Nació Victoria, nuestra bebé, por Adriana Garavito. FOTO: Archivo personal.
Nació Victoria, nuestra bebé, por Adriana Garavito. FOTO: Archivo personal.

Nunca he conversado con alguien que haya ido a la guerra. Pero en las películas estos personajes siempre tienen historias que intrigan, sorprenden y causan todo tipo de emociones. Y las cuentan con orgullo, pues marcaron un antes y después en sus vidas. Guardando las distancias, creo que las historias de las madres sobre cómo llegaron sus hijos al mundo causan el mismo impacto: son emocionantes, a veces tiernas y otras muy sorprendentes. Y cada madre la cuenta con un orgullo notorio, de ese que te deja saber que tal momento marcó un hito en su vida.

Como en las películas, mi parto empezó al revés. Rompí fuente un lunes por la mañana sin sentir contracción alguna. Es más, cuando llegamos a emergencias –Sebas, el papá, y yo- le dije a la recepcionista que creía haber roto fuente a mis 38 semanas de embarazo.

Lo siguiente fue rápido: silla de ruedas, datos, ascensor, agarrar fuerte la mano de Sebastián, entrar al cuarto de trabajo de parto, cambiarme y esperar. El reloj marcaba un poco más de las nueve de la mañana cuando entró el doctor de guardia. No. No es líquido, me dijo. Vamos a ver que dicen los resultados, agregó. No quedó otra más que esperar más. Echada en la camilla unos sensores medían el latido de la bebé y mis contracciones. Si la cifra de estas pasaba el “100” significaba que había empezado trabajo de parto. Seguía perdiendo líquido, pero la cifra con las justas marcaba ochenta.

Casi al mediodía pasé a una ecografía en la que el doctor de turno me dijo que mi hija tenía que salir ya. A penas escuché su apuro, me puse a llorar. De vuelta al cuarto donde mi doctora me explicó la situación. No eran las mejores noticias: la fuente no se había roto, sino rasgado. Es decir, había estado goteando desde antes que me haya dado cuenta. El líquido que protegía a mi hija en el vientre se estaba acabando de a pocos. Ya no tenía mucho por esperar. Todo lo contrario, tenía que correr.

Mi doctora terminó de romper la fuente con la mano. Cuando lo hizo el dolor me pinchó hasta la médula, congelando mi espalda y tensando mis piernas como si fuesen un par de piedras olvidadas en el desierto. Tenía que relajarme, decía mi doctora. Tienes que parar, era lo que yo quería gritar. Con la fuente rota –ahora en serio- el siguiente paso era sentir las contracciones, pero nunca lo hice. El reloj marcaba casi las tres de la tarde cuando se me inyectó a la vena la primera dosis de oxitocina para inducir el parto.

Me habían contado que los partos inducidos son más dolorosos, pero mis contracciones parecían una mala broma. Fue rarísimo: prácticamente comencé a rogar por dolor. Ahora que lo analizo creo que esta es la verdad: una parte de mi cuerpo quería ganar la carrera, correr durísimo, pero otra se había quedado paralizada frente a la idea de ser madre. Era como si pudiese sentir el terremoto, la tierra moviéndose y a mis pies enterrándose cada vez más en el piso. Quizás eran nervios, quizás era terror.

Mi doctora me explicó que la anestesia epidural podría ayudar a relajarme por dentro. “Pero no la puedes pedir porque sí. Hay que pedirla solo si realmente hay dolor”. Para eso la dosis de oxitocina se intensificó y eso, en mi cuerpo, fue un golpazo en el vientre. No había mucho espacio para respirar entre una contracción y otra, pero lo intentaba. Botaba el aire por la boca, caminaba, Sebastián me motivaba, hasta que una bomba explotó por dentro ¿Puede llamar al anestesiólogo, por favor?, le dije a la obstetra que andaba en el cuarto.

Con la droga, me quedé dormida. No sé qué hora marcaba el reloj cuando desperté, pero era de noche y me asusté. Tenía que caminar, tenía que moverme, ayudar a mi bebé a acomodarse. Sebas y yo empezamos: sentadillas, movimientos de cadera. Izquierda, derecha, hacia adelante y hacía atrás. Cada contracción era más intensa y el efecto de la epidural se desvanecía junto con mis fuerzas. No podía más. Apoyaba la frente en la cama, Sebastián masajeaba mi espalda y yo soltaba lágrimas en silencio.

Horas antes me dijeron que había dilatado cinco centímetros. Y después de todo ese esfuerzo y tiempo seguía en lo mismo: sentí que perdía la cabeza. Pedí un refuerzo de epidural con la idea de que me vuelva ayudar a soltar. Sebastián me hablaba con ternura, me decía que estaríamos bien, que las cosas se darían como tenían que ser, que la doctora llegaría y nos diría cómo íbamos de verdad. Lo entendía, lo escuchaba, pero de pronto reproché:

—¿Por qué no quieres que me pongan epidural?

— ¿Qué? Yo no he dicho eso, amor. Ahora viene.

—¿ Por qué quieres que me duela?

— No, para nada. Tranquila. Ya llega.

Tras el refuerzo, entró mi doctora, hizo un chequeo y dijo de golpe una frase que nos llenó de adrenalina: “Ya estás en nueve. Vamos”. En los ojos de Sebastián vi la energía que se le trepó desde las plantas de los pies hasta la coronilla y yo no sabía si gritar. Quería pedir un tiempo para asimilar, para respirar, pero el cuarto se transformaba frente a nosotros: la camilla se convirtió en una especie de asiento, y todo un equipo médico ingresó para recibir a la bebé. Mi doctora abría sus brazos y la vestían. Por la mascarilla en la cara, yo solo podía ver sus ojos muy despiertos, fijos y listos para traer a alguien más al mundo.

— Mírame a los ojos. Concéntrate. No te me pierdas. Vas a comenzar a pujar.

Me dijo cómo hacerlo: inhalar, pujar, soltar el aire cuando no podía más y volver a empezar. No podía olvidar, además, empujar la cadera hacia abajo, no hacia arriba. Probamos una, dos, tres veces y corregía mis errores. No faltaba nada, me decía, mientras que yo sentía que me partía en dos. Mi hija iba bajando y yo subiendo hacia algo parecido al cielo con la idea de conocerla. Sé que le dije a la doctora que quería que Victoria, mi bebé, salga de una vez y me respondió que ya no faltaba nada. Ahí venía otra contracción, ahí venía la cabeza, mi doctora me prometió que era el último y decidí no dejar de pujar hasta terminar.

Recuerdo muy claro a mi doctora gritando: “¡Agárrala! ¡Agárrala!” y entre dolor, cansancio, felicidad, adrenalina, miedo, y una especie de llanto, sostuve a mi hija que estaba de color morado, con sangre y grasa. Así, con mis propias manos, la llevé hasta mi pecho y me quedé muda. El dolor seguía, pero la emoción de tener a nuestra bebé en el mundo fue más grande. Victoria lloró y abrió sus ojos. Yo hice lo mismo: juro que sentí que abrí mis ojos por primera vez. Luego, Sebastián la sostuvo en el pecho, calentándola, amándola, y yo temblaba sin parar. Temblaba de miedo, de frío, de emoción, de felicidad y de dolor. Todo junto. Temblaba como quien sacude una vida pasada para alistarse para enfrentar una nueva.

Nuestra bebé nació el 17 de setiembre a las 2:32 de la madrugada. Y es una historia que será imposible olvidar. Hasta hoy recuerdo el grito que solté tras el último puje. Fue de alivio, de fuerza, y también fue una especie de disculpa por haber tenido tanto miedo a dejar ir. Fue un grito que salió después de haber pensado en mi mamá, en mi abuela, en su madre y la madre de ella. Fue un grito que –creo- todas las madres soltamos de alguna manera cuando le damos la bienvenida a nuestros hijos. Todas. Ya sea parto natural, inducido, en piscina, en casa, cesárea programada o de emergencia. Es el grito que marca el punto de partida. Es el grito que parece ser el último esfuerzo, pero es en realidad el primero de millones más. Para nosotros, fue un grito que no sonó a nada más que a Victoria.