En su más reciente columna, Jaime Bedoya trata el ansiado reencuentro entre los peruanos y el pollo a la brasa, en medio de la pandemia.
En su más reciente columna, Jaime Bedoya trata el ansiado reencuentro entre los peruanos y el pollo a la brasa, en medio de la pandemia.
Jaime Bedoya

Jefe de contenidos calificados

jbedoya@comercio.com.pe

A los sesenta días de un confinamiento relativamente obligatorio un conmovedor reencuentro espiritual estremeció al país. Fue la reunión entre el peruano y el .

El dorado atractivo de su piel, ese bálsamo masticable que estremece transversalmente la sensibilidad nacional, se manifestó como perfecto confort ante la muerte y el desasosiego. Como, ergo existo

Hincar el diente en la fibra jugosa del ave cocinada al calor de la brasa en rotación se convirtió en compensación a vivir en una simulación sin garantía de futuro. La certeza mecánica de la masticación y el consiguiente desenlace de placentera saciedad se convirtieron en la cuota tangible de una afirmación sensorial de luto. Pensar que el responsable de este caos funesto es un virus tan insignificante que cabría millones de veces en este punto aparte.

Por un momento, lo que dura una digestión, se hizo una pausa en las carencias estructurales y en las miserias recicladas. Brindó amable amnesia acerca del país que oscila y recae en autosabotaje cíclico. El pollo a la brasa tomó la posta del deshauciado Contigo Perú como sucedáneo a la unión fraterna. Y la filosófica disyuntiva parte pecho/ parte pierna volvió a ser la variable local a esa áspera cuestión sajona, irrelevante en cuarentena, del ser o no ser.

Todos los honores han recaído temprana y oportunamente sobre esta coherente culinaria peruana. La usualmente snob elite cultural se rindió ante su simple perfección nombrándola Patrimonio Cultural de la Nación. Esto puso al pollo a la brasa– no se precisó si acompañado de papas o no - al nivel de la majestuosidad de Machu Picchu o la traicionera cima del Huascarán. Luego se establecería el tercer domingo de julio como el Día del Pollo a la Brasa, convirtiéndolo en serio competidor al Día de la Madre o halloween en lo que a algarabía popular se refiere. Mienten los que dicen que los políticos no hacen patria.

El pollo a la brasa tendría que saber estar a la altura de su linaje. Pocas horas deberían de pasar para que un enjambre de deliverys motorizados se ocupen de llevar pollos de cortesía a los médicos y demás defensores de la primera línea contra el virus. Harían de su éxito aluviónico el de todos los que también se lo merecen.

Anoche soñé con un pollo a la brasa. Su imponente presencia dorada sugería revelaciones indescifrables. Había dos personajes frente el ave. Uno era el autor del cachetadón visionario a un idiota temprano que violara la cuarentena en Piura, el capitán Christian Cueva. Al frente, el futbolista homónimo que fallara el penal ante Dinamarca en nuestro regreso mundialista. La posibilidad de un manazo cortando el espacio entre ellos era inminente. No sucedió. El cruce de miradas convocadas por el pollo, aunque grave, parecía llegar a una resolución silente y armoniosa.

Los personajes desaparecieron y el pollo a la brasa inicial retomó el protagonismo del sueño. El momento de la diplomacia se había agotado. Me lo comí desengonzadamente con las manos, contra el tiempo, negando toda distancia social, y sin pensar si saldremos todos juntos de esto o no. Al despertar sentí un malestar anímico. Tal vez no era el momento de una felicidad brutal y ligera.

Luego recordé el poema de Toño Cisneros que termina diciendo (¿Ante quién te disculpas, pelotudo?) y seguí contando cuantos días van. //

“Volviendo a lo que dije” (1972)

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