"Para conseguir que los ciudadanos comprendan lo cerca que se encuentran de la muerte, no basta con mostrarles un power point atiborrado de datos interpretativos, amenazarlos con una multa cuantiosa o restringirles la movilización; a veces ayuda contarles historias con las cuales identificarse". Lee la columna de Renato Cisneros. (Foto: REUTERS/Yves Herman)
"Para conseguir que los ciudadanos comprendan lo cerca que se encuentran de la muerte, no basta con mostrarles un power point atiborrado de datos interpretativos, amenazarlos con una multa cuantiosa o restringirles la movilización; a veces ayuda contarles historias con las cuales identificarse". Lee la columna de Renato Cisneros. (Foto: REUTERS/Yves Herman)
Renato Cisneros

Lo señaló en su día el escritor argentino Tomás Eloy Martínez: las cifras impactan, pero no conmueven. En efecto, por elevado que sea un determinado número hay algo intrínsecamente gélido en su esencia que le impide trascender el ámbito de lo puramente informativo y despertar por sí solo una emoción. Sobre todo cuando se trata de comunicar tragedias. Uno escucha o lee “ya van 900 muertos” y, de tanto repetirse, la frase se convierte rápida, peligrosamente, en una pálida sucesión de sílabas, un ruido que de a pocos se diluye. Hay quienes recurren al porcentaje para traducir grandes cantidades –”la letalidad del coronavirus es del 2,7%”– pero a veces solo logran que el mensaje sea todavía más insípido. Los reportes estadísticos y los gráficos sobre la evolución de la curva son útiles hasta cierto punto y frente a cierto público, pero la misión urgente de sensibilizar a la mayoría y crear empatía a gran escala requiere de un discurso humano, con rostro, con nombre, con pasado, con experiencia. No se trata solo de informar cuántos muertos van, sino, en la medida de lo posible, de contar quiénes eran esos muertos, al menos algunos de ellos, de dónde provenían, qué hacían para ganarse la vida que acaban de perder y cómo fue exactamente que la perdieron. Para conseguir que los ciudadanos comprendan lo cerca que se encuentran de la muerte, no basta con mostrarles un power point atiborrado de datos interpretativos, amenazarlos con una multa cuantiosa o restringirles la movilización; a veces ayuda contarles historias con las cuales identificarse. Siempre que sean reales.

Hace unos días, el ministro de salud, Víctor Zamora, dijo en RPP que en el balance de la pandemia había casos negativos pero también “casos de éxito” y a continuación refirió la ya célebre historia de don Valerio Santa Cruz, el nonagenario que hace más de un mes abandonó la unidad de cuidados intensivos del hospital Dos de Mayo, convirtiéndose en el peruano de mayor edad en vencer al COVID-19. Su caso, efectivamente, es inspirador para los adultos mayores, que temen formar parte de la prácticamente anónima relación de bajas. Sin embargo, en un contexto tan adverso creo que los mensajes más potentes, más efectivos, más didácticos son aquellos donde abundan los obstáculos, las limitaciones, donde las cosas no están saliendo precisamente bien, donde estamos fallando. Lejos de bajar la moral del pueblo, la crudeza y sinceridad pueden robustecerla. ¿Nos da esperanza saber que un adulto mayor superó la enfermedad? Sin duda. Pero leer crónicas como las de la periodista Milagros Salazar (en ) –que narra por capítulos la muerte de su padre, víctima del virus pero también del colapso de un sistema de salud tercermundista, donde los buenos profesionales conviven con otros irresponsables o directamente inhumanos– nos pone inmediatamente en guardia, nos hace sentir doblemente inseguros, nos da ganas de no salir ni de nuestra habitación.

En los últimos días lo único que ha logrado que interiorice la gravedad de esta epidemia; que sea consciente de mi situación privilegiada por contar con cosas que la malacostumbre considera obvias; y que me vuelva más precavido en el cuidado de los míos, lo único, digo, han sido los testimonio oídos en la radio de gente que vive realidades durísimas. Pienso en aquel viejo indigente que tras pasar las primeras noches en la Casa de Todos fue descubierto durmiendo en el suelo pese a disponer de una cama individual; ¿su explicación? “Mi espalda no se acostumbra a la comodidad del colchón”. O en la solitaria mujer que, estigmatizada por sus vecinos por el solo hecho de salir a trabajar, sufre no solo las diarias agresiones verbales de estos, sino inexplicables cortes de luz como una forma de amedrentamiento. O en don Tomás, padre de cinco hijos en edad escolar, que vive en una zona remota de Bagua, sin agua, luz ni televisor. Su mayor posesión por estos días es la pequeña radio donde sus hijos oyen las clases de ‘Aprendo en Casa’ y que pronto necesitará cambio de baterías. Esa era su mayor angustia la tarde que nos llamó: las baterías gastadas de su transmisor portátil.

Para persuadir a quienes siguen circulando de quedarse en casa hay que apelar como arma de convencimiento a las historias que más duelen, que más remecen, que más quisiéramos evitar que se repitan. Queremos verdades, no píldoras doradas. Queremos historias, no cuentos. //

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