Sobre la atmósfera de rebelión que se respira en los cuarteles. Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Sobre la atmósfera de rebelión que se respira en los cuarteles. Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Renato Cisneros

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Leo la carta que circuló hace unos días donde un centenar de se muestran preocupados por la “amenaza que se cierne sobre la estabilidad democrática del país”, y me pregunto si de estar vivo mi padre, el ‘Gaucho’, habría suscrito el polémico documento.

Mi primer pálpito me dice que no, pero igual consulto la opinión de mis hermanos, Vanessa y Luis, en nuestro grupo de WhatsApp. Tanto a Luis como a mí nos interesa especialmente lo que piensa Vanessa, no solo por ser la mayor sino porque ella entendió mejor que nosotros la sensibilidad castrense de mi padre. Siempre comenta que, de haber nacido varón, habría ingresado a la escuela militar en vez de a la facultad de Derecho.

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Ella también piensa que el ‘Gaucho’ jamás habría firmado esa carta, en cuyo penúltimo párrafo se invoca a los altos mandos a vigilar el trabajo del Jurado Nacional de Elecciones “para evitar que la máxima autoridad del país sea designada de manera ilegal e ilegítima como consecuencia de un delito”. De no ocurrir así, los oficiales firmantes señalan que las Fuerzas Armadas tendrían el derecho “a la no obediencia”, a desconocer al presidente y tocar la puerta del Congreso. En buen cristiano, a dar un golpe de Estado.

Mis hermanos y yo coincidimos de inmediato: el ‘Gaucho’ no habría colocado su nombre en esa relación porque él no era hepático, no reaccionaba guiado por la desesperación o la revancha, como vienen actuando muchos militares en retiro por estos días.

Ahora, es verdad que mi padre era un promotor de golpes de Estado. Participó en la conspiración contra Velasco y años más tarde conspiró contra Alan García (quien en 1987 vio asustado cómo aviones de guerra sobrevolaban Palacio). Hasta su buen amigo Francisco Morales Bermúdez, cuando fue presidente, lo apartó de su puesto enviándolo al extranjero por precaución: no fuera a ser que el ‘Gaucho’ diera un golpe.

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Mi padre solía decir que “las dictaduras militares son culpa de la malas democracias”, dando a entender que ante ciertos comportamientos anticonstitucionales del mandatario de turno se justificaba la reacción de los institutos armados. Pero en la actual coyuntura, ¿acaso hay razones de peso para defenestrar a Sagasti, un presidente con 51% de aprobación (IEP) que está en la antesala de su jubilación como presidente transitorio?

Es comprensible, sí, la indignación militar ante la posibilidad de rendirle honores a un gobernante como Pedro Castillo, cuyos presuntos nexos con remanentes del terrorismo generan molestias entre los soldados que actuaron valientemente en las zonas de emergencia. Por supuesto que los militares en retiro tienen derecho a manifestarse en contra de ese escenario probable, pero su facultad de opinar libremente no puede venir acompañada de una invitación a patear el tablero. En el penúltimo párrafo de la carta que firmaron, además de amedrentar al Jurado Nacional de Elecciones, se deja la puerta abierta para un eventual levantamiento de los cuarteles. Si avalan con su firma una misiva que contiene un presunto intento de sedición, entonces asuman las consecuencias y enfrenten la investigación fiscal ordenada por el presidente. El ‘Gaucho’ les habría aconsejado: si pretenden dar un golpe, ahórrense la publicidad.

Recuerdo que en noviembre del 92, mi padre –fiel a su línea– apoyó el intento de golpe contra Fujimori organizado por diecinueve generales en retiro liderados por Jaime Salinas Sedó. Los oficiales involucrados acabaron en prisión, donde fueron maltratados. El ‘Gaucho’ reaccionó y enfiló sus balas contra el entonces comandante general del Ejército, Nicolás Hermoza Ríos, a quien tildó de “mediocre” (el tiempo se ocuparía de demostrar la blandura de tal adjetivo).

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Fue por esas declaraciones que mi padre enfrentó un proceso judicial por el presunto delito de “insulto al superior”. Así actuaban Fujimori y Montesinos contra los militares opositores que denunciaban los delitos del régimen. Les abrían juicio, los hostigaban, los encarcelaban. Lo vivieron en carne propia hombres valientes como los generales Rodolfo Robles, Alberto Arciniega, Walter Ledesma y Carlos Mauricio. La represión contra ellos buscaba que no utilizaran su autoridad para soliviantar a oficiales más jóvenes. Oscura época en la que sobraban razones para rebelarse. No había, como ahora, prejuicios, miedos, hipótesis, especulaciones sobre lo que podría suceder; no: había peligros reales, enemigos con nombre y apellido que no pensaban abandonar el poder.

Aquellos militares protestaron asumiendo su responsabilidad y convencidos de que el uniforme se reivindica para actuar en defensa de la patria –no de un porcentaje de la patria–, y de que los principios solo puede dictarlos la conciencia, no un canal de televisión. //

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