Dorila Alvarez Navarro, mi madre, es jefa de la unidad de Cirugía General en el Hospital Militar Central.
Dorila Alvarez Navarro, mi madre, es jefa de la unidad de Cirugía General en el Hospital Militar Central.

Afortunados aquellos que, por el aislamiento social obligatorio, no tienen -o han perdido- noción del tiempo. Si bien no he sufrido ese efecto, tengo una especie de ritual que me da calma y me hace sentir afortunada: cuento cada segundo, minuto, hora y día que Dorila Alvarez Navarro, mi madre, enfermera en actividad en el Hospital Militar Central, sigue libre de .

Hace unas semanas; sin embargo, una mala noticia estuvo a punto de tocar mi puerta. El día 46 de cuarentena (30 de abril), recibí una llamada de Dorila al mediodía, como siempre lo suele hacer. “Hola hija, cómo están”, me dijo, pero en su voz percibí preocupación, ansiedad. Con el corazón en la garganta, y con miedo de escuchar el escenario que ya estaba maquinando mi mente, atiné a preguntar si todo estaba bien con ella.

-[Silencio] Estoy esperando entrar al laboratorio para que me hagan la prueba rápida [de descarte de coronavirus].

-¿Por qué vas a hacer el examen?

-Hay sospechas de contagio entre el personal…

-¿Cuándo te dan el resultado?

-Si sale positivo, me van a llamar en las próximas horas para el [examen del] hisopado. Si no hay noticias, es negativo.

-Me avisas cualquier cosa

-Hay que esperar.

Miraba la hora en la computadora -mientras intentaba seguir con el teletrabajo- y el tiempo parecía haberse detenido. Llegaban notificaciones al celular, pero ninguna eran de mi madre. Le escribí por Messenger y no hubo respuesta. ¿Iba a convertirse en uno de los más de 36 mil casos confirmados en el país (cifras del 30 de abril)? ¿La cuarentena la iba a hacer en el hospital? ¿Cuánto tiempo iba a pasar para poder vernos? ¿Qué pasa si hay complicaciones? ¿Cómo se lo digo a mi abuela, que ya está casi por los 80 años, sin alarmarla?

Pasaron tres horas para conocer que la prueba había dado negativo.

(De izq. a der.) Rossana Bendezú, Ángela Dominguez y Dorila Alvarez (mi mamá) en el día 17 de cuarentena. La imagen fue publicada en las redes sociales del hospital con un mensaje que se hace más latente: #Quédateencasa
(De izq. a der.) Rossana Bendezú, Ángela Dominguez y Dorila Alvarez (mi mamá) en el día 17 de cuarentena. La imagen fue publicada en las redes sociales del hospital con un mensaje que se hace más latente: #Quédateencasa

Hay una serie de medidas que tiene mi mamá cada vez que llega a casa: dejar los zapatos de calle cerca a la puerta para desinfectarlos. Descalza y aún con mascarilla, va a ducharse. Recogemos su ropa para lavarla inmediatamente. Una vez aseada, mi mamá, manteniendo su distancia, nos cuenta con cierto entusiasmo -que a veces me cuesta entender- sobre su día. Esa tarde; sin embargo, quería abrazarla. Pasarme de los dos metros, claro, no era (ni es) una opción. “Hija, estoy bien”, me dijo como si se hubiera dado cuenta de mi intención y con una serenidad que me calmó.

***

Desde niña siempre he admirado la fortaleza y poder de decisión de mi madre. Era 1984 cuando a los 19 años dejó familia y amigos de su natal Sullana, un pequeño pueblo a 30 minutos en auto de Piura, para un mejor futuro profesional en Lima. Ese mismo año ingresó a la escuela de enfermería del Ejército, que tenía convenio con la Universidad Nacional Federico Villarreal. En esos cinco años de carrera y uno de internado [seis, en total] reforzó su temple y comprobó que su vocación era innata.

Recién graduada, empezó a trabajar como enfermera general en la Unidad de Cirugía Plástica y Quemados del Hospital Militar Central en plena propagación de la peste peruana: el cólera de 1991. “Junto a dos enfermeras antiguas y el médico atendíamos a los pacientes. Yo me encargaba de canalizarlos. Aprendí mucho de ellos”, rememora, “aunque vinieron tiempos más oscuros”. En esa época, palabras como coche bomba, emboscada o balacera ya se mencionaban en los titulares de los medios del país.

Decenas de militares heridos por los terroristas llegaban evacuados al hospital. Emergencia, Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) y Cirugía, el piso donde estaba mi mamá, eran los pisos más ajetreados. Pasaron tres años y Dorila esperaba a su primera hija. Eso sí, siguió trabajando -con los cuidados necesarios, claro- porque así lo había decidido. “Un día antes que nacieras, hubo un ataque terrorista en Ayacucho y trajeron [al hospital] a los soldados evacuados. Yo estaba en trabajo de parto y tu papá me llevaba en silla de ruedas. Vimos a varios muchachos heridos, en el piso, esperando ser atendidos (…) Naciste en tiempos difíciles”.

Tenía 29 años cuando le tomaron esta foto en el área de cirugía plástica y quemados del Hospital Militar Central en diciembre de 1994. A los meses nació Vanessa y, cinco años después, Solange. (Foto: Archivo Personal)
Tenía 29 años cuando le tomaron esta foto en el área de cirugía plástica y quemados del Hospital Militar Central en diciembre de 1994. A los meses nació Vanessa y, cinco años después, Solange. (Foto: Archivo Personal)

A sus 55 años, no había escuchado la palabra “miedo” en sus relatos hasta ahora. “Estoy acostumbrada a ir a la boca del lobo, pero me da miedo contagiar a tu papá [que tiene más de 60 años] o a ustedes. Es difícil estar más de ocho horas con mascarilla y sin poder respirar bien (…) Hay quienes hacen mayor esfuerzo: mis colegas de emergencia están paradas todo el día, atendiendo a los pacientes, usando pañal porque no hay tiempo para ir al baño. Lo mismo con las chicas de UCI. Es parte de nuestra profesión, pero somos humanas”, dice con la voz entrecortada.

Si bien ella dirige la unidad de Cirugía General con pacientes pre-covid (pueden o no tener el virus), llegará el momento en que requieran del segundo grupo -como llaman al personal de 40 a 60 años- para las áreas más críticas, y ella no dudará en atender ese llamado.

Como dije, admiro su resistencia. Aunque quisiera que no lo demostrara en estos momentos.

(De izq. a der.) Katherine Maza, Dorila Alvarez (mi madre) y Marisol Justo en el área de Cirugía General del hospital Militar Central.
(De izq. a der.) Katherine Maza, Dorila Alvarez (mi madre) y Marisol Justo en el área de Cirugía General del hospital Militar Central.

***

El último abrazo que le di a mi mamá fue el 28 de febrero en el aeropuerto Jorge Chávez, antes de viajar a Europa con mi hermana. Cuando regresamos, el recibimiento no fue el habitual: en vez de besos y abrazos; las mascarillas, los guantes y la distancia social primaron en ese encuentro. Hicimos cuarentena en casa y tuvimos el mínimo contacto con nuestros padres. Pasaron 14 días y, por fortuna, ninguno tuvo síntomas del virus. Mi mamá volvió al trabajo -y por esas medidas de seguridad- tenemos dos abrazos pendientes: el de bienvenida y el del Día de la Madre.

Aunque hay algo que a mi mamá le ha gustado -tal vez- más que los abrazos: lo que escribo. Atesora desde aquellos textos que escribí de niña hasta las historias que cuento en Somos. Esta vez quise rendir homenaje a mi lectora favorita. Feliz día, mamá. Estas palabras representan ese ansiado abrazo que te quiero dar. //

El homenaje de Somos a las madres en su día (Video y edición: Verónica Calderón)

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