La perfección no existe, a menos que formes parte de un museo y seas un objeto sin vida. Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal)
La perfección no existe, a menos que formes parte de un museo y seas un objeto sin vida. Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal)
Luciana Olivares

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Hasta ahora recuerdo la cara de ‘Daniel san’, el tirifilo aspirante a karateka interpretado por Ralph Macchio en la emblemática película . Su maestro, el Sr. Miyagi, le ordenaba encerar autos y pintar cercas como parte de sus lecciones de karate, y Daniel no entendía nada. Hasta se cuestionaba si ese viejecillo más bien se estaba ahorrando unos dólares en no contratar a alguien para sus quehaceres del hogar o evitando algún dolor de espalda. “¿A santo de qué me la paso con franelas y brochas cuando debería estar rompiendo ladrillos”?, se preguntaba. Hasta que descubrió que todo aquello que le parecía parte de una rutina sin valor, lo estaba preparando para ser rápido, fuerte, disciplinado, a tener balance, rutina y hacer los mejores movimientos, que incluso lo hicieron ganar la gran competencia de karate en su final de película.

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Como padres, estamos todos los días en una suerte de entrenamiento con nuestros hijos para prepararlos frente a la vida. Estamos todos los días, y no solo por efectos de la cuarenta, en modo “aprendo en casa”, tratando de enseñar eso que no viene en libros de texto ni en manuales ni en clases virtuales. Estamos intentando educarlos todo el tiempo sobre la importancia de los valores y cómo ser una mejor persona. Pero por experiencia sabemos que frases como ‘pórtate bien’, ‘sé generoso’, ‘sé honesto’, ‘respeta a los demás’, ‘no dejes que nadie corte tus alas’, son mucho más poderosas cuando les ponemos imágenes, movimiento, historia.

Solo acuérdate de Jesús y lo brillante que fue usando las parábolas como la mejor estrategia de comunicación para lograr que su pueblo se porte bien y no salir con la frase pinchaglobo “arderás en el infierno”. Pero bueno, volvamos a este siglo y a las ventajas a nivel de tecnología y contenido que hoy podemos capitalizar para –como el Señor Miyagi– entrenar y educar a nuestros hijos sobre cosas importantes, mientras se divierten contigo. Eso es lo que intento hacer con la selección del contenido que consumo con Fernanda. Y ojo, no estoy hablando de la sección de documentales, sino de cómo una simple película o serie puede ayudar a reforzar eso que tanto anhelamos que interioricen nuestros hijos frente a la vida. Aquí mi última selección:

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1. Poco ortodoxa. Podemos hablarles a nuestro hijos de la importancia de tener libertad para decidir qué ser en la vida, pero creo que la libertad para las personas que la tenemos es como el aire, sabemos que es importante pero lo damos por asumido y al creer que es “gratis” no lo valoramos. Es como creer que tenemos megas ilimitados, y atemporales, entonces no hacemos buen uso de esa libertad. Por eso me gustó ver con mi hija Poco ortodoxa, una miniserie de cuatro episodios en Netflix sobre la historia de Deborah Feldman, una mujer que huyó de una comunidad ultraortodoxa judía, pero sobre todo de un destino impuesto para encontrar su propio camino y voz.

2. Atypical. La perfección no existe, a menos que formes parte de un museo y seas un objeto sin vida. Las personas cometemos errores todo el tiempo, pero esa es también una oportunidad de evolucionar. Hay que aprender a abrazar las diferencias y valorar su belleza y riqueza, porque la vida es más bonita de colores y con contrastes que verla como blanco o negro. ‘Atypical’ va a sacar ya su última temporada y es una clase maestra de empatía, el poder del perdón y de celebrar las diferencias.

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3. Hamilton. La obra de teatro en Broadway más aclamada de los últimos tiempos está en Disney Plus y en casi tres horas con canciones espectaculares cuentan parte de la historia de los Estados Unidos. Pero tengo que confesar que lo que más me gustó fue lo que me preguntó Fernanda al final de verla: “Mamá, ¿con quién te casarías, con Hugh Grant (el más churro) o con Lin-Manuel Miranda (creador de Hamilton, no muy guapo, muy activista con la comunidad latina y absolutamente brillante)?”. “Hum... ¿y tú?”, respondí. “Con Lin. Además de buen hombre, generoso con su comunidad, es demasiado talentoso, lo admiro”. Me sentí orgullosa: creo que está aprendiendo lo que significa tener buen gusto. //

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