"Internet echó rápidamente por los suelos esa absurda idea de singularidad que me había sido inculcada". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal)
"Internet echó rápidamente por los suelos esa absurda idea de singularidad que me había sido inculcada". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal)
Renato Cisneros

La primera vez que pensé en los individuos con quienes tal vez compartía nombre y apellido estaba en el cine. Daban Terminator. Me impactó la escena donde el ex fisicoculturista austriaco y gobernador de California Arnold Schwarzenegger, convertido en ochentero cyborg asesino, irrumpe en una cabina telefónica de Los Ángeles para buscar la dirección de la persona a la debe eliminar, Sarah Connor. Al abrir la guía, sin embargo, no encuentra a una, sino a tres mujeres llamadas así. Complicado caso de homonimia que Schwarzenegger resuelve con pragmatismo de sicario: cargándoselas a todas.

Hasta antes de eso jamás se me había ocurrido poner en duda lo que tantas veces me había dicho el hermano menor de mi padre, mi tío Renato Cisneros: que en todo el mundo solo existíamos dos varones bautizados así. Su teoría resultaba más creíble dada la azarosa elección de su nombre. Tras su nacimiento, mi abuela había quedado inconsciente por el esfuerzo del parto, así que, al momento de consignar los datos del recién nacido, los médicos le hicieron las preguntas del caso a la única persona que estaba allí, la nodriza, una opulenta señora alemana llamada Renata, quien, ante el apuro de los doctores, solo atinó a colocarle su propio nombre a ese niño, que en el futuro se convertiría en mi tío homónimo.

Mucho tiempo más tarde, Internet echó rápidamente por los suelos esa absurda idea de singularidad que me había sido inculcada. No bien tecleé mi nombre y apellido juntos en los primeros buscadores (Lycos, Altavista o Yahoo) –práctica narcisista hoy conocida como egosurfing o vanity search–, aparecieron montones de “Renato Cisneros”. Mi identidad, sentí, llevaba décadas siendo usurpada.

Según Reniec, hay treintaidós peruanos llamados así. En 2017, en Trujillo, conocí a uno de ellos. Era un joven lector que se acercó durante una firma de libros. Cuando me dio su nombre para la dedicatoria, pensé que me jugaba una broma. Le solicité el DNI y, efectivamente, se llamaba igual. “Para Renato Cisneros, con todo su cariño”, le escribí.

Hace poco, las coincidencias onomásticas volvieron a inquietarme leyendo un estupendo cómic del dibujante español Antonio Martínez titulado precisamente Homónimos (Norma, 2018). En el libro confluyen las historias de un escultor obsesionado con Picasso, un niño enamorado de las aventuras de Tintín, un sindicalista de la confederación nacional de trabajadores, un revolucionario cubano y un tetrapléjico lujurioso. Todos, igual que el autor, se llaman “Antonio Martínez”.

A raíz de esa lectura pensé en mis probables homónimos internacionales y, mediante una consulta en Google, di con tres “Renato Cisneros”: un ciclista ecuatoriano, un odontólogo colombiano y un futbolista argentino, ya retirado; todos muy destacados en su campo, según pude comprobar. De los tres, fue el futbolista quien me despertó mayor curiosidad, pues si algo deseé con fervor de niño y adolescente era convertirme en jugador profesional (hasta que el profesor Óscar Hamada, en una prueba para el San Agustín, decretó el fin de mis aspiraciones). Me emocionó saber que, en otro plano, en una especie de realidad paralela, sincrónica, borgiana, existía un “Renato Cisneros”, tan solo un año menor que yo, que sí había logrado jugar al fútbol en las ligas mayores, que de alguna forma me había vengado y cumplido el sueño de ambos, y me emocionó más verme tan fielmente descrito en una reseña periodística que lo calificaba como “delantero pícaro, atrevido y con buena lectura del juego”. Más que mi tocayo, el argentino parecía mi alter ego.

Una serie de afortunadas coordinaciones me permitió contactarlo por WhatsApp hace una semana. El tono de su respuesta fue tan agradable, tan familiar, que parecía llevar años esperando mi llamada. Me contó entonces que fue su mamá quien le puso “Renato”, por el protagonista de una novela italiana que ella veía durante el embarazo, y me confesó algo todavía más notable: que su apellido, es decir el mío, es en realidad el de su madre, pues su padre biológico nunca quiso reconocerlo (“conflicto con el padre”, pensé mientras lo escuchaba, “me suena conocido”).

A continuación hablamos de los hijos, los antepasados, Lima, Buenos Aires, Boca Juniors, Messi, Gareca, el trabajo, el confinamiento, en fin, de lo mucho que tienen por hablar dos ilustres desconocidos que, por llevar mismo nombre y apellido, presienten conocerse de toda la vida. //