Martín Vizcarra, Pilar Mazzetti y otros funcionarios recibieron las vacunas de Sinopharm y no lo revelaron hasta febrero de este año. (Foto: GEC)
Martín Vizcarra, Pilar Mazzetti y otros funcionarios recibieron las vacunas de Sinopharm y no lo revelaron hasta febrero de este año. (Foto: GEC)
Renato Cisneros

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Hoy es martes 16 de febrero. Escribo esta columna con la cautela de quien sabe que, de aquí al sábado, puede desatarse una nueva hecatombe en este país que por estos días viene celebrando ruidosamente, por todo lo alto, doscientos años de republicana francachela.

Las recientes revelaciones del confirman que en el Perú se cumple a rajatabla ese principio histórico según el cual una argolla o élite de privilegiados, cada vez que puede, se beneficia a expensas de la mayoría anónima, la más desprotegida.

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En un Estado fallido como el nuestro, la vida suele hacérsele más sencilla a quien goza de poder, influencias, contactos o dinero. Lo sabemos. En esta ocasión, sin embargo, en medio de la más dramática emergencia sanitaria del siglo, la costumbre de la ‘vara’ deja de ser anécdota folclórica para adquirir tintes macabros, por no decir fratricidas.

Hoy no tenemos una inmunidad de rebaño, pero sí un rebaño con inmunidad. De esa camarilla de traidores, quienes han asestado el golpe más doloroso a la confianza nacional son, desde luego, aquellos que ostentaban cargos públicos y que, ya vacunados gracias al lote extra de , tenían el cuajo de aparecer en medios dando lecciones de prevención y reclamándole solidaridad a la ciudadanía. Ese nivel de miseria es imperdonable. Pienso en , en , en la ex canciller , en los viceministros y en todos los ‘servidores’ del Estado que aceptaron ese providencial pinchazo de cortesía que, con toda seguridad, otro peruano necesitaba con mayor urgencia.

El desengaño que muchos sentimos por estos días proviene de un error reiterado que nos toca asumir: en lugar de confiar únicamente en nuestros principios, volvimos a confiar en quienes juraron encarnarlos. Mal. Pésimo. La amnesia volvió a jugarnos en contra. ¿Es que no recordamos lo sucedido, ahorita nomás, con tantos ex presidentes –cada uno felón a su manera– o con esos otros ídolos de barro que en su día prometieron defender una serie de convicciones que, al cabo de un tiempo, ebrios de poder y codicia, arrojaron por la borda sin empacho?

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El verdadero problema no radica en haberles creído a mentirosos, sino en no deslindar de ellos ahora que las pruebas de sus embustes están dispuestas sobre la mesa. Apenas los individuos a quienes respaldamos dejan de personificar nuestros principios y pasan a desmentirlos con su actuación pública o privada, toca trazar una línea tajante entre ellos y nosotros. Tal como ocurre en las relaciones sentimentales: si la pareja resulta tramposa, la dejas; si permaneces a su lado, asumes la responsabilidad de las decepciones futuras. Desmarcarse del cínico no es oportunismo, sino justicia, así como defenderlo ciegamente ya no es lealtad, sino colusión.

Me pregunto qué sentirán hoy los cientos de personas que, sin estar peleando cara a cara con el COVID-19, aceptaron vacunarse entre setiembre y febrero sabiendo que esas dosis podían librar de la muerte a algunos de los muchísimos médicos que, en simultáneo, se jugaban el pellejo desde el centro mismo de la pandemia. ¿Sentirán culpa, vergüenza, deshonra o ninguna de las anteriores? ¿Podrán dormir tranquilos ahora que su cretinismo ha sido ventilado? ¿Qué los llevó a actuar así? ¿Tal vez la suposición de que en un país tan informal e improvisado como el Perú no hay dilema ético posible cuando de subsistir se trata?

Dicho eso, confieso que también me he preguntado cómo habría reaccionado si me hubiesen ofrecido la vacuna. Seguro me habría negado.

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¿O habría cedido guiado por el miedo? ¿Acaso somos eso: seres desleales en potencia? ¿En el fondo seríamos capaces de dejar nuestros escrúpulos de lado con tal de salvarnos? ¿Tenemos escrúpulos?

Es en las crisis, en las desgracias, donde se ve quién es quién. Quiero creer que la mayoría es justa, compasiva y tiene mínimos códigos de humanidad. ¿Suena muy ingenuo? ¿Muy inocente? Cada quien tiene una respuesta en la conciencia. Ojalá nomás que no les incomode. //