"Nadie sabía que las estrofas eran versos del poeta José Martí, ni el significado de esa palabra: 'guajira'". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
"Nadie sabía que las estrofas eran versos del poeta José Martí, ni el significado de esa palabra: 'guajira'". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Renato Cisneros

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Veo las escenas de lo ocurrido en el pasado 11 de julio y pienso en ese viaje a La Habana que programé en el 2007 y que a último minuto cancelé por razones que prefiero no recordar. Por entonces aún no había muerto Fidel y, pese a las restricciones impuestas por la dictadura castrista, y a las carencias comerciales producto del bloqueo de , muchos queríamos viajar a la Isla para comprobar de cerca su mitología. ¿Sería cierto lo que decían quienes, después de visitar La Habana, se referían a ella como una ciudad detenida en los años cincuenta; una reliquia desvencijada cuya pobreza los turistas fotografiaban con una mezcla de lástima y fascinación?

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La curiosidad por Cuba se explica por el vínculo afectivo que nos une a ella, que quizá empezó con Guantanamera, ese tema que en la infancia oíamos cantar a los adultos y que el folclorista norteamericano Pete Seeger popularizó en las radios de Latinoamérica. Nadie sabía que las estrofas eran versos del poeta José Martí, ni tenían la menor idea del significado de esa palabra tal vez libidinosa que raspa la garganta: “guajira”.

Si nuestros abuelos y padres aprendieron de Cuba bailando con Pérez Prado, la Sonora Matancera o Benny Moré, y enamorándose con los boleros de Olga Guillot y Daniel Santos, nosotros lo hicimos imitando las coreografías caribeñas de Willy Chirino y sometiéndonos a la torrencial voz de Celia Cruz, quien desde la televisión pronunciaba unos nombres estrambóticos que automáticamente se volvieron inolvidables: Songo, Borondongo, Muchilanga y Bernabé.

Luego llegó el tiempo de la academia, la universidad, las noches en Barranco, y entonces fue natural rendir tributo a Pablo Milanés y Silvio Rodríguez entonando esos himnos de la Nueva Trova que abundaban en términos como revolución, pueblo, fusil o serpientes, y que pese a su alto contenido político, los incautos canturreábamos convencidos de que se trataba de letras románticas, y las memorizábamos no tanto porque removieran nuestra conciencia social, sino porque a ciertas chicas les parecían muy poéticas, y era más sencillo conquistarlas si reivindicábamos esas mismas causas perdidas. Mejor todavía si, además, nos dejábamos la barba, usábamos boina, hablábamos de modo enrevesado y en lugar de cervezas bebíamos ‘Cuba Libre’ (aunque para ello tuviéramos que disponer de rones como Cacique o Pampero, que en esa época eran garantía de resacas devastadoras).

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Pero ha sido gracias a la literatura que se ha consolidado nuestra apropiación simbólica de Cuba, especialmente de su capital. Pienso en Paradiso, de Lezama Lima; Tres Tristes Tigres, de Cabrera Infante; Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas; Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez; Tetralogía de las Cuatro Estaciones, de Leonardo Padura; La Habana, mon Amour, de Zoe Valdés; o Domingo de Revolución, de Wendy Guerra. En esas páginas (y en otras, desde luego) está todo: las costumbres, los diferentes dialectos, el destino de una isla que a pesar de la abundancia de algodón y tabaco no ha podido erradicar la miseria, los crímenes de la dictadura, las olas migratorias hacia Miami, la vida en barrios o barriadas como el Vedado, Miramar, La Víbora y San Miguel del Padrón, los alrededores del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, los interiores del Castillo del Morro, las noches solitarias en los parques Lenin, Central y el parque de las Misiones, las vistas de casonas decadentes de la burguesía derrotada, los solares abandonados, los edificios erosionados por el salitre, la fiesta interminable en el club Tropicana y un sinnúmero de cabarets y nightclubes; y, por supuesto, la nostalgia encarnada por el legendario malecón que cubre toda la costa norte de La Habana, por donde pululan los Dodge, los Ford Falcon, los Plymouth y demás vejeces rodantes; todo aquello bajo el profuso olor del mar, las frutas, el gas, los orines y la podredumbre.

Activo ahora mismo una lista de música donde se alternan Sindo Garay, Buenavista Social Club y La Charanga Habanera, y pienso en la golpeada Cuba, y en todos aquellos que, sin haberla visitado, la queremos desde siempre. //

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