"Si se reuniera material para una cápsula del tiempo peruana, sugeriría guardar allí un archivo de audio con los testimonios que más nos han sobrecogido e indignado durante los últimos meses". (Foto: Lino Chipana / El Comercio)
"Si se reuniera material para una cápsula del tiempo peruana, sugeriría guardar allí un archivo de audio con los testimonios que más nos han sobrecogido e indignado durante los últimos meses". (Foto: Lino Chipana / El Comercio)
Renato Cisneros

Desde hace semanas los responsables de algunos museos del mundo, convencidos de que este confinamientos global será uno de los hitos del siglo veintiuno, vienen desarrollando estrategias para documentar la vida cotidiana de la gente.

El Museo de Londres, por ejemplo, implementó en abril su proyecto “Collecting COVID”, que busca recopilar, física y digitalmente, objetos y actividades para construir una “cápsula del tiempo” que revele a las próximas generaciones cómo las familias lidiaron con la cuarentena del 2020.

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Entre el material reunido hasta el momento destacan fotografías de calles desiertas y negocios cerrados, extractos de videoconferencias y conciertos virtuales, optimistas horarios para las tareas de los niños, mascarillas, gel desinfectante, afiches con el lema “Quédate en casa”, avisos de farmacias señalando cómo guardar distancia, clases virtuales de zumba o yoga, fragmentos de recetas, páginas de diarios personales, etcétera.

Otros museos de Dinamarca, Finlandia, Suiza, Eslovenia y Reino Unido han puesto en marcha iniciativas similares. Y en Instagram ya se encuentra el primer museo del coronavirus del mundo (Coronavirus Art Museum), donde vemos collages hechos de papel higiénico, un planeta con forma de virus, una ilustración de ciudadanos de diferentes países al borde de sus balcones, mascarillas de diseño y hasta odas al jabón líquido.

Algunos historiadores piensan que es mejor compendiar esta experiencia desde ahora; otros creen que es muy pronto, pues aún ignoramos las repercusiones de su impacto, y lo que hoy nos parece relevante puede no revestir la menor importancia documental de aquí a cincuenta años.

Si se reuniera material para una cápsula del tiempo peruana, sugeriría guardar allí un archivo de audio con los testimonios que más nos han sobrecogido e indignado durante los últimos meses, un puñado de frases mezcladas o superpuestas que juntas compongan un largo mensaje de voz para escuchar una y otra vez. Desde el “obviamente, pero a nosotros nunca ah”, que profirió una desubicada joven en una discoteca miraflorina el 14 de marzo, hasta la resignada conjetura que el 15 de mayo soltara Hugo Vargas, alcalde de Anchonga, en Huancavelica, el distrito más pobre del Perú: “Si nos da la neumonía, solo nos quedará encomendarnos a nuestro señor divino”.

Entre una y otra, propongo el siguiente popurrí: “Nuestra casa se ha vuelto trinchera” (general César Astudillo, jefe del comando conjunto de las FF. AA., 22 de marzo); “¡Todo falta, maldición, todo falta!” (doctora Pilar Mazzetti, 9 de abril); “¡Mis colegas están muertos y tú crees que esto es un juego!” (policía de Ate tratando de persuadir a un borracho que se resistía a ser reducido, 13 de abril); “¡No tenemos gente, no tenemos gente, no tenemos gente!” (doctor Rodolfo Cruz, jefe del cuerpo médico del Hospital Regional de Lambayeque, 29 de abril); “Los protocolos de seguridad están llenos de requisitos, parecen para un país europeo” (María Isabel León, presidenta de Confiep, 3 de mayo); “Decidir a qué paciente le damos el ventilador es algo que nunca pensé hacer” (médico Hugo Rodríguez, residente de Infectología del hospital Carrión, 7 de mayo); “La forma de cuidar a tu madre es mantenerla lejos” (presidente Martín Vizcarra, 8 de mayo); “Hemos tenido que inducir al coma a nuestra economía” (ministra María Antonieta Alva, 14 de mayo).

Y finalmente, para que nuestros hijos y nietos comprendan cómo era el Perú sobre el que cayó la pandemia, añadiría la grabación de lo que dijo el 25 de mayo –en conversación con Elmer Huerta, en RPP– Emerson Mucushua, apu de la comunidad de Pucacuro, distrito de Trompeteros, en Loreto. De los 800 habitantes que viven en esa comunidad, 600 se infectaron a raíz de la visita del alcalde de Trompeteros el 20 de abril (imperdonable paradoja: las autoridades nunca pisan Pucacuro; cuando por fin lo hacen, contagian). Para llegar a ese lugar desde Lima se necesita volar a Iquitos, ir en auto hasta Nauta y luego navegar por río dieciséis horas. Esto dijo el apu Emerson: “Vemos cómo en otras ciudades se invierten millones de soles. Hace cuarenta años salen de aquí, del Lote 8, cientos de barriles de petróleo, pero ni así contamos con un buen hospital, ni con oxígeno, ni con medicamentos, ni con personal suficiente. ¡Por favor, somos vulnerables, ayúdennos!”. //

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