El pasado martes, decenas de jóvenes volvieron a salir a las calles, agrupándose en el distrito de Miraflores, para levantar su voz y protestas contra Marcha Nacional por los desaparecidos, contra el abuso policial y por el levantamiento de la inmunidad parlamentaria.
El pasado martes, decenas de jóvenes volvieron a salir a las calles, agrupándose en el distrito de Miraflores, para levantar su voz y protestas contra Marcha Nacional por los desaparecidos, contra el abuso policial y por el levantamiento de la inmunidad parlamentaria.
Renato Cisneros

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Hoy, martes 17, al momento de escribir esta columna, tras la elección de como titular del Congreso e inminente presidente de la república hasta julio del próximo año, la feroz tormenta de los últimos días nos da por fin un respiro.

Un respiro ciertamente breve, porque el caos regresará más temprano que tarde, en un futuro no muy lejano, porque el Perú es un país adolescente acostumbrado (¿o destinado?) a reproducir cada tanto, como si de oscuros remakes se tratase, algunos de los episodios más dramáticos de su historia. Lo que hemos vivido en noviembre del 2020 con la caída de Merino, los heridos y muertos a manos de la policía y la búsqueda desesperada de un presidente de transición, es una especie de cruel reescritura de lo sucedido exactamente veinte años atrás, cuando cayó el dictador Fujimori, la ciudadanía se volcó a las calles para recuperar la democracia y el Congreso ungió a Paniagua como mandatario. O de lo sucedido hace cien, cuando poco antes de celebrar el centenario de la independencia la población reaccionó furiosamente contra varias medidas despóticas de Leguía. O de lo sucedido hace doscientos, cuando peruanos valientes se enfrentaron a la élite local que tan cómoda convivía con el régimen de la corona para hacer respetar su derecho a ser libres. Nuestra vida independiente es eso hasta ahora: una espiral, un bucle, un déjà vu perdurable, una película de intriga que ya vimos, estamos viendo, volveremos a ver.

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La que se ha retirado derrotada –ojalá, esa sí, para no volver– es la jurásica guardia política del siglo veinte que ha tenido a Ántero Flores Aráoz como su ocasional, esclerótico brigadier, y a varios ex parlamentarios disueltos como sus defensores más irritados. Muchos peruanos decidieron salir a marchar ante la imposición de un gabinete como el que convocó ese monigote de las mafias llamado Manuel Merino, integrado por personajes antediluvianos, ultraconservadores, cuya sola presencia y forma de pensar ponía en riesgo las reformas que la gran mayoría respaldó en el referéndum de diciembre de 2018. Esos políticos apolillados han mostrado que son incapaces de comprender que los jóvenes demandan una relación empática y transparente con sus representantes, que no necesitan “agitadores” (ni tápers ni loncheras) para salir a defender sus ideas. Y sí, es posible que haya habido infiltrados violentos en las marchas –ninguna movilización multitudinaria es impenetrable–, pero seguir blandiendo la idiota tesis paternalista de la manipulación solo revela la profundidad del precipicio desde donde estos casposos señores fuerzan la mirada para intentar ver y enfocar una modernidad cuyos bordes ya no distinguen. ¡Dense cuenta! Los jóvenes que salieron a las calles solo conocen la democracia como forma de gobierno. Nacieron en ella. Crecieron con ella. No pueden arrebatársela, menos aún al caballazo.

También crecieron con las redes sociales, esa es su forma natural de comunicación, son veloces en sus respuestas, no saben lo que es guardar silencio, están acostumbrados a contestarle al más pintado. Y si no creen en la autoridad, es porque han sufrido en carne propia la enorme crisis de autoridad del milenio propiciada por políticos corruptos, padres violentos, curas pedófilos, maestros ignorantes y, ahora, policías asesinos. Se les ha enseñado a no creer en nadie y han internalizado esa lección. Por eso el lema “se han metido con la generación equivocada” debe leerse como un certero mensaje dirigido con indignación a todos aquellos tiranosaurios que desprecian sus protestas espontáneas, pero a la vez como un duro recordatorio a todos los peruanos de generaciones pasadas que no luchamos lo suficiente para heredarles un país más igualitario.

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Si en algo confían estos jóvenes –hoy más que nunca– es en su capacidad para transformar el país. No creo que hayan bajado la guardia en absoluto. Ahora mismo están vigilando al presidente Sagasti y sus ministros, y su recelo no desaparecerá del todo hasta que estén tras las rejas quienes les quitaron la vida a Inti Sotelo y Bryan Pintado, sus héroes de verdad, cuya memoria van a honrar cada vez que sea necesario, cada vez que los ladrones osen volver a poner en riesgo su futuro. //

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