Sobre la muerte de Delia, Víctor y Jorge, tres profesores del colegio. Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Sobre la muerte de Delia, Víctor y Jorge, tres profesores del colegio. Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Renato Cisneros

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En las últimas semanas he leído con consternación en las redes sociales decenas de mensajes necrológicos de amigos informando la partida de sus seres queridos, la mayoría por coronavirus, pero muchos otros por infartos, cánceres o diferentes enfermedades crónicas que quizá podrían haberse tratado mejor de no estar colapsado el sistema de salud por culpa de la devastadora pandemia. Nunca vi tantos obituarios juntos, firmados por los deudos, acompañados de fotos de los fallecidos cuando aún vivían y se mostraban resplandecientes, saludables, ignorando, como ignoramos todos, la fecha de defunción que el destino les tenía reservada.

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Lo más triste es que, prohibidos como estamos de organizar velorios –esas ceremonias que nos diferencian de los animales cuando se trata de despedir con dignidad a nuestros muertos–, apenas podemos dar trámite a sepelios burocráticos, sumarios, donde no hay lugar para abrazos, símbolos, responsos ni homenajes. Entre los hombres y mujeres que recientemente han incrementado los índices de mortalidad del país figuran tres de mis profesores de la secundaria del Carmelitas: los legendarios Delia Aguilar, de Matemáticas; Víctor Armas, de Historia Universal; y Jorge Lindo, también de Matemáticas. Han muerto en pocos meses, casi uno seguido del otro, y aunque hacía una décadas que no sabía nada de ellos, y a pesar de que durante el colegio no mantuve con ninguno una relación digamos entrañable, ha sido inevitable sentir una gran pena. Es como si con su desaparición se difuminaran poco a poco, en simultáneo, ciertas vivencias compartidas en las que ellos fueron protagonistas o testigos.

Cuando allá por 1988 mi hermana mayor me advertía del carácter inflexible y severo de los tres, corría a mirar sus fotografías en el anuario sabiendo que los tendría de profesores al año siguiente, en tercero de media. Buscaba familiarizarme con sus facciones, como si así pudiese descubrir sus puntos débiles y tener algo de ventaja psicológica para cuando se presentaran en el salón.

A la robusta Delia Aguilar le bastaba con cruzar la puerta del salón llevando en brazos los libros de Baldor para intimidar a su audiencia. Su oronda presencia provocaba un silencio inmediato entre nosotros. Al primero que desatendía su enrevesada explicación de las ecuaciones algebraicas –lo viví en carne propia dos o tres veces–, no dudaba en paralizarlo con la mirada detrás de sus anteojos, lo señalaba con el apuntador de madera y le pegaba unos gritos destemplados que con toda seguridad se oían hasta las primeras cuadras de la avenida Benavides. Jorge Lindo era bajito y querendón, a todos trataba de “papito” o “mamita”. Si respondías con éxito sus interrogatorios, te elogiaba diciendo que eras “pura calidad”, pero transpiraba a chorros y su rostro se encendía progresivamente si perdía la paciencia, como cuando me veía delante del pizarrón refutando los teoremas de Pitágoras o Euclides.

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Víctor Armas era inconfundible por su parquedad, por las incomprensibles frases en latín que lanzaba de tanto en tanto, por las patillas de prócer independentista que llevaba con orgullo, y por los no tan sutiles comentarios políticos con que matizaba sus apuntes históricos. A él le debo algunos de los jalados más dolorosos de mi biografía académica, producto de haber conciliado el sueño sobre la carpeta mientras se despachaba contándonos los pormenores de la revolución francesa. Reencontrarlos en los almuerzos de ex alumnos durante los años posteriores fue descubrir su faceta más auténtica. Ya liberados de su rol de maestros y tutores, se les notaba dicharacheros, más amigables de lo que habían sido en clase, y conversábamos, reíamos y hasta brindábamos con genuina camaradería. De los profesores estrictos que habían sido no quedaba ni la sombra.

Tal vez ahora escribo sobre ellos para recordarlos con nombre propio y evitar que caigan en el anonimato estadístico que sepulta a los muertos de estos meses. O para que no sean una cifra más en la sala situacional del Minsa. O para decirles adiós con un mínimo de humanidad. O para que nuestro pasado común, esa larga época en que formaron parte del decorado estable de la infancia y adolescencia de varias generaciones, no se desvanezca. Al menos no tan fácilmente. //

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