Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Nadia Santos)
Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Nadia Santos)
Luciana Olivares

Estamos en guerra. Una guerra contra una pandemia que ya tiene varios muertos y cientos de infectados. Una guerra contra nuestro estado de ánimo que a veces nos traiciona y hace parecer un gran triunfo levantarnos de la cama. Una guerra contra la posibilidad de quebrar, de que muera tu negocio o, si trabajas para alguien, te quedes sin trabajo. Una guerra con tus finanzas, tratando de que cada sol viva más y que los préstamos que tienes por pagar no terminen por ahorcarte. Una guerra contra el aburrimiento y el de tus hijos, si eres padre. Una guerra contra el miedo que se acrecienta más, si tomas la pésima decisión de dedicarte a ver películas fatalistas que en nada suman a tu salud mental. Una guerra contra tus ganas de salir corriendo y abrazar a los que tienes lejos por distintas circunstancias. Una guerra contra la potencial muerte de miles de personas y de empresas en el mundo.

Conversaba con una amiga periodista hace poco y me decía que la gente está, más que aterrada por la enfermedad, por la supervivencia de sus trabajos y vaya que los comprendo. El Perú es un país de emprendedores pero, aunque resulte contradictorio, hacer empresa en este país es muy duro bajo condiciones normales, en las que no hay ninguna ley que proteja al microempresario de que las megacorporaciones lo dejen con la factura en la mano más de 120 días y aun así se sienta afortunado por que se hayan dignado a elegirlo.

Imaginemos entonces todos los miedos que aquejan a los millones de emprendedores peruanos en esta situación extraordinaria. Por eso me duele tanto ver que con la misma efusividad con la que salimos a nuestros balcones a aplaudir a los grandes héroes de esta crisis, que están dejando la piel para cuidarnos, nos sentamos bien orondos en nuestros sillones y despotricamos con gran ligereza contra aquellos que pueden haber cometido un error o no haber sido capaces de manejar una situación de crisis. Porque así como escuchamos desde nuestras casas aplausos a las 8 p.m., en las redes sociales resuenan insultos, amenazas y hasta acusaciones de traición a la patria hacia alguien que tomó una decisión desafortunada. Nadie dice que no es válida una crítica constructiva, una llamada de atención con respeto, pero esa exacerbación de señalar con el dedo al apestoso y tratar de hacer viral nuestra burla o crítica es un virus que también debemos erradicar. Porque para ver la paja ajena, también están los que se lavan las manos y juzgan como sabiondos y eruditos.

En estos días he visto a varias “eminencias” en el mundo digital, condenar y cuestionar con la ligereza de usar el dedo índice para disparar un tweet. Y digo disparar porque la ira contenida, que alimenta toda esa verborrea venenosa que presenciamos, también mata, pero reputaciones y negocios. La crítica destructiva solo es golpe bajo de los holgazanes y mezquinos. Estamos en una guerra, pero, como bien dice el refrán, después de la guerra todos somos generales. Es bien fácil criticar cuando no eres tú el que estás tomando las decisiones mientras te tiembla cada parte de tu cuerpo porque dependen de ti varias familias y hasta todo un país.

Pensaba en esto mientras miraba sorprendida que un familiar había compartido en redes un lamentable post en el que se hacía una suerte de premisa declarada de no consumir productos de determinadas marcas. No creo que la solidaridad signifique aliarnos para que una compañía quiebre. Llamé a este familiar a exponerle mi punto de vista, pero sobre todo a preguntarle si de verdad creía que somos más patriotas haciendo leña del árbol caído. Habría sido más cómodo presenciar el apedreamiento digital desde la comodidad de mi sillón o asumir que compartir un post es inofensivo, pero hoy no estamos para comodidades y ser políticamente correctos. Si queremos aprovechar esta crisis para reconfigurar la sociedad, tenemos que ser muy directos porque hoy se trata también de combatir el virus de la indolencia, la ligereza y la falta de empatía. Estamos en guerra y hay que ser empáticos hasta con el que se equivoca y darle la mano si se cae en vez de patearlo. Más que estar buscando el pelo en la sopa, es momento de rompernos el cerebro para aportar sustancia a esta sopa. //

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