedoso lo normal? ¿Es pertinente hacer extensivo a todo el planeta un concepto elástico que se construye según las condiciones, normas, costumbres y posibilidades de cada sociedad? ¿La normalidad asiática es igual a la europea? Y la europea, ¿es semejante a la latinoamericana?

Se entiende la necesidad técnica, o más bien política, de asignar un rótulo al conjunto de meses y años venideros para crear la sensación de punto de quiebre histórico; es solo que desde el centro del desastre, viviendo un día a la vez, resulta muy difícil intuir o vislumbrar cómo será el estado de cosas que lo sustituirá.

Además de difícil, es prematuro. En una reciente columna titulada “La ansiedad”, la escritora argentina Mariana Enriquez se pregunta “por qué tenemos que pensar en la nueva normalidad si la pandemia recién empieza”. Es verdad. Los especialistas ya hablan de “meseta estadística”, y las reglas del confinamiento se relajan paulatinamente en ambos hemisferios, pero los efectos recién se manifiestan, y nosotros, conejillos de indias sometidos a fallidos experimentos semanales, tenemos una única responsabilidad: mantenernos a salvo. En palabras de Enriquez, somos “esa cucaracha que corre y corre y logra esconderse detrás del lavarropas”.

Por otro lado, la “nueva normalidad” ni siquiera es una idea original. Aunque hay registro de su uso en un artículo de Bloomberg News de 2008, fue el norteamericano Mohamed A. El-Erian, asesor económico de la multinacional Allianz, quien la acuñó en 2009 para referirse al periodo de recesión, ineficacia política, rampante desigualdad y tensión social que siguió a la crisis financiera global desatada el año previo. Es más, en 2016, el mismo El-Erian ya especulaba con el “fin de la nueva normalidad”, de modo que resucitar ahora ese término, además de componer un gesto anacrónico, demuestra que no sabemos cómo bautizar con propiedad al tiempo nebuloso que se avecina, que ya está aquí, que no se parece a nada que hayamos vivido antes, y que exige de nuestra parte una sabiduría que, la verdad, nunca nos ha distinguido como especie.

“Hegel escribió que lo único que podemos aprender de la historia es que no aprendemos nada de la historia”, ha recordado días atrás Slavoj Zizek, el filósofo esloveno, quien además asegura que “la nueva normalidad tendrá que construirse sobre las ruinas de nuestras antiguas vidas”.

Dicha tarea, sin embargo, suena imposible si, tal como pronostica otro filósofo, el español José Antonio Marina, muy pronto volveremos a ser los mismos de antes: “Cambiar significa cambiar de creencias, cambiar de hábitos afectivos o cambiar de costumbres; y eso no pasa tras dos meses de confinamiento”. Entonces, ¿el entorno cambiará drásticamente pero nosotros no? El profesor catalán Carlos A. Scolari cree que habrá situaciones a las que nos adaptaremos fácilmente y otras a las que no. “De estas negociaciones colectivas irá surgiendo el nuevo mundo en que nos tocará vivir en la década que acaba de comenzar”.

En ese mundo del mañana, algo tan habitual como ir a la playa podría convertirse en una experiencia tortuosa. En España, donde vivo, la temporada de verano se planifica estudiando medidas que también se verán en otros países. Para la fase 3 de la desescalada –finales de junio–, se ha propuesto el uso de sensores y drones con el objetivo de controlar el aforo en las playas. Además, mediante aplicaciones, los veraneantes reservarán su turno para ocupar una de las cuadrículas de una de las parcelas en que estará dividida la franja de arena. Será como visitar la cárcel en ropa de baño.

Mientras surge un mejor membrete con el cual denominar el porvenir, aboquémonos a la tarea que sugiere Zizek: elegir con qué escombros del pasado reciente queremos construir a los hombres y mujeres que encarnaremos en la “nueva normalidad”. Hagámoslo sin olvidar que hemos sido testigos de un cambio de siglo y ahora somos notarios de un cambio de era. Esa es nuestra marca. La llevaremos siempre. Si algo no se borrará, será eso. //

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