LA PALABRA EN EL CAMPO. En los duros meses de cuarentena, organizó la entrega de víveres y donaciones a la población de El Carmen y cercanías. En lo alto de su iglesia colocó parlantes y daba misa. Luego emitía anuncios a la comunidad e incluso transmitía las clases escolares. (Foto: Luis Miranda)
LA PALABRA EN EL CAMPO. En los duros meses de cuarentena, organizó la entrega de víveres y donaciones a la población de El Carmen y cercanías. En lo alto de su iglesia colocó parlantes y daba misa. Luego emitía anuncios a la comunidad e incluso transmitía las clases escolares. (Foto: Luis Miranda)
Luis  Miranda

Periodista

El padre Eliseo Layé se ha hecho tan querido en El Carmen que desde que llegó como párroco a esta parte de los vecinos siempre se organizan para darle una sorpresa de cumpleaños. Le cantan y le bailan y Eliseo siente que en su tierra africana nadie ha celebrado tanto su llegada a este mundo. Lo quieren por su sencillez, por sus intentos infructuosos pero persistentes de aprender a bailar festejo y a zapatear como los Ballumbrosio, por haberse convertido a la fe blanquiazul y por haber creado una manera de que la iglesia llegue a la gente.

“Me hice hincha de Alianza Lima desde que conocí su historia. Y porque encierra valores positivos sobre la afroperuanidad”, dice quien tiene su propio uniforme del equipo victoriano entre un vestuario donde destacan los colores fuertes de las túnicas bordadas de su país.

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Pero lo quieren sobre todo porque ha demostrado que su principal vocación es ayudar a los pobres. Lo ven salir temprano con un grupo de médicos voluntarios para atender a las personas más necesitadas de los caseríos apartados. Personas con diabetes, ancianas solas y mujeres que crían sin pareja a sus hijos reciben la visita de este sacerdote nacido en Togo hace 42 años y que muchos ven como una materialización del santo limeño Martín de Porres.

“Me han dicho eso y yo me siento honrado de que me comparen con un santo tan importante y milagroso”. A través de un programa llamado “Pastoral de la salud”, repartió víveres durante la cruda cuarentena. “Por más difícil que haya sido la situación, no hemos dejado de dar”. Desde que se prohibieron las reuniones públicas y, por ende, las misas, el pequeño hombre, que siempre es confundido con un trabajador más de la iglesia, puso un parlante en lo alto de la parroquia para emitir oraciones, frases de aliento y música relajante y positiva. Le pidieron que suba el volumen.

Con el tiempo, esta emisora en vivo se convirtió en una especie de radio bemba, pues también se envían mensajes y avisos de servicio público. Los vecinos de cuadras más alejadas consiguieron cables y parlantes y ahora la voz de la parroquia se oye en casi todo el cercado de El Carmen y en la urbanización vecina, llamada UPIS. Las emisiones incluyen clases escolares. “Es importante que la Iglesia vaya a la gente”, reza.

HINCHA ALIANCISTA. El padre Layé se enamoró de la camiseta blanquiazul desde que pisó El Carmen. Le chunta a la pelota pero, en cambio, con el baile del zapateo no tiene suerte. (Foto: Luis Miranda)
HINCHA ALIANCISTA. El padre Layé se enamoró de la camiseta blanquiazul desde que pisó El Carmen. Le chunta a la pelota pero, en cambio, con el baile del zapateo no tiene suerte. (Foto: Luis Miranda)

El religioso de la congregación Combonianos del Corazón de Jesús encontró en los alrededores de Chincha condiciones de pobreza similares a las de su subdesarrollado país, donde los dictadores han estado gobernando desde hace medio siglo, con elecciones fraudulentas y la ayuda de las fuerzas armadas. “Encontré aquí racismo, profesores que les decían a los niños que los negros solo piensan hasta el mediodía y personas que se conforman con lo poco que hay. Yo les digo que los afros pueden ser presidentes del país si se lo proponen”, dice quien incentiva el desarrollo de talentos desde su parroquia.

De niño, el padre Layé imitaba a los religiosos europeos que veía en la iglesia de su barrio. Armaba en casa un altar y dirigía una misa de ilusión soñando que algún día sería como esos sacerdotes italianos y alemanes que transmitían amor al prójimo y tranquilidad con sus palabras. “Yo pensé que si iba a ayudar a la iglesia, algún día podría ser sacerdote. Después de mi primera comunión ingresé como acólito y seguí un largo camino orientado por un padre ciego que actualmente está muy delicado de salud”.

Eliseo Layé dirige la parroquia de El Carmen, en Chincha. Llegó al Perú para concluir sus estudios en teología. (Foto: Luis Miranda)
Eliseo Layé dirige la parroquia de El Carmen, en Chincha. Llegó al Perú para concluir sus estudios en teología. (Foto: Luis Miranda)

Muchos años después, en el 2004, Eliseo Layé llegó al Perú para concluir sus estudios de Teología, luego regresó a su país por dos años, hasta que el destino lo trajo de vuelta al Perú. Y es que su congregación católica nació en África pero se expandió a México y luego al país de los incas, donde ya trabaja nueve años (desde el 2017 en El Carmen). Eliseo llegó primero a un pueblo en las alturas de Huánuco, donde era el único negrito, bromea. “Así me encontraban”, dice. “Cuando veas a un negrito, ese es el sacerdote, ja, ja”. Pero luego su congregación creyó que era necesario que un religioso africano se encargue de El Carmen, puesto que el anterior párroco también había sido africano y dejó una gran impresión en el pueblo. En el 2017 llegó a la tierra del zapateo y pensó que Dios le había dado el mejor lugar del mundo para trabajar. “Si yo pudiera nacionalizarme peruano y quedarme toda mi vida, lo haría feliz, pero no sé qué otros encargos tendrá la Iglesia para mí”.

Lo importante, agrega, es que para la iglesia las poblaciones afro de Sudamérica tienen prioridad. La idea de Comboni era salvar África. “Aquí me encuentro como en familia”. Con el arribo del coronavirus, el padre se organizó para repartir medicinas que llegaban a través de Cáritas. “El objetivo es acompañar al pueblo. Que sepan que Dios no ha mandado este virus sino el propio ser humano con su falta de respeto a la naturaleza. Dios nos cuida a pesar de todo”. //

Los combonianos

Son una congregación católica fundada por el misionero italiano Daniel Comboni (1831-1881), que acuñó la frase “África o muerte”. Con un grupo de religiosos emprendió la evangelización del África central, a pesar de la selva inhóspita y las plagas que diezmaron al grupo. Falleció a los 50 años, atacado por el cólera, cuando una feroz hambruna castigaba el continente austral. En el 2003 fue canonizado. Los combonianos están en el Perú desde hace 80 años. Los primeros llegaron con la colonización de Pozuzo, en 1857.

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