"Los ingenieros dejaron por escrito que la seguridad del vuelo se veía comprometida". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
"Los ingenieros dejaron por escrito que la seguridad del vuelo se veía comprometida". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Renato Cisneros

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Tan solo habían transcurrido setentaitrés segundos desde el lanzamiento cuando se produjo la explosión. Lo transmitió en directo la televisión la mañana del martes 28 de enero de 1986. Tras el estallido, unas tétricas figuras de humo surcaron el cielo añil de la Florida hasta disolverse sobre la plataforma del Centro Espacial Kennedy.

Aquella tragedia es reconstruida al detalle en , impactante documental recién estrenado por Netflix donde se revela –al menos a quienes conservábamos un recuerdo borroso del accidente– el drama que vivieron los familiares y amigos de los siete tripulantes que allí murieron, así como la responsabilidad directa de la NASA en esas pérdidas.

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El contexto es el siguiente: en abril de 1981, Estados Unidos presentó su primer transbordador, Columbia. Por fin existía una nave reusable, más económica que las sondas y cohetes que hasta ese momento habían hecho posible la exploración del espacio, y capaz de permanecer en órbita y volver aterrizando a la manera de un avión comercial.

Los primeros lanzamientos del Columbia concitaron la atención y el entusiasmo de los norteamericanos, que encontraron en ese modernísimo vehículo un pretexto para afianzar la autoestima nacional en una época dominada por el trauma de la guerra de Vietnam, la depresión económica y los conflictos raciales que ya se multiplicaban por toda Norteamérica.

Al principio, los lanzamientos del Columbia –y los del propio Challenger desde 1983– se anunciaban en la primera plana de los periódicos, pero poco a poco la proeza de poner humanos a interactuar en los confines de la galaxia dejó de ser novedoso. Por eso en 1986, como una estrategia para recuperar la expectativa general, se decidió que por primera vez un representante de la sociedad civil viajaría con los astronautas. Muchos quisieron anotarse, pero el entonces presidente Ronald Reagan decidió que fuera un maestro quien representara a todos aquellos ciudadanos que jamás podrían vivir una experiencia similar.

. Fue por ella que la frustrada expedición del transbordador fue bautizada en los medios como “el vuelo de la maestra”. McAuliffe, además, era madre de dos niños, lo cual reforzaba aún más la cautivante idea de ver a “una persona normal” participando de una aventura muy fuera de lo normal (días antes del lanzamiento, los únicos norteamericanos que no querían que Christa se montara en la nave eran sus hijos, quienes se resistían a pasar una semana sin mamá).

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Es realmente impresionante la cantidad de vídeos originales-caseros que respaldan la narración de Challenger: The Final Flight. Pareciera que durante décadas los estadounidense han filmado su vida diaria pensando anticipadamente en los extraordinarios documentales que pudieran realizarse con ese material.

¿Pudo evitarse el desastre del Challenger? Desde luego. . Más de una vez los ingenieros dejaron por escrito que la seguridad del vuelo se veía comprometida por la continuidad de esas averías y advirtieron que, de presentarse las fallas durante un lanzamiento, podía suceder “una catástrofe”.

La comisión formada para investigar los hechos concluyó que los directores de la NASA minimizaron el diagnóstico de los especialistas y decidieron continuar con los lanzamientos. No solo se trató de un gesto de arrogancia institucional, sino de cesión a presiones políticas, pues para mantener su presupuesto anual la NASA debía cumplir con un cronograma de misiones diseñado por el Congreso. Algunos responsables envejecieron cargando sus culpas; en cambio, otros hasta el día de hoy se reclaman inocentes y tienen la desfachatez de referirse a los siete muertos del Challenger como los “costos” del esfuerzo por liderar mundialmente la carrera espacial.

Es inevitable ver esta entrega de Netflix sin preguntarse por los muchos episodios dramáticos que han sacudido a la sociedad peruana a lo largo de los últimos cuarenta años y que reclaman un exhaustivo relato audiovisual que permita recordarlos, analizarlos en perspectiva y, quizá, con suerte, curar las heridas que dejaron abiertas. //

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