Rafaella León

Retirada durante toda la temporada de verano en su refugio norteño de Los Órganos, Vania Masías le saca chispas al suelo. No tiene nada más que un piso y espejos donde se mira equivocarse, repetir, equivocarse de nuevo hasta lograr los pasos perfectos de una marinera norteña. Las técnicas del ballet clásico y el urban dance serán para otro momento (aunque de todas maneras aparecen): por ahora nada la distrae de concretar su siguiente sueño, que implica primero aprenderse bien los pasos de la danza del faldón y el pañuelo. Quince años después de haber fundado la revolucionaria Asociación Cultural D1, Vania ha empezado a sentir de nuevo que el cuerpo le quema por dentro (“cuando algo me vibra, leo mi cuerpo: tengo que poner manos a la obra”). Ocurrió exactamente igual cuando dejó atrás su vida de bailarina clásica en grandes compañías del mundo para darle forma a D1, cuya metodología basada en la educación a través del arte ha cambiado la vida de 8 mil adolescentes y jóvenes. Pero pasado el tiempo, como un ciclo vital o un grand jeté, ella va por más: ahora piensa en dejar con la boca abierta al mundo frente a una marinera fusión peruana. “Tengo que inventarme un nombre, todavía no sé cómo llamarla…”, nos dice al teléfono desde su centro de operaciones, a donde no llega ni señal de vida diaria ni de ninguna antena móvil. Está creando.

El pálpito tuvo una primera respuesta en los espectáculos de inicio y cierre de los Juegos Lima 2019 (Vania dirigió todo el trabajo coreográfico), donde desfilaron decenas de danzas peruanas de todas las regiones. Pero el Estadio Nacional y posiblemente los 400 millones de televidentes en el mundo enmudecieron y luego temblaron con el sonido de las tarolas: el anuncio de la ceremoniosa, zalamera y potente marinera. Después de los caballos de paso y rodeados de flores humanas de Amancaes, aparecían la marinera de Lamas, colorida; la de Puno, que se baila con botines; la arequipeña, con tacos; la limeña, descubierta y con guitarra; y la trujillana, en todo su esplendor. “La marinera es para mí el símbolo del Perú en cuanto a mestizaje. Es nuestro patrimonio, un legado que no podemos perder. Tenemos que ver la forma de acercarla al mundo”, continúa diciéndonos, y nos parece que nada podrá detenerla.

Hay una obsesión que persigue a Vania, que es también pasatiempo y reto: la historia. No hay historia novelada o académica, del Perú y del mundo, que no haya pasado por sus manos. “La historia peruana nos la enseñaron mal, esa es la razón por la que no le damos valor al lugar de donde venimos y hemos vivido queriendo ser otra cosa”. Lo ha visto con sus propios ojos: algunos muchachos llegados a su escuela que ocultan su origen, quizá pensando que así no podrán ser ‘mal vistos’. Vania va más atrás en sus recuerdos, hasta un episodio que la marcó a sus 16 años. Caminando por Nueva York, donde estudiaba ballet, una joven vendedora de chullos negó su nacionalidad. Su compañera en el negocio, una colombiana, confirmó que su amiga era peruana pero le daba vergüenza decirlo. “Nunca me voy a olvidar. Yo dije: si algo voy a hacer en mi vida, será contribuir para cambiar eso”. Años después, los primeros jóvenes de su asociación vestían como hiphoperos de Nueva York. “Es una cultura popular tan potente que dije: ‘por acá voy a llegar a ellos’. Lo que no sabían era que al año iba a ponerles El Mayoral para que lo bailaran con su hip hop. Lograron una magia alucinante”.

Ahora Vania –con la Compañía D1, el elenco más importante de la asociación– da vida al concepto de marinera fusión y piensa ‘exportarlo’ en una clase de una hora, con cajón incluido. “Vas a cualquier parte del mundo y hay clases de samba y tango. ¿Y qué está pasando con el Perú, que tiene 3 mil danzas únicas? Haremos un ‘abreboca’ con la marinera, para que luego miles de personas quieran conocerla. Queremos que sea tan internacional que genere una industria paralela, que dé empleo”. El cómplice de este sueño es el campeón nacional de marinera norteña Antonio Vílchez, maestro y coreógrafo que aporta la técnica y la esencia. Es el verdadero autor de lo que vaya a presenciar el mundo. “La marinera no se baila de una sola forma; la gente baila como siente. Tiene patrones básicos que invitan a la creatividad. Es una danza de improvisación pero con estructura. Haremos que sea marinera si mantenemos sus códigos de movimiento, pero dando otra estética, contando otra historia”, nos explica el también director de la Compañía D1.

En noviembre pasado, Masías y Vílchez llevaron al Kings Place Theatre de Londres el espectáculo Imagina Perú, cuatro historias duras y reales, en cuatro ritmos peruanos (foto del recuadro). Para Vania significó cerrar un círculo y al mismo tiempo abrir más. “Londres es como mi segunda casa, allí viví varios años, me reinventé, tuve que sobrevivir. Tuvimos esta función allí, cuando es dificilísimo…”. Al terminar el show, el director artístico del Breakin’ Convention –el festival de danza urbana fusión más importante de Europa– la contactó: los tendrá en mayo. A Vania, decíamos, nadie la detiene. “Así como el cebiche, ahora la marinera, señores”. //

La marinera de moda

  • Antes llamada zamacueca, la marinera es una danza muy versátil que puede mezclarse con otros ritmos, explica el director de la Compañía D1, Antonio Vílchez. “Por su influencia africana, puede fusionarse con jazz, ritmos electrónicos, tap, funky, música cubana, house, etc.”.
  • La propuesta de Masías y Vílchez es fusionar la marinera norteña con ritmos urbanos, pero manteniendo sus códigos de movimiento y el mensaje tradicional. Cuatro elementos de la danza se mantienen: la faja de la cintura, el sombrero, los pañuelos y la falda.
  • “Parte importante del proyecto es incorporar a personas con experiencia en el mundo del folclore y la marinera”, explica Vania. La propuesta de marinera fusión migrará luego de la Compañía D1 a los cursos de la escuela formativa D1 (pagados y gratuitos).

TAGS RELACIONADOS