¿Por qué una persona con estos antecedentes es (o era) considerada calificada para tener un espacio en la televisión? Eso es algo que le toca responder a los dueños del Grupo Enfoca, los propietarios de Frecuencia Latina.
¿Por qué una persona con estos antecedentes es (o era) considerada calificada para tener un espacio en la televisión? Eso es algo que le toca responder a los dueños del Grupo Enfoca, los propietarios de Frecuencia Latina.
Jaime Bedoya

Jefe de contenidos calificados

jbedoya@comercio.com.pe

La fama tiene un efecto embrutecedor sobre la mayoría de la gente. El reconocimiento público deforma la auto estima y trastoca la compostura. Súbitamente, en virtud del deslumbramiento del resto de mortales ante su presencia (el mismo efecto del fluorescente sobre el mosquito), el famoso se convierte en punto inmóvil del sistema solar. Alrededor de él giran ahora los planetas y sus satélites naturales. Ya no hacen colas. No tienen que saludar. Se vuelven inimputables morales en una auto gratificación narcisista que alguna vez tuvo un comienzo, pero rara vez tendrá un final. Deberán alimentar los caprichos de ese personaje público para siempre. A menos hasta que alguna vez pateen el tablero y decidan volver a ser mortales. E intermitentemente felices, como el resto de nosotros los anónimos.

Pero hay gente que ya era estúpida antes de ser famosa. Esa es la más peligrosa. Alguien que hace daño para conseguir algo es un malvado, un idiota moral. Pero alguien que hace daño para no conseguir nada es un estúpido. Este talento para hacer daño propio y ajeno sin retorno tiene una notable capacidad de crecimiento exponencial cuando es sometido a los estímulos adecuados. Como por ejemplo una cámara de televisión en horario familiar.

La ausencia de criterio, cultura y un mínimo sentido de decoro se excitan frente a la atención de un lente que llevará su vanidad maquillada a miles de personas. El resto es un acto de perfecta confusión electrodoméstica: el vacío se confundirá como entretenimiento. Así es como Ricardo Peña Zúñiga, alias el , acaba teniendo una tribuna en la televisión peruana. Acabamos de ver su penosa participación en la lapidación mediática de una joven madre que pierde a una hija en circunstancias brutales. No es el primer estúpido en pantalla. No será el último.

El señor Zupe, mejor llamarlo así antes de comprometer innecesariamente un apellido, es un sentenciado por difamación. Estuvo en la cárcel por ese delito. Alguna vez participó junto con Angie Jibaja de un episodio que involucró una balacera. Otra vez llevó a una conocida actriz a la habitación de dos cantantes famosos. Él acabó compartiendo un jacuzzi con uno de ellos mientras la otra pareja gozaba de privacidad, fuera para un apartida de ajedrez o Candy Crush. En otra oportunidad un jeque árabe le pidió que le llevara chicas a una fiesta, oferta económica de por medio. Y así sucesivamente, en lo que con piedad y las disculpas del caso a la gente que si hace algo con su vida podría llamarse un curiculum vitae.

¿Por qué una persona con estos antecedentes es (o era) considerada calificada para tener un espacio en la televisión? Eso es algo que le toca responder a los dueños del Grupo Enfoca, los propietarios de Frecuencia Latina. Pero la pregunta más comprometedora, y que está dirigida a nosotros es ¿por qué sintonizamos a gente así en la televisión?

Dentro de los grandes inventos de la humanidad – la rueda, la penicilina, la almohada o el WhatsApp- no debería menospreciarse un lugar para un adminículo que ya por ubicuo pasa casi desapercibido pero es tremendamente poderoso: el control remoto. Uno de los antídotos más eficientes contra la estupidez es leer, cultivar el pensamiento crítico, respetar a los demás y aprender a desarrollar empatía. El otro, mucho más fácil, es apretar un botón del control remoto.

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