"Hacer cola golpea el ego y nos lleva al para algunos incómodo terreno de la igualdad". (Foto: iStock)
"Hacer cola golpea el ego y nos lleva al para algunos incómodo terreno de la igualdad". (Foto: iStock)
Jaime Bedoya

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Toda espera es una condena. Y el castigo que impone afecta el mas limitado y precioso recurso del que disponemos: el tiempo.

La manera social de ejercer esta sanción tiene una forma universal que en el Perú se ha vuelto símbolo de la jungla de ineficiencias en la que vivimos. Estamos hablando de hacer cola.

La cola no es, se hace. Para concretar su existencia le ofrecemos nuestras vidas y urgencias. Irónicamente la cola es la materialización de nuestra insignificancia, el sinceramiento de una irrelevancia que la presuntuosidad nos quiere hacer pensar que no es para nosotros.

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Hacer cola golpea el ego y nos lleva al para algunos incómodo terreno de la igualdad. El pasmo hermana. Esta inmovilidad hace de la eternidad un ladrillo, un costal de arena, un caballo muerto. Es un pesar común y colectivo, si de consuelo sirve.

La vida peruana es una sucesión de colas, que la pandemia solo ha exacerbado. Los noticieros, esas tomografías brutales, lo resumen bien: se empieza el día haciendo cola para el transporte público, se hace cola para cobrar un bono, cola para intentar recargar un balón de oxígeno, cola para vacunarse, los ampayados en fiesta clandestina salen en cola, los implicados en corrupción hacen cola para dar su declaración, los detenidos suben al transporte policial en cola, y el día termina haciendo cola otra vez para el transporte público. En todo este tiempo la cola del oxígeno nunca llega al último de la fila. Es la cola de todas las colas.

Ante la ubicuidad de ellas, saltarse la cola puede volverse una señal de supuesta astucia y real patanería. Esto depende de los aceites de los que cada quien disponga. Los mejores relacionados ni siquiera tienen que saltársela. Simplemente no la hacen, tal como quedó groseramente demostrado con el vacunagate. Para ellos la cola es un paisaje en la ventana, un sufrimiento ajeno.

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Los demás apelan al caballazo en sus mas diversas manifestaciones. Existe la de hacerse el huevón, una de las más comunes e inclusive amigable. Mediante una aproximación sutil a los primeros puestos se va difuminando la certeza de si esa persona en realidad estaba ahí o no. El resto de técnicas para colarse ya implican cierto grado de hostilidad, siendo siempre la más sorprendente, por su eficacia, la variante mitómana: ¡yo estaba acá,! La duda siempre favorece al reo.

Aquellos con disposición urgente para los negocios venden un mejor lugar en la cola, reforzando la bien ganada reputación del emprendedor nacional. Pero comprar un puesto en la cola es para débiles. Uno de los logros máximos del incivilizado es la negación de la ranchera de José Alfredo Jiménez: no saber llegar, sino llegar primero.

Las colas mejor gestionadas profesionalmente son las de los supermercados. Ellos saben que el tiempo ocioso se percibe con mayor pesar. Por eso distraen con productos de compra impulsiva que te embuten a último momento. Debe haber un número considerable de gente que llega a casa preguntándose ¿para que compré pilas y maní? De cualquier manera en esa y en todas las colas se cumple a cabalidad la primera Ley de Murphy al respecto: la otra cola siempre avanza más rápido.

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Esta divagación nos conduce a un dato final que es tétrico y curioso a la vez: se estima que el 20% de los ciudadanos peruanos deciden su voto en la cola de votación. Recién en la última semana se empieza a pensar en serio por quién (o contra quien) se votará, pero es en la cola que se da la definición final.

El destino propio, y el del país, quedan sujetos al estado de ánimo de un momento tenso y propiciador de una rabia singular ante la pérdida de tiempo.

Con razón.

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