"Lo cierto es que el periodismo de calidad ha sido y es siempre fundamental en toda crisis, guerra o epidemia", comenta el autor.
"Lo cierto es que el periodismo de calidad ha sido y es siempre fundamental en toda crisis, guerra o epidemia", comenta el autor.
Jaime Bedoya

Jefe de contenidos calificados

jbedoya@comercio.com.pe

Tenía que pasar esto para confirmarnos que un influencer no sirve para nada. Tenía que pasar esto para calcular que el sueldo de un entrenador de futbol como Nolberto Solano sirve para pagarle a doce enfermeras. Tenía que pasar esto para que la ciudad se viera hermosa, sana y limpia sin nosotros. Tenía que pasar esto.

Los aplausos nocturnos, consistentes y puntuales en una ciudad acostumbrada a hacer de la tardanza un adorno y de la irregularidad una regla, más que un agradecimiento eran una deuda. En momentos en que lo importante se define por la posibilidad de salvar vidas lo superfluo se cancela solo.

Trabajadores esenciales es el genérico sobrio pero preciso para designar a quienes siguen trabajando para que esto no se desplome. Ellos también tienen familia, deudas y una normalidad que se hizo añicos. Para ellos son los aplausos. La tarea del resto es dejar el culo quieto sobre un sofá, requerimiento contemporáneo mínimo del heroísmo. Y ni así. Los covidiotas no se rinden fácilmente.

Al revés de lo que recomiendan los expertos en bienestar mental los periodistas forzosamente tenemos que estar pendientes de todo lo que sucede en esta crisis. Por eso somos los primeros en reconocer el sacrificio ajeno: lo vemos a diario en nuestro trabajo. Esta ocupación permanente nos debería evitar la inelegancia de distraernos en la auto contemplación: el viejo vicio de verse el ombligo.

Lo cierto es que el periodismo de calidad ha sido y es siempre fundamental en toda crisis, guerra o epidemia. Lo es siempre, solo que ahora se nota más. La urgencia obliga a recalibrar el filtro de estupidez y superficialidad.

Pero es un oficio importante no por la habitual inflamación de los egos de quienes lo practicamos, ni por cierta temeridad profesional que nos hace creer inmunes al riesgo. Sino por el valor esencial que adquiere la información veraz en momentos urgentes. Las noticias falsas son gratis. El periodismo confiable cuesta esfuerzo, prolijidad y no poca paz mental, ciertamente escasa en el gremio.

Muchos diarios del mundo- el que usted lee es uno de ellos - han liberado de pago sus contenidos sobre el Incluye tanto información utilitaria sobre medidas de prevención como opciones de cultura, ocio virtual y actividades infantiles para no rendirse entre cuatro paredes.

Hasta esta mañana ni en el supermercado regalaban comida ni en la farmacia medicinas. La información, en cambio, está a disposición de quien la necesite. El mejor aplauso que puede recibir la prensa es la lectura, con mayor razón cuando se trata de contenido de valor. Es lo que le da un propósito a un oficio proclive al menor denominador común, algo que ya no se puede seguir haciendo.

Saldremos de esta. Pero no lo hagamos para volver a una normalidad equivocada. Lo importante está a la vista gracias a la claridad macabra de una lotería siniestra que pretende decidir por nosotros. No lo olvidemos. Porque tendremos otra oportunidad aunque bajo nuevas reglas: limitaciones en el tamaño de las reuniones, amplitud en replantear nuestras prioridades individuales sobre las comunes.

En el fondo esta lección forzada se reduce lo que dijera un filósofo griego hace más de dos mil años:

Somos las olas de un mismo mar,

Las hojas de un mismo árbol,

Las flores del mismo jardín

Son las palabras de Séneca que han estado acompañando los paquetes de ayuda humanitaria entre países.

Tenía que pasar esto. //

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