"La administración de la segunda dosis vendrá sin fobias, sin fotos y, sobre todo, sin brindis". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
"La administración de la segunda dosis vendrá sin fobias, sin fotos y, sobre todo, sin brindis". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Renato Cisneros

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Cuando la enfermera se aproximó con la vacuna que estaba por colocarme en el brazo izquierdo, recordé el “maloliente peruanismo” que Vargas Llosa, en su columna de hace dos semanas en El País, confesó haber escuchado una vez de boca de Lourdes Flores Nano: “No le quiten el cuerpo a la jeringa”. A diferencia del Nobel, la expresión llegó a mi cabeza despojada de resonancias políticas, más bien llena de literalidad, con el tono imperioso de una arenga.

En efecto, no había que quitar el cuerpo, sino más bien ponerlo, ofrecerlo a la ciencia, agradeciendo la existencia de un fármaco contra el COVID-19, así como el haber llegado invicto a estas instancias, eludiendo a punta de gel, mascarillas, cuarentenas y distancia social una plaga que se ha cargado millones de vidas en todo el mundo en poco más de un año.

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Sin embargo, algo me frenó y me hizo pedir a la mujer unos segundos antes de proseguir. Apurada por la cola de pacientes que aguardaban su turno, ella agrandó los ojos por encima del barbijo y me preguntó, o hizo como si me preguntara, el por qué de tanta demora.

No me animé a admitir delante de ella que el problema era la aguja. Es decir, la visión de la aguja. No tengo aversión a las jeringas –bueno, tal vez un poco–, solo que repentinamente, en una acción del todo involuntaria, vinieron a mí, en cascada, torturantes y muy recientes escenas vividas en consultorios médicos. Decía Ribeyro que nuestra memoria puede conservar el recuerdo de las sensaciones, mas no las sensaciones del recuerdo, pero juro que en ese instante la mente restituyó en la carne, de golpe, todas aquellas dolorosas experiencias.

Entonces me pareció que la inyección con la primera dosis de Pfizer era idéntica a la que, en abril, el dentista me introdujo en la boca para anestesiar la encía antes de curar una rencorosa muela del juicio. También me remitió a la aguja de gran tamaño que, a mediados de mayo, la fisioterapeuta hundió entre los nervios de los cuádriceps de mi pierna derecha para deshacer una contractura futbolera mediante la punción seca (técnica cuyo nombre no se corresponde con el profuso lagrimeo que me provocó). A esas imágenes se sumó una tercera, la más terrible: la del catéter con sonda que, a inicios de junio, un doctor encajó en mi uretra antes de explorar los relieves de mi sistema urinario; ese día, mis infructuosos pataleos fueron reprimidos sin amabilidad por dos enfermeras entradas en años que parecían burlarse, no sé si de los aullidos que salían de mi boca sin que la mascarilla los disimulara, o de la precariedad genital que asomaba debajo de la bata.

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No fue raro pues que ahora, ante la presencia de esta mujer blandiendo su espadilla, algo en mí se arredrara. Me tomó un par de minutos reponerme de esos amargos flashbacks y darle mi hombro para que lo pinchara. El gesto que compuse en el momento no revelaba un ánimo precisamente viril, pero es que justo mientras hacía su trabajo, la enfermera me advirtió que durante las próximas cuarentaiocho horas tenía prohibido consumir alcohol. De ahí mi mueca de decepción. Si hubiera sido cualquier otro día no me habría importando tanto, pero era viernes y no estaba dispuesto a sacrificar los planes familiares de ir de campamento al bosque y abrir unas botellas y celebrar la vida entre las estrellas y los árboles.

Por la noche, luego de llevar varias horas desobedeciendo las indicaciones, me alivió notar que mi organismo no registraba ningún efecto secundario. Incluso coloqué una cucharita de metal en los alrededores de la zona inyectada por ver si se quedaba adherida, sin resultado alguno.

A la mañana siguiente, mientras me duchaba para aplacar la resaca, detecté un síntoma que de inmediato atribuí a la vacuna. Un grano macizo había brotado en uno de mis glúteos. ¿Sería una reacción alérgica no reportada? En Internet no había leído nada parecido. Asustado, le consulté a mi esposa, que es doctora. Sin apartar la vista del desayuno, me dijo: “¿No te acuerdas? Te dormiste sin pijama y no te pusiste repelente. ¡Bien hecho!”.

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La administración de la segunda dosis, lo juro, vendrá sin fobias, sin fotos y, sobre todo, sin brindis. Al menos no cerca de ningún insecto. //

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