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Jaime Bedoya

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Hay un elemento en común entre los 24 ciudadanos que aspiran a ser de este país: todos tienen familia.

Se espera que no resulte inoportuno pedirles un favor a esos familiares. Sería estupendo que los convocaran para que les hicieran una pregunta a solas, al calor de la confianza doméstica: ¿por qué miércoles quieren ser presidentes del Perú en estos momentos?

Los últimos seis presidentes peruanos están o presos, o encauzados o investigados por delitos asociados a su gestión. Uno de ellos acabó con su vida de propia mano. Así de cargado viene el puesto.

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Sus familias, su legado y su patrimonio, sea este bien habido o no, están comprometidos en la impudicia de la indagación fiscal y en el pantano del escarnio público. Salvo honrosas y contadas excepciones el cargo ha probado ser un imán natural para el crimen, el castigo, y todo lo preventivo que hay en el medio. No es una posición recomendable para aquellos de moral laxa y debilidades incontrolables.

Los candidatos suelen tener un punto ciego respecto a un tema existencial propio de su oficio: La reputación se pierde con la misma velocidad de una transferencia bancaria. En cambio, limpiar un nombre manchado demanda generaciones. Sus familias deberían tomar esto en cuenta ya que ellos cargarán con ese peso, los embargos y hasta los memes.

Además del factor concomitante que asocia la presidencia a la corrupción con el mismo vigor que la abeja al panal, se le suma a este momento una pandemia global y su incertidumbre. Esto amplía la demanda de competencias del próximo presidente de la República. Además de honesto, ya una excentricidad en la política peruana, el futuro presidente está obligado a ser eficiente, trabajador y diligente. Un ciego buscando una aguja en un pajar en un día nublado.

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El cargo se compara al temerario honor de transitar una cuerda floja premunido de una banda presidencial como medida de seguridad. Deberían sonar alarmas si las repuestas respecto a que los motiva a hacer esto se inscriben dentro de las siguientes categorías:

a) Siempre lo soñé.

b) La gente me lo pide.

c) Mi papá me apoya.

d) Me lo merezco.

La presidencia es un servicio público. No es una manera de atender destetes prematuros, egos grandilocuentes, o silvestre cleptomanía camuflada de representación popular. Eso es jugarle sucio al sicoanálisis. Lo rescatable es que tal como del veneno de una serpiente se obtiene el antídoto, de las debilidades de los candidatos se desprenden las razones para no votar por ellos.

El problema no es si comes chicharrón o si la prensa te odia. El problema es tener el carisma de un estornudo en un ascensor. El problema no es discrepar de la lideresa que te convoca. El problema es tener que cerrar tus redes sociales para ocultar una incoherencia gelatinosa de viscoso pronóstico reservado.

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Tal vez este dilema se reduce a un asunto afectivo y de reconocimiento. El que menos tuvo una mantita de seguridad, un peluche favorito, que el brusco abandono de la infancia obligó a dejar atrás. Una candidatura presidencial, o el calor de las masas como se le llama en la jerga política, debe ser un sucedáneo caro pero efectivo.

Las familias de los candidatos harían un enorme favor al país si pudieran obtener una respuesta coherente de sus consanguíneos respecto a qué los motiva a este falso sacrificio.

El favor sería doble en la medida que lograran convencer a la mayoría de ellos que no necesitan hacerlo. Díganles que igual los van a querer, así sea mentira. //

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