HEREDERAS. Marcela y Claudia Ganoza Temple son las dos hijas que más abrazaron el legado de su padre, el creador del Concurso Nacional de Marinera.
HEREDERAS. Marcela y Claudia Ganoza Temple son las dos hijas que más abrazaron el legado de su padre, el creador del Concurso Nacional de Marinera.
Ricardo Hinojosa Lizárraga

Aunque parece que lo hacen rápidamente, no es más que una ágil paciencia, la destreza natural de quienes dominan el aire y el suelo con los pies. Descalzos, los bailarines celebran cada nuevo desafío colocándose nuevamente en el sitio justo, haciendo la pausa, el giro, el apoyo preciso para iniciar un nuevo paso, permitiendo a un delicado zapateo lanzarse a la conquista de la tierra. Parecen el vuelo de una mariposa, la caída de una pluma a través del espacio. El niño que ve esta escena de cerca los sigue con la mirada, sin pestañear. No cumplía aún los cuatro años cuando esa imagen de su madre bailando se perennizó para siempre en su memoria emotiva, aquella en la que lo bello puede hacerse majestuoso.

Para su cumpleaños, doña Hortensia Ganoza de Vargas, dama trujillana adelantada a su tiempo, organizaba celebraciones con fastuosos almuerzos y caballos de paso en La Haciendita de Moche, en Trujillo. El momento cumbre se daba cuando uno de sus trabajadores –el de mejor desempeño en el año– bailaba marinera con ella. En aquellos años no se acostumbraba que las señoras bailasen descalzas, pero Hortensia lo hacía. Cerca de ella, aquel pequeño que no cumplía los cuatro años la miraba asombrado, convirtiendo esa escena en el primer recuerdo de su vida. Eran los años 20. Poco más de 30 años después, ya con su madre ausente, ese niño, llamado Guillermo Ganoza, creó el Concurso Nacional de Marinera en honor a su elegante, poderosa y danzante presencia.

“Para fines de los 50, el presidente del Club Libertad era nuestro tío Juan Julio Ganoza y mi padre era parte de la directiva –nos cuenta su hija Marcela–. Ambos eran muy unidos y se secundaban siempre en todas sus iniciativas. Así que mi padre pensó que un concurso podría atraer más socios al club y ayudar a difundir la marinera”. Y así fue. Aunque en la primera edición, celebrada en 1960, solo se inscribieron 12 parejas. “La mayoría eran mis primas hermanas y mi papá las tuvo que convencer, porque les daba vergüenza bailar con público”, anota su otra hija, Claudia, con una enorme sonrisa.

Guillermo Ganoza Vargas, acompañado de Chabuca Granda en la inauguración de un mural dedicado al caballo de paso, en Trujillo. Circa 1970.
Guillermo Ganoza Vargas, acompañado de Chabuca Granda en la inauguración de un mural dedicado al caballo de paso, en Trujillo. Circa 1970.

El concurso prendió como una chispa. En tiempos de twist y rock & roll, la marinera tomó su propio lugar. En pocos años, las instalaciones del club quedaron chicas para la cantidad de público que asistía y, a inicios de los 70, pasó a celebrarse en el Coliseo Gran Chimú, donde hoy se citan miles de parejas en eliminatorias que pueden durar una semana. Además, no se trataba solo de una competencia popular: también daba mucho prestigio. Basta recordar que, entre los jurados más célebres, estuvieron Alicia Maguiña o Chabuca Granda, amiga entrañable de Guillermo Ganoza.

EL PASO DEL TIEMPO

“Hay que decir que nuestro padre era un visionario. Creó muchísimas cosas pensando en su ciudad, porque él, sobre todo, amaba Trujillo”, nos dice Claudia Ganoza. “Era básicamente empresario y nunca quiso meterse en política. Dejó en Trujillo un legado aún visible”, añade Marcela, su hermana. Porque recordar la figura de Guillermo Ganoza, seis décadas después de creado el Concurso Nacional de Marinera, es recordar también a un hombre cuya figura inspiraba respeto y admiración. “Creó urbanizaciones como Palmeras y California; destinó una zona, Santa Edelmira, solo para fábricas; se convirtió en uno de los grandes exportadores de espárrago; creó una mutual que daba préstamos a gente de bajos recursos, solo bajo palabra; contribuyó al cuidado y mantenimiento de Chan Chan como filántropo y, por si fuera poco, dejó como legado un concurso que es hoy símbolo de peruanidad”, nos dicen ambas, orgullosas.

A pesar de que la primera edición del concurso se realizó el domingo 20 de noviembre de 1960, desde las 10 a.m., poco después se marcó el devenir de los siguientes años: Ganoza lo programaría el último fin de semana de enero, en coincidencia con su propio cumpleaños, celebrado el día 31. “Nosotros hemos nacido y crecido escuchando y viendo marinera. Íbamos al concurso como colita de nuestro papi a acompañarlo –nos cuenta Claudia–. Como él era siempre el presidente del jurado, nosotras estábamos siempre a su lado para ver todo. Y así fue durante casi 30 años, hasta que murió, en junio de 1988”. Entre 1960 y 1988, Guillermo Ganoza faltó una sola vez al Concurso Nacional de Marinera: cuando murió uno de sus hijos, tras un accidente camino, precisamente, a Trujillo.

Como presidente del jurado, Guillermo Ganoza condecoró a grandes bailarines de marinera. En esta foto de 1978, premia a la gran Olga Fernández, cuya familia rescata hasta hoy los valores tradicionales de esta danza. Ella fue la primera en bailar descalza y con un traje cotidiano, de faena, al estilo moche.
Como presidente del jurado, Guillermo Ganoza condecoró a grandes bailarines de marinera. En esta foto de 1978, premia a la gran Olga Fernández, cuya familia rescata hasta hoy los valores tradicionales de esta danza. Ella fue la primera en bailar descalza y con un traje cotidiano, de faena, al estilo moche.

Además de crear el concurso, Ganoza decidió que los jurados, vestidos de blanco, llevaran poncho encima. Él mismo se encargaba de entregar el Pañuelo de Oro, premio principal del evento. “A nosotras nos fascina tanto la marinera, que nos pasa corriente cuando escuchamos una”, comenta Claudia. Y Marcela la completa: “No nos cansamos cuando estamos ahí. Ni almorzamos ni nada. Nos quedamos todo el día. Y todo el mundo alucina. Nos dicen: ‘¿Cómo te puedes quedar tanto rato? ¿No quieres venir a almorzar?’. No, les digo. Hemos estado de 9 de la mañana a 1 o 2 de la madrugada. Y comentamos todo, cada baile, cada pareja. Hemos sido jurado también muchas veces, tras la muerte de nuestro padre”.

Al poco tiempo de su partida, el compositor Juan Benítez Reyes les obsequió un homenaje inolvidable: la marinera Don Guillermo, convertida en un desafío para los bailes tradicionales, pues tiene ocho paradas y mucha más dificultad. Es más técnica, tiene distintos compases y cambios de ritmo.

La canción ha creado escuela para nuevas marineras, inspiradas en ella. “Don Guillermo nació en Trujillo/ y se hizo la primavera./ Don Guillermo luego baila la marinera/ desde entonces ya mi Trujillo baila marinera”, dice el tema, lo que nos lleva a recordar el momento mismo del nacimiento del creador del concurso, contado por sus hijas: cuando la abuela Hortensia, embarazada ya de nueve meses, sintió los dolores del inminente parto una tarde de noviembre de 1923, estando muy cerca de la playa en la plazuela Las Delicias de Trujillo, todos se alarmaron. Pensaron en traer el auto, acompañarla, llevarla cargada a La Haciendita de Moche. Pero ella, sumamente tranquila, pidió que le den su caballo de paso. Subió a él y emprendió el viaje completamente sola, cabalgándolo, instantes antes de dar a luz a don Guillermo Ganoza. Quizá, su fascinación por la danza y el embrujo de la marinera se originaron en esos rumbos, cuando estaba aún en la panza de su madre, sintiendo la cadencia del caballo de paso, que le daba la bienvenida al mundo. //

RAÍCES. Marcela y Claudia Ganoza, junto a sus padres Marcela Temple y Guillermo Ganoza. Una está pequeñita y la otra en brazos. Año 1962.
RAÍCES. Marcela y Claudia Ganoza, junto a sus padres Marcela Temple y Guillermo Ganoza. Una está pequeñita y la otra en brazos. Año 1962.