El exsecretario presidencial Bruno Pacheco guardaba US$ 20 mil dólares, propios o ajenos, en el baño de Palacio de Gobierno. Lee la columna de Jaime Bedoya. (Foto: iStock)
El exsecretario presidencial Bruno Pacheco guardaba US$ 20 mil dólares, propios o ajenos, en el baño de Palacio de Gobierno. Lee la columna de Jaime Bedoya. (Foto: iStock)
Jaime Bedoya

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1) Bruno Pacheco tiene en sus manos un smartphone y la vacancia.

El exsecretario presidencial Bruno Pacheco guardaba US$ 20 mil dólares, propios o ajenos, en el baño de Palacio de Gobierno. Con esa capacidad de ahorro e higiene es razonable presumir que además de usar papel higiénico triple hoja también dispone de un smartphone. Antes que la fiscalía recuerde que debería habérselo incautado, su dueño podría darle buen uso.

Por ejemplo, mientras va borrando cualquier mensaje demasiado comprometedor del celular, en la calculadora de este podría estimar los beneficios penitenciarios y la sentencia reducida aplicables a una colaboración eficaz. Los famosos pros y contras.

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Hecho eso y luego de llegar a una decisión honorable, podría poner en orden sus cosas terrenales, hablar con su familia, y finalmente resolver de manera expeditiva y factual el dilema de la vacancia.

Este servicio al país nos exoneraría de lloriqueos extremistas y de involuntariamente jocosas defensas del orden democrático de parte de sus mayores beneficiarios. Tal como el señor César Acuña, hoy patricio de la nación y tercerizador de blindajes congresales que ya tiene un hombre en palacio con acceso a baño propio y al oído presidencial.

2) Keiko Fujimori debería retirarse de la política.

Razones le sobran. Para empezar, están las obligaciones familiares y los requerimientos ante la justicia, dos argumentos enfrentados entre sí. Con la balanza de la justicia pendiente de un veredicto habría que dedicarse a la familia, no a la política.

Pero la razón más valedera radica en la temeraria posibilidad de que se le ocurra volver a participar en algún proceso electoral.

Obviamente volvería a perder. Pero eso no sería lo grave. Lo terrible sería que su imborrable carga negativa nuevamente contaminaría las elecciones, intoxicando el criterio de una parte del electorado. Esa porción pequeña pero decisoria cuando ningún candidato convence del todo.

Votando bajo esa influencia tóxica es que luego el país llega a un error auto inducido, ante el cual solo queda el consuelo del sonsonete “con Keiko sería peor”. La triste realidad no cambia por más que dicho mantra se repita tres veces al día.

3) Castillo debería dejar de usar sombrero.

El mensaje simbólico y reivindicativo ya se dio. Y ya se agotó también, por mano propia. Además de ese homenaje al pintoresquismo que significó usarlo bajo techo durante tres meses, ya entran a tallar temas más serios como la coherencia, la dignidad y lo realmente relevante.

Ni la incompetencia ni la demagogia son causales de vacancia. Pero si son factores que inciden en el agravamiento de la crisis y el deterioro institucional. El señor Castillo está en ruta segura a hacer de su gobierno uno de los más incipientes, despistados e improductivos de la historia republicana.

Por lo menos que lo haga con la cabeza descubierta y no escondido bajo la paja chotana. Es hora de tomar distancia de la caricatura que el ha construido de sí mismo. De esa debilidad se alimenta Cerrón. Y ahora, Acuña.

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4) Cueva debería pegarse la madre de todas las borracheras.

Christian Cueva tiene un mes y una semana para pegarse la más insana borrachera de su vida. Aquella que le haga gritar ¡nunca más! en cuatro idiomas y lenguaje de señas al día siguiente.

Así llegaría curado de espanto a enero. Con todos los pelos parados. Con la lámpara recargada. Fresco e inspirado, podría llenarnos cabeza y corazón con el sueño de regresar a un mundial así no pasemos del segundo partido.

Necesitamos opio, Cuevita. //

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