"Entonces hicimos que las candidatas reemplacen sus medidas por cifras sobre feminicidios". Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
"Entonces hicimos que las candidatas reemplacen sus medidas por cifras sobre feminicidios". Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Luciana Olivares

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“La ambición no es una mala palabra”, decía fuerte y claro la ex antes de entregar su corona en el último certamen de belleza que nos tuvo a muchos desde nuestras pantallas siguiendo a la espectacular candidata peruana . Así comenzó el concurso, con un pronunciamiento claro acerca de que desear es tan importante como hacer y no hay que sonrojarse frente al éxito. De hecho, un detalle no menor fue ver que la parte más importante de la presentación de cada participante era contar en qué trabajaban, buscando dejar muy claro que ninguna estaba allí por ser solo una cara bonita y que la belleza no está reñida con la inteligencia.

Para reforzar este último punto se hicieron preguntas complejas a las cinco finalistas –entre ellas Maceta–, que, como bien decía alguien en Twitter, estaban mucho mejor formuladas que las que les hacen a los políticos en algunos programas periodísticos. No hubo más respuestas como “quiero la paz mundial”. Hubo posturas sobre el cierre de las fronteras frente al COVID-19, el calentamiento global o el abuso sexual.

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Ciertamente, fue esta pregunta la que tuvo que responder Janick, quien con empatía y a la vez firmeza dijo que las mujeres que han sufrido algún abuso no deben sentirse víctimas, sino heroínas. Con esa respuesta varios millones de peruanos gritamos ¡gol!, las tribunas de las redes se encendieron y la presentación de Perú se hizo tendencia nacional en Internet. La mayoría de comentarios eran de orgullo, ilusión y alegría. Por unas horas, las peleas de trincheras políticas fueron superadas por el consenso absoluto de que nuestra Miss Perú era la ganadora y hasta algunos, luego del desenlace que la ubicó en segundo lugar, reclaman la participación del VAR.

Y si bien fueron pocos, no faltaron aquellos comentarios que cuestionaban por qué en pleno siglo XXI pueden seguir existiendo concursos de este tipo. Leer esto me hizo acordar a una pregunta que un jurado de los Cannes Lions, el festival de creatividad más importante del mundo, me hizo hace tres años acerca de las medidas que tomamos en el Miss Perú cuando yo trabajaba como gerenta de estrategia y contenidos en Latina. Entonces hicimos que todas las candidatas reemplazaran el decir sus medidas, usualmente 90-60-90, por cifras de horror en términos de violencia contra la mujer. Aquello dio la vuelta al mundo por el impacto que generó. Aún recuerdo a esa primera candidata abriendo el desfile diciendo su nombre y que sus medidas eran “2002 feminicidios reportados en los últimos 9 años”. No hubo portal periodístico que no reprodujera el hecho. Pero lo más importante fue la conversación que se generó sobre un tema.

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Bien. Lo que me preguntó ese jurado fue por qué en vez de hacer algo tan disruptivo, no ayudábamos a eliminar los concursos de belleza. Yo le respondí que tener la posibilidad de tener frente al televisor no solo a mujeres adultas, sino a la familia, lo cual es una tradición muy de Latinoamérica, era la chance perfecta de llegar con nuestro mensaje a esa niña o niño de la casa y visibilizar la terrible violencia que sufrimos como país. Añadí que no creía en desaparecer un evento con tanta llegada en el mundo, sino en reinventarlo.

Esa no fue la única vez que colaboré con replantear el concepto concurso de belleza. Cuando fui gerente de marketing de BBVA, lanzamos “Plástica”, una campaña que buscaba romper paradigmas sobre el plástico de los bancos: las tarjetas de crédito. Bajo el lema “redefinamos el plástico”, cuestionamos el por qué a las misses se les etiqueta como plásticas. Para ello desarrollamos entrevistas que exploraban eso que está detrás de una pestaña postiza, descubriendo historias duras, inspiradoras, complejas que a veces tapamos con maquillaje.

¿Y si evolucionamos nuestra manera de ver los concursos de belleza así como estos mismos están evolucionando? ¿Y si dejamos de ser absolutos con nuestros conceptos? ¿Y si dejamos de sentirnos incómodos o frívolos por celebrar la belleza y la entendemos como una plataforma poderosa para la mujer? ¿Desaparecer o reinventar? Sin duda lo segundo es mucho más bonito. //

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