Miembros de mesa de la mesa 036115 del colegio Mariano Melgar de Breña.
Miembros de mesa de la mesa 036115 del colegio Mariano Melgar de Breña.

Abrí los ojos a las cinco de la mañana del 11 de abril de 2021. Estaba oscuro, signo de los tiempos. Del otoño, me refiero. Había que estar en el local de votación a las 6 de la mañana. Un plato de frutas, un huevo duro, un café. ¿Me pongo el mameluco? Mejor no, me va a dar calor, aún quema el sol. Agarro mis orejas y les pido que me tengan paciencia, que hoy no me fallen. Acto seguido paso sobre ellas los pasadores de la mascarilla quirúrgica primero, de la KN95 después y, finalmente, de la mascarilla de tela. Con el protector facial puesto, toca agarrar la mochila preparada la noche anterior Pesa. Ya son las 5:57. A pedir el taxi.

Llegué 6:12 al local de votación: el colegio Mariano Melgar, en Breña. Bajo del taxi y veo a una señora de polo celeste con el logo de “Con mis hijos no te metas”, entregarle papelitos a un grupo de personas reunidas a su alrededor. Sospeché, y más tarde corroboré, que se trataba del grupo de personeros de Renovación Popular. Muestro mi credencial de miembro de mesa y entro pensando si ese primer encuentro al llegar al local de votación era un presagio —¿de qué?— o una casualidad. Pero las casualidades no existen. El universo no es tan perezoso.

A las 6:30 a.m. celebré que mi mesa de votación, la 036115, esté ubicada en el patio del colegio. La gran unidad escolar albergó 12 pabellones de votación, solo el mío estuvo en el patio. La felicidad me duró poco, pues pronto me di cuenta que ningún otro miembro de mi mesa llegaría a hacerme compañía. 7:30 a.m., llegó la primera votante. “No puedo quedarme, soy personal de salud”, me dijo al saludar.

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Mesa 036115
Mesa 036115

Volví a ver el final de “Betty la fea” mientras veía la cola crecer y sentía el sol calentar de a pocos. Pensé en tomar agua. Me contuve: era mi propósito no usar el baño hoy. De hecho, lo cumplí. Terminé el episodio, volví a ver el video de instrucciones de la ONPE, gasté mis cinco vidas de Candy crush, leí un par de cuentos de Edmundo Paz Soldán. Las ocho y treinta de la mañana. Llegó la primera suplente. “Tú haces de secretaria, yo de presidenta y buscamos un voluntario para abrir la mesa, ¿vale?”, le dije. “Hoy tengo examen en la universidad”, me respondió. “¡¿Es en serio, amiga?!”, se me escapó. “Ya vengo, voy a comprar pan”. No supe más de ella hasta pasado el mediodía.

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A las 10:00 a.m. vi que la policía obligaba a personas en otras mesas a asumir el puesto de miembro de mesa. Antes de que se acerquen a la mía, dos amables señores se ofrecieron, ante una coordinadora de la ONPE, a ocupar los lugares necesarios para abrir la mesa de votación. El señor Marco, de 59 años, y de un buen humor contagioso, y Edwin, de 28, que es peruano por su padre y venezolano por su madre y vive aquí hace seis años. Es la primera elección presidencial en la que participa.

Como única titular, pasé de ser tercera miembro de mesa a ser presidenta. El señor Marco fue secretario y Edwin ocupó mi lugar. Nos organizamos como pudimos. Trajeron la caja con toda la papelería y accesorios: una mascarilla quirúrgica para cada uno, un protector facial y un rollo de papel toalla. “Señorita, ¿no hay alcohol?”. “Ya le traigo”, respondió. Nunca llegó. Abrí mi mochila: saqué el rociador de alcohol de un litro —lleno, por supuesto—, un frasco de alcohol en gel, uno de desinfectantes, una caja de lapiceros —para los despistados— y dejé al fondo de la mochila un alcohol de repuesto, mis cuatro mascarillas —tres quirúrgicas y una KN95— para cambiarlas durante el día y mis alimentos: barras energéticas y una botellita de agua. “Amiga, ¡tú sí viniste preparada!”. Sí, señor Marco. En el Perú el por si acaso nunca está de más.

Tener voluntarios como miembros de mesa tiene a favor su entusiasmo, tiene en contra la falta de preparación y, en estas elecciones particularmente, el cansancio y la premura. Pensé que estaba lo suficientemente preparada para esta labor tras ver más de una vez el breve video que la ONPE puso a disposición de los miembros de mesa para la capacitación y al tener una larga experiencia como voluntaria de la Asociación Civil Transparencia, que me ha hecho atestiguar más de una jornada electoral completa. Pero la pandemia todo lo cambia.

El almuerzo que trajo la ONPE era difícil de disfrutar en medio de una emergencia sanitaria: atún, agua y galletas llegaron en una bolsa sellada a nuestras mesas poco después del mediodía; pero en un local donde los baños eran escasos y se abarrotaban pronto, no hay espacio para exquisiteces como lavarse las manos. En general, el no levantarme todo el día del asiento para lavarme las manos me causó cierta aprensión. Me sorprendí al darme cuenta que había evitado tocarme el rostro, que mis manos estaban más cuarteadas a causa del alcohol y que un fuerte dolor de cabeza se iba anunciando leve pero firmemente.

La jornada electoral es curiosa. Mientras algunas personas se demoran 15 minutos en votar, otras lo hacen en 30 segundos. Hay despistados, cuidadosos, personas con la mascarilla en la barbilla a quien hubo que llamarles la atención y personas cuyas envolturas hacían imposible la comunicación. Cada persona es un mundo, y en el Perú hay 25 millones de mundos que en días como hoy se reúnen para definir un destino conjunto. O al menos intentarlo.

A las seis de la tarde se sentía el aire fresco del otoño enfriando los ánimos. “Cerramos a las siete y nos vamos”. El optimismo de mis compañeros voluntarios me causó gracia, pero me preocupó un poco: recordaba haber salido tres o cuatro horas después del cierre de votación en otras elecciones presidenciales. La diferencia era la hora del cierre, y entendía que el cansancio nos podía jugar malas pasadas. Y así fue.

Siete de la noche. Flash electoral. Mientras escuchábamos incrédulos el anuncio en el celular, se prendió un ridículo foco que habían habilitado en nuestro improvisado salón al aire libre. “Señorita, ese foco es una burla”. La respuesta de la representante de la ONPE no fue nada amable: “bueno, señor, yo no soy la encargada de poner los focos”. Y desapareció. Nos miramos con pena. Resolutivamente, movimos la mesa bajo el foco, usamos las linternas de nuestros celulares y empezamos la cuenta. La falta de experiencia de mis compañeros hizo del conteo de votos sea visto por ellos con tedio. Me senté a hacer los apuntes y a llamar a la calma. Sacando la cuenta, cada cédula de votación tiene, potencialmente, siete votos por contabilizar. Multiplicado por 300 cédulas supone contabilizar 2100 votos. Es una actividad de alto riesgo.

En mi mesa, la 036115, votaron 230 personas, 1620 votos en nuestras manos y ninguna supervisión o fiscalización sobre ellos. La ONPE pasaba de largo a apurarnos cada tanto. “¿Ya está el sobre naranja? Apúrense con el sobre naranja”, decían las encargadas. Mis compañeros y yo nos dábamos ánimo entre bromas y prisas. “Es bien fácil manipular los votos, ¿no? Felizmente aquí somos personas honestas”, dijo uno. El otro asintió. Una especie de temor me puso la piel de gallina. No, no era el frío.

Había ido con mucho temor a ser miembro de mesa. Mi familia y mucha gente cercana a mí me había pedido que no vaya e incluso se habían ofrecido a pagarme la multa, pero nunca contemplé no ir. Fui con miedo de contagiarme y de no encontrar un hospital para atenderme, de contagiar a mis seres queridos, de tener que llorarlos. ¿Vale la pena?, me preguntaron. No lo sé. Solo sé que es lo que me tocaba hacer y se hizo. Durante el día el temor se había disipado…hasta que tocó contar las cédulas. Temía por el resultado, sí, pero también sentí toda la responsabilidad del mundo en ese conteo.

Contamos a prisa, haciendo malabares para evitar los errores. No miento si digo que fue un milagro que los números hayan sido exactos: 230 votos para presidente, 230 para congresistas y 230 para parlamentarios andinos. Sentí un alivio. Luego vino la burocracia: hay que llenar cinco actas idénticas en las que hay que detallar los resultados de la votación de mesa. La más complicado de llenar es la de congresistas. Si no me cree, mire:

Complicado de creer o, mejor dicho, de entender, el voto de la ciudadanía breñense: he visto actas donde el voto presidencial iba para Urresti, el congresal para el Frepap y el del Parlamento Andino para Acción Popular; y este es solo un ejemplo. Algunas votaciones eran tan random que no me imaginaba un algoritmo haciendo esas combinaciones imposibles, que hablan también de la imposibilidad de terminar de entender al Perú: un voto presidencial por el PPC que combinaba el voto congresal por Avanza País con el voto para el parlamento andino por el Frente Amplio. Y así, la realidad superó la ficción. Creatividad, la electoral.

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En mi mesa no hubo personeros asignados. Las coordinadoras de la ONPE requerían las actas a la loca y las aceptaban en las mismas condiciones. Recogieron actas de mi mesa sin todas las firmas correspondientes, por lo que hubo que trabajar el doble. Uno de mis compañeros, tiritando, pugnaba por irse antes de las 9, pero nos dieron las 10. Y las 11. Entonces mis voluntariosos amigos salieron al vuelo. Recogí pacientemente mis frascos de alcohol y desinfectante. “Señorita, ¿por qué no nos dieron alcohol?” “¿No les dimos? ¡Uy! Pero ahí tenían”. “Señorita, ¿cómo le van a pagar los 120 soles a los voluntarios?” Silencio. Pensé que esa sería la cereza del pastel, pero no: al llegar a la puerta encontré a mis compañeros, pues no les querían dejar salir. A mí tampoco. “Necesita un certificado” “¿Cuál? Tengo este”. “No, ese no, otro”. Quince minutos de lucha. “Pero, ¿cuál es el otro, señorita?”. No supo responder y los ánimos se estaban calentando. “Ya, bueno, váyanse. Pero no deberían”.

Escribo esto durante mi cuarentena autoimpuesta. El viernes me haré la prueba molecular para saber si me contagié de COVID. Sea cual sea el resultado, tocará volver, el domingo 6 de junio, con las mismas precauciones y los mismos propósitos, a pasar el día en la mesa de votación 036115.

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