Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal)
Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal)
Luciana Olivares

Hoy no me provoca darte un tip de emprendimiento, empoderamiento o cualquiera de los ‘mientos’ que están en el diccionario. No es que esté deprimida; el tiempo y la vida me han enseñado perfectamente a reconocer esa alarma. Pero sí estoy cansada, molesta, asustada por ratos, malhumorada y golpeada. De hecho, me costó mucho escribir esta columna, yo que me jacto de ser superplanificada. Digamos que la inspiración y la motivación han padecido los estragos de la cuarentena.

Alguna vez escribí que nadie puede sonreír todo el tiempo a menos que seas el Guasón, y allí sí preocúpate. Me atrevo a decir que nadie la está pasando bien, salvo en el mundo de Instagram, donde casi siempre todos buscamos nuestro mejor perfil, ese lado bueno en el que la cámara nos sonríe. Pero creo que tan importante como compartir nuestras fortalezas y transmitir con ello ánimo es abrir nuestras vulnerabilidades y ayudar con ello a la contención y la empatía, palabras tan necesarias. Hoy, siendo fiel al título de mi columna –“Con la luz prendida”–, quiero compartir lo que uno no publicaría en su red social porque no es imán de likes ni recomendaciones, como esas fotos en las que sales con los ojos cerrados o con una mueca rara y prefieres borrar de tu teléfono porque se te ve fatal. Y lo quiero hacer porque nuestros errores, dolores, imperfecciones, miedos, son los que también nos hacen más humanos y nos diferencian de los avatars de los videojuegos que están tan de moda. Nosotros no tenemos varias vidas, tenemos esta y lo que más necesitamos es despertar nuestro sentido de humanidad.

Estoy cansada de despertar y acostarme solo consumiendo contenido referido al coronavirus. No es que no sea importante informarnos pero creo que la saturación de información también nos está afectando e infectando de más miedo. Creo que nos hemos vuelto monotemáticos y hasta facilistas en el caso de algunos medios. Cuando trabajé en la televisión, entendí muy bien la directa relación entre el rating y los temas seleccionados a comunicar. “Lo que funciona no se toca” es de esas viejas frases que escuchaba en el argot televisivo, pero creo que poco a poco es fundamental que empiecen a introducirse otras temáticas, nuevos contenidos, porque esto influye directamente en la salud mental. Estoy molesta con aquellos que por ver solo sus intereses están rompiendo la cadena de pago de millones de empresas y con ellos están destruyendo la estabilidad económica de miles de familias. Sin duda, todos estamos afectados por esta situación, pero ver que grandes empresas postergan los pagos de las más chicas solo promueve que sean los empleados más vulnerables de la cadena los que apaguen la luz. Porque ni los “Reactiva” de la vida están permitiendo a los pequeños negocios proteger a su gente, ya que seguimos condicionados a que los bancos nos den bola: todos están buscando financiar a los clientes más grandes.

Estoy asustada por la enfermedad, sin duda, pero también por la educación de mi hija. Verla hacer dos horas de clase al día digitalmente –en el mejor de los casos– y deambular por la casa la mayor parte de él, es muy complicado. Sobre todo si tú también trabajas y estás desde la trinchera de tu sillón haciendo malabares para salvar tu negocio. Puedes ponerte creativo como hacemos con el papá de Fer. La hemos suscrito en Khan Academy, una maravilla educativa gratuita que descubrimos con la crisis. Nos hemos repartido roles de profesores: Italo de matemática y yo de literacidad. Pero para ser honesta, mi miedo no va por si este bache educativo la hará una peor profesional. Esta situación ha despertado todos esos fantasmas de la maternidad versus mi rol profesional. ¿Le estoy dedicando suficiente tiempo a Fernanda? ¿Vale la pena dedicar todo el fin de semana haciendo esta licitación cuando debería estar jugando o viendo una película con mi hija ? En fin, los eternos dilemas de las madres trabajadoras, solo que en versión cuarentena.

Estoy de mal humor por intervalos, ya sé que no es sexy decirlo, pero repito: este es un ejercicio con la luz prendida. Me pasan de vuelta cosas que antes realmente no me fastidiaban, hasta ni me había dado cuenta de ellas. Hablaba con una amiga y le decía que esto es como el efecto lupa, como cuando el lente hace que todo se amplifique ante tus ojos, o esos espejos terribles en los hoteles elegantes en los que puedes verte hasta la última espinilla, invisible en el espejo de tu baño. Pero por sobre todas las emociones estoy golpeada: tengo moretones como mamá, esposa, empresaria, que podría disimular bien con algo de base, pero que hoy quiero enseñarte. Quién sabe, quizá me digas: “Chócatela”. //

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