Mi hija contemplaba mis espontáneos volantines con una mueca que no era exactamente de admiración. (Ilustración: Kelly Villarreal)
Mi hija contemplaba mis espontáneos volantines con una mueca que no era exactamente de admiración. (Ilustración: Kelly Villarreal)
Renato Cisneros

Apenas el animador consultó si alguno de los padres presentes estaba dispuesto a nadar unos minutos con Calipso, supe que su mirada tarde o temprano apuntaría en mi dirección. Debí intuirlo por la mañana, cuando mi esposa e hija anunciaron que, de venir al acuario, de ninguna manera se perderían la mayor atracción: la versión humana de . Y en primera fila. ¿Pude escapar? Sí, podría haberme quedado dando vueltas, no sé, por el tanque de tiburones oceánicos, la piscina de anguilas eléctricas o la exhibición de medusas del Mediterráneo, pero las acompañé impulsado por una curiosidad paternal que ahora estaba a punto de pasarme factura.

Nos ubicamos en una banca, flanqueados por parlantes que reproducían las melodías que Alan Menken compuso para la película de Disney de 1989. Allí, delante de una pecera gigantesca, pasamos treinta minutos aplaudiendo las evoluciones acuáticas de la Sirenita, interpretada de manera convincente por una muchacha de pulmones generosos, cuyas extremidades inferiores, enfundadas en una gran aleta de poliéster rosado, simulaban con decoro la epidermis escamosa de una criatura mitad mujer, mitad pez.

Pero al rato, justo cuando ya empezaba a aburrirme de la monotonía del espectáculo, el animador decidió buscar entre los asistentes un conejillo de indias. No tardó en señalarme. “¿Se anima, caballero?”, me disparó el sujeto, componiendo un gesto lánguido semejante al de las tortugas que aleteaban en la vitrina de al lado. Intenté declinar la invitación, pero los elocuentes codazos de mi esposa seguidos de los de mi hija me hicieron difícil sostener la negativa. La reacción del público no fue la mejor. Me refiero a los cincuenta niños que, detrás de sus mascarillas higiénicas, con arengas la verdad muy poco amables, me impelían a zambullirme con ese falso ser antropomorfo que para ellos sin duda provenía de ultramar.

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Acaté mi destino y, con soberbio clavado de por medio, me sumergí en las aguas temperadas del cubículo transparente y me dejé llevar por esa náyade ficticia que no se llamaba Ariel, como el dibujo animado, ni Madison, como la rubia Daryl Hannah en Splash, sino Calipso, igual a la mítica ninfa de Homero, la hija de Atlas que recibió a Ulises en su isla prometiéndole la juventud eterna. A mí el animador apenas me prometió un pase doble para ver un show de ballenas en 3D.

Cuando me di cuenta, ya no buceaba solo en compañía de la Sirenita, sino de un nutrido cardumen de peces-payaso, una bandada de hipocampos y hasta de un intimidante banco de mantarrayas que parecían murciélagos y de las que guardé conveniente distancia social.

Me sentí de pronto tan aclimatado, tan en mi medio natural, que solté la áspera mano de Calipso y, para desconcierto de los asistentes, comencé a improvisar piruetas trasladando mi humanidad de un lado al otro de la pecera con golpes de mariposa y patadas de delfín, igual que Patrick Duffy en El hombre de la Atlántida. El enorme esfuerzo no me impidió distinguir que la canción que botaban los parlantes era la memorable Bajo el mar, interpretada en la película por el cangrejo Sebastián.

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Me alarmó notar que, del otro lado del vidrio, mi hija contemplaba mis espontáneos volantines con una mueca que no era exactamente de admiración, mientras mi esposa, por algún motivo, no despegaba la mirada del suelo. Cuando más tarde me mostró las fotos y vi en mi lugar a un descoordinado manatí sin sentido del ridículo no pude sino comprenderla.

Tras una pálida ovación, dejamos el recinto y culminamos nuestro recorrido por el acuario, sorprendiéndonos en cada ambiente ante la gama de colores y tamaños de los peces: qué vidas tan vulnerables, tan silenciosas, tan ajenas a las tragedias de la superficie. La extenuante visita nos abrió el apetito. Decidimos entonces prolongar nuestro acercamiento al universo marino pero desde otra perspectiva, así que hicimos una parada técnica en el primer restaurante de la carretera. Una vez posicionados en una mesa del segundo piso dimos furiosa cuenta de un lenguado frito, una lubina al horno y una porción de calamares.

Al salir, nos cruzamos en la escalera con el animador del acuario. Caminaba abrazado de la Sirenita. Fuera del agua –tuve que explicarle a mi hija– la aleta de Calipso desaparece. //

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