Crímenes en Lima
Crímenes en Lima
Gabriela Machuca Castillo

No cesan por estos días las actualizaciones noticiosas relacionadas al asesinato y descuartizamiento de dos jóvenes al interior de un hostal de San Martín de Porres. Bolsas que contenían restos humanos abandonadas hace unos días en el ex terminal de Fiori dieron rienda suelta a una madeja de investigaciones, hipótesis y detenciones que sobre el caso aún continúan. El siniestro hecho coincide temporalmente con la presentación de un libro del que también ya se ha comenzado a hablar: "Crímenes en Lima" (Melquíades, 2019), el cual reúne ocho crónicas periodísticas que profundizan en algunos de los homicidios más espantosos que recuerde la capital. Entre ellos, los asesinatos de Gabriela Niño de Guzmán, Myriam Fefer, Alicia Delgado y los Tozzini Bertello. Todos han sido escritos por destacados hombres y mujeres de prensa como son: Luis Jochamowitz, Ricardo León, María Luisa del Río, Carlos Paredes, Alejandro Neyra, Carlos Enrique Freyre, Dany Salvatierra y Gabriela Wiener.

En exclusiva para Somos, lea a continuación extractos de las piezas escritas por León y Jochamowitz. El primero corresponde a un salvaje crimen ocurrido en el 2017, cuando un vendedor de comida ambulante, obsesionado con las armas, mató a cuatro personas e hirió a otras diez en un centro comercial al norte de la ciudad. El segundo se refiere al acribillamiento del auto en el que iban dos herederas de Mario Paredes Cueva, ex congresista y otrora dueño del célebre camal de Yerbateros. Eso por el control del mismo. Eso a fines de los años 90.      

MUERTE AL PASO:
LA RUTA DEL PRIMER CRIMEN MASIVO EN LIMA
Por Ricardo León

1.
Este será un día pesado y caliente. Son las 3:19 de la tarde del 17 de febrero del 2017: grupos de manifestantes del sector obrero se reúnen en los alrededores de la Plaza San Martín, a los que se suman luego varios colectivos civiles convocados a una marcha de protesta contra la corrupción; dentro de algunas horas el centro de la ciudad olerá a gas lacrimógeno. Los pronósticos del clima anuncian 30 grados de temperatura máxima. Es viernes y la Carretera Central está bloqueada por la caída de un huaico a la altura de Chosica, en la entrada a Lima desde la sierra central. Esta vía funciona como un vaso comunicante entre todas aquellas provincias del interior del país hacia la capital. En su serpenteante recorrido desde los Andes hasta el desértico borde del Pacífico –hacia “la ciudad más triste y extraña”, diría Melville-, la Carretera Central es el escenario que resume esa ola migratoria inconclusa e inestable, ese fenómeno que nadie sabe cómo comienza y nadie adivina hacia dónde avanza.

Eduardo Romero Naupay, nacido en 1985 en Huánuco, también hizo ese mismo recorrido años atrás, no sabemos cuándo, y ahora vive en un cuartito alquilado en una vivienda de Los Olivos, uno de aquellos distritos pujantes pero incompletos de la nueva Lima. Son las 3:19 de la tarde: Eduardo guarda los materiales –un trapo, un poco de detergente, un balde con agua, otro trapo- con los que ha limpiado el carrito de metal donde vende salchipapas cada noche en la cuadra 15 de la avenida Alfredo Mendiola, en el vecino distrito de Independencia. Sus clientes son casi siempre otros migrantes o hijos de migrantes que años atrás también calcularon un futuro limeño y cruzaron la Carretera Central, que hoy la policía ha cerrado por precaución porque, como ocurre varias veces cada año, sigue cayendo barro y piedras. Podría incluso tomarse como metáfora migratoria: la última frontera hacia el sueño o la pesadilla de la gran urbe es el clima.

Hasta aquí tenemos un cuadro casi completo: un joven emprendedor, nacido en el interior del país, vendedor ambulante informal de comida al paso en una vía donde otros provincianos circulan diariamente, se prepara para otra jornada de trabajo. Pero son las 3:19 de la tarde y Eduardo escribe en su cuenta de Facebook: “Miren perros, yo no me vengo con webadas; soy peruano pero estoy harto de estos municipales que no dejan salir a uno adelante, trabajando honradamente. Si hoy me topo con uno, lo reviento de un plomazo. Dejen su ward pal desenlace”. Luego espera.

Uno de esos municipales es Martín Moreno, que a esa misma hora se reúne con su equipo de trabajadores del área de Fiscalización. Hoy es viernes y les toca otra jornada de supervisión en la zona comercial de Los Olivos. Pedirán licencias de trabajo, certificados de sanidad, multarán a aquellos ambulantes que no estén en regla, a los reincidentes les decomisarán la mercadería y los utensilios de trabajo, quizá clausuren algún local de venta de comida. Parece estar orgulloso de su trabajo: el día anterior ha compartido en Facebook un video institucional de la municipalidad donde aparece en la cuadra 34 de la avenida Mendiola junto a un grupo de fiscalizadores bajo su cargo realizando la misma tarea que hoy cumplirán. “La avenida tiene otra cara, una cara más ordenada”, dice Martín en el video. Un día después, a las 3:19 de la tarde del 17 de febrero, decide que su equipo se concentrará esta noche en la cuadra 15 de la avenida. Es fin de semana, esta zona estará muy transitada por quienes acudan a las tiendas, bares y discotecas del centro comercial Royal Plaza, en el distrito contiguo de Independencia; es seguro que habrá más ambulantes.

Es un viernes en Lima, con todo lo que eso puede significar para Martín y también para César Arellano. Él trabaja como agente de seguridad privada en una de esas discotecas del centro comercial –Zeven Disco & Bar- que hoy comenzarán a llenarse a las 9 o 10 de la noche y donde las fiestas acabarán a las 4 o 5 de la mañana. Son las 3:19 de la tarde y está en su casa, revisa sus redes sociales, él también está orgulloso de su trabajo, de su vida. A mediodía ha compartido una publicación del club de fútbol Barcelona, y poco después el comentario de un foro de internet sobre el linchamiento de un supuesto ladrón: “En Arequipa pobladores matan a delincuente. Comparte si crees que así deben acabar todos los delincuentes”. En la imagen se ve a un sujeto, algo gordo, atado y echado en el piso de un barrio rural, alguien lanzándole algo en la cabeza, gente mirando alrededor, dos perros callejeros husmeando. No lo sabemos, pero es probable que después César haya almorzado, haya pasado el rato con su hija, o que haya hablado por teléfono con sus otros dos hijos que, como él, nacieron en Piura. César nació en 1984 en La Matanza, Morropón, y forma parte de esa masa migrante asentada en Lima de la que también pertenece Eduardo. Aquí no hay sociología, tampoco estadística: estamos hablando de un crimen múltiple que pronto ocurrirá.

También están ellas. Susan Juárez ha preparado este día con ansias: en la noche irá a la discoteca Di Luna, al lado de Zeven Disco & Bar, a celebrar el cumpleaños de su novio, Franz, una de las personas que la ayudan a asimilar su reciente regreso al Perú. Ella nació en el Callao en 1989; es hija de otro migrante, Roque, nacido en el pequeño distrito de Pataypampa, en Apurímac. La ruta migratoria de los Juárez ha sido distinta a la de Eduardo y la de César, pero con el mismo destino citadino: vivieron 15 años en Roma, allá Susan cumplió la mayoría de edad, estudió cocina, decidió regresar a Lima junto a su familia de apurimeños y hoy, 17 de febrero del 2017 a las 3:19 de la tarde, se alista para más tarde ir de fiesta con su pareja. El cuadro lo compone también Gloria Mostacero, que ha nacido en 1991 en Tantarica, Cajamarca, y que en Lima estudió enfermería, útil recurso académico y laboral de mujeres jóvenes provincianas que buscan un espacio en la gran ciudad. Gloria trabaja en una clínica en San Borja; a las 3:19 de la tarde su turno ya ha terminado y se pone de acuerdo con dos amigas para ir al cine, quizá comerán algo antes en el Royal Plaza. Todavía es temprano, se toma su tiempo.

Un poco más joven es Nicole Muñoz, también mujer, también provinciana, una joven estudiante que iniciará el fin de semana paseando en un centro comercial enorme de Independencia. Algunas veces al terminar la semana viaja a Pisco, donde nació en 1991 y donde vive su familia, pero este viernes 17 de febrero a las 3:19 de la tarde ella está en Lima planeando su noche como César, como Susan, como Gloria y como Eduardo, que a esta hora ya ha terminado de limpiar su carrito de metal, ha amenazado a los municipales con un mensaje en Facebook y ahora espera. Este será un día pesado y caliente.

2.
Ocurrieron varios hechos aquel 2010, aparentemente inconexos, pero que definieron algunos aspectos de la vida de Eduardo. Por ejemplo, aquel año venció el carnet de vigilante privado que una oficina del Estado otorga, y nunca pudo ser renovado. Eduardo había trabajado como agente de seguridad en una mina de Puno, no era un mal trabajo y contaba con los permisos para cumplirlo, incluyendo la licencia de uso de armas que aprendió a manejar en su breve paso por la Marina de Guerra, luego de dejar Huánuco. De hecho, según las investigaciones posteriores de la policía, años después –en el 2016- intentaría renovar esta licencia presentando un certificado médico groseramente falsificado, en un expediente que incluía una declaración personal suya relacionada a la necesidad de portar un arma: “Soy una persona honorable, honesta, disciplinado, profesional y trabajador (…) La finalidad de presentarme ante su despacho es para solicitar la renovación de mi licencia para portar un arma de fuego que será utilizada exclusivamente para el uso de su defensa personal y defensa de los bienes logrados y obtenidos con mi esfuerzo (…) Mientras tanto la delincuencia sigue creciendo de forma alarmante, prácticamente ya no se puede caminar tranquilo por las calles y tampoco se está seguro en los lugares públicos o en sus domicilios (…) Tengo derecho a la vida y a defenderla mediante la legítima defensa”. Su solicitud fue rechazada.

Eduardo Romero Naupay.
Eduardo Romero Naupay.

Pero volvamos al 2010: no contar con un carnet de vigilante privado redujo sus expectativas laborales, y fue entonces que empezó a pensar en la posibilidad de vender comida en un carrito ambulante.

Aquel mismo año, el padre de Eduardo se suicidó. No se conocen mayores detalles, pero se sabe que el viejo Glicerio se mató ingiriendo veneno en su casa de Ripán, un pequeño pueblo de la provincia de Dos de Mayo, en Huánuco, de donde proviene esta familia. El entorno íntimo de Eduardo se configuró entonces en torno a sus cuatro hermanas y su madre, Olimpia, una mujer analfabeta y sin estudios escolares. La vida comenzó a cambiar. Eduardo ya había cruzado la Carretera Central, ya había superado sus huaicos, ya estaba en Lima.

Años después, en los días posteriores al crimen, diversos psicólogos y psiquiatras desfilaron por la televisión y los diarios e intentaron deducir por qué lo hizo. Uno mencionó probables frustraciones no controladas y rezagos de violencia familiar. Otro comentó un posible cuadro de presión social y una personalidad desequilibrada. Una especialista sugirió un daño derivado de la violencia sexual y psicológica, con una personalidad psicopática como consecuencia de ello. Otro señaló un inconfundible cuadro de trastorno de la realidad. Otro más intentó poner en un espejo la vida de Eduardo y lo que su acto criminal representó: la precaria vida laboral frente a la modernidad y ostentación de un centro comercial donde eligió a sus víctimas. Uno de ellos estableció, pruebas en mano, que aquel fue el primer asesinato masivo en la historia peruana. Un policía entrevistado días después dijo, ya no desde la psicología sino desde la estadística, que de las cinco víctimas mortales tres eran mujeres (uno de los hombres murió intentando defender a otra mujer), y que de los 10 heridos, siete son mujeres, y todas fueron baleadas en la cabeza y las partes superiores del cuerpo. Otra especialista dijo en la televisión que estábamos entonces ante un feminicidio múltiple no íntimo.

También comenzaron a conocerse algunos detalles –digamos- íntimos de la vida de Eduardo. Su cuenta de Facebook contenía frases violentas repartidas en varios momentos de su vida. En marzo del 2013, por ejemplo, publicó este mensaje: “Estoy pensando en dejar salir mi otro yo”. Un mes después, compartió la imagen de una pistola negra, sin ningún comentario. Alguien llamado Ross -¿su novia?- le escribió: “Cuándo no, mi loquillo adorable, te amo mi Edu”. Poco después, en febrero del 2014, compartió otra foto, esta vez de una pistola dorada y montones de balas del mismo color, con un comentario breve: “Pronto tendré una de ellas”. Las pistolas aparecieron como elementos recurrentes, a tal punto que tenía un álbum de fotos titulado: “MIS FOTOS de malo Y MIS BEBÉS”.

También se encontró que algunas horas antes de 17 de febrero del 2017 publicó en un foro privado de Facebook un comentario premonitorio: “Familia, mañana me vienen a fiscalizar, realizaré una masacre como hizo Fede. Dejen su ward”. Fede era Federico Guevara Elizondo, aquel joven mexicano de 15 años que llevó un revólver a su colegio del estado de Monterrey, lo sacó de una mochila, disparó a un compañero dentro del aula, después a su profesora (que murió), a otros compañeros, cambió de cacerina y se disparó en el mentón (horas después falleció). Esto ocurrió el 18 de enero del 2017. Exactamente un mes después, el 18 de febrero, un equipo de policías peruanos ingresó al cuarto que alquila Eduardo en una vivienda de la cuadra 15 de la avenida Fitzcarrald, en Los Olivos. Buscaron pruebas, evidencias, algún indicio mínimo que explicara por qué horas antes había cometido el crimen del que toda Lima hablaba.

Junto a la puerta de su cuarto, sobre la pintura desgastada, había tres palabras escritas en lapicero azul: ‘psicópata’, ‘enfermo’, ‘infierno’. Dentro de la habitación, otras señales llamaron rápidamente la atención de los agentes. La cama estaba tendida, cubierta con una manta de la Marina de Guerra del Perú. En un estante había decenas de libros, algunos de ellos de filosofía y química. En las paredes, dibujos tribales y cruces invertidas, así como pósters de bandas de ‘black metal’. Se encontró un manuscrito de la que parecía ser su canción favorita, de la banda noruega Emperor, titulada “I am the black wizards”. En lo que vendría a ser la mesa de noche encontraron una edición antigua de “Cuentos malévolos”, escrito en 1904 por Clemente Palma. Es probable que el policía que encontró el libro lo haya abierto, que haya hojeado brevemente sus páginas iniciales, es probable incluso que haya leído la introducción del primero de los cuentos, ‘Los canastos’: “Entre hacer un pequeño servicio que apenas labre huella en la memoria del beneficiado o un grave daño que le deje profundo recuerdo, elegid lo segundo”.

También hallaron, en un cajón, 85 balas de diverso calibre y modelo, además de cacerinas y estuches. “No es normal que una persona cuente con todo ese material”, le dijo después algún policía a algún periodista. “Ingresó asustado a su cuarto, habrá estado cuatro minutos y salió. Después de una hora me dijeron que había cometido un múltiple asesinato”, comentó también Manuel Romero, el tío de Eduardo, quien le alquilaba el cuarto.

Todo iba quedando más claro sobre lo que ocurrió aquella noche larga y cruenta que comenzó a las 8:45 cuando Martín, el fiscalizador de la municipalidad que alardeaba de su trabajo en Facebook sin sospechar que al mismo tiempo en esta red social juraban su muerte, le anunció a Eduardo que le decomisarían el carrito de metal que a las 3:19 de esa tarde él había terminado de lavar, y luego le tomó una foto con su celular. Eduardo sacó un arma y le disparó en el hombro y el cuello. Después huyó. Llegó a su cuarto, cruzó la puerta junto a las tres palabras en lapicero azul, cogió una segunda pistola con todas las municiones que pudo y, como en la canción de Talking Heads, el asesino psicópata corrió y corrió.

(...)

Lo que Eduardo Romero Naupay había publicado en su cuenta de Facebook el mismo día del asesinato.
Lo que Eduardo Romero Naupay había publicado en su cuenta de Facebook el mismo día del asesinato.

LA CARNE DE LOS PAREDES
Por Luis Jochamowitz


II.

(...)
​El matadero nunca se cansa, es una máquina que funciona día y noche, un organismo que nunca se detiene del todo. Lo que sucede es que en ciertas horas del día, las multitudes de carniceros le dan un aspecto de vivaz actividad. Considérese el objeto que los reúne: la res. Es cierto que la carne es la mejor parte, pero las hay de muchas clases, y encima, abajo y entre ellas, hay pieles, grasas, cuernos, pezuñas, huesos, y una variedad de sustancias y consistencias que tienen un destino final. Nada, ni el estiércol de los corrales, se desperdicia. Las ramificaciones llegan hasta la industria del calzado y la marquetería fina. Aristotélicamente se diría que el camal es la organización que dispone esa constante subdivisión de la res.

El resultado es un matadero platónico, que solo es la sombra del nítido y atroz camal de Yerbateros. Rápidamente saltará a la vista el potencial de arreglos y mafias que pueden organizarse alrededor del complejo proceso de “beneficiar” – ironías de matarife – una res. Las posibilidades de sacar una literal tajada se multiplican a cada paso, y se corresponden maravillosamente con las expectativas de comisionistas e intermediarios. Así se forma un verdadero collar o argolla de filiaciones y compadrazgos que se disputan hasta la última menudencia. Forman lo que la hija mayor del dueño del matadero llamó la “idiosincrasia del interior”.

La era de Paredes Cueva habían sido lustros de status quo y paz relativa. Todavía se vivió una corta edad de oro cuando el padre se dedicó a la política y dejó a su hijo mayor, Mario Fernando, Marito para todos, en su lugar. Pero esos años fueron tan breves y sus hechos tan inciertos, que cuando todo terminó solo se recordaban como el instante previo al gran cataclismo.

Era demasiado bueno para durar: los hermanos mayores a cargo del camal, Marito y su hermana María Luisa, la verdadera eminencia tras el sillón giratorio de la gerencia general. Marito tenía 41 años y era graduado en ingeniera mecánica en la Universidad Autónoma de México. María Luisa tenía 33 años y se había graduado con altas notas en Derecho, en la Universidad San Martín de Porras. Como en tantas regencias del pasado, el poder se asentó sobre un macho holgazán de miras cortas, y una hembra poderosa y reprimida. Gobernaron Yerbateros siguiendo los tres preceptos que en el fondo eran uno, dictados por el padre y resumidos por su hija, María Luisa: “No te metas con ellos, déjalos que se ganen la vida, déjalos que trabajen”.

Todo eso acabó de golpe, inmediatamente después de la muerte de Mario Paredes Cueva, cuando su viuda, albacea y heredera, Nora Ruiz, tomó el control de Yerbateros. Parecería que hablamos de una figura legal, de un cambio en la inscripción de ciertos papeles, pero en realidad estamos ante una compleja incursión no carente de astucia militar, al amparo de la noche y la sorpresa, ejecutada por algunas docenas de matones, cuya arma principal, además de piedras, cuchillos y palos, mayormente de efecto disuasivo, fue una gran pata de cabra. Así se despejó un corredor de entrada desde la puerta principal hasta la gerencia general, por donde la albacea se presentó premunida de un abogado y un grasiento legajo de títulos.

El golpe fue devastador, los hermanos mayores trataron de reunir sus fuerzas y contraatacar, pero no pasaron de mentadas de madre, patadas contra las puertas cerradas con candado, y una que otra pedrea con la retaguardia de los ocupantes. Yerbateros, como organismo vivo, con esa infalibilidad que produce la inmensa mayoría, se plegó al bando de la albacea. En uno o dos días la resistencia de las esquinas se dispersó. La regencia de los Paredes había terminado y nuevos vientos soplaban sobre el enorme camal.

Nora Ruiz Aguilar, viuda de Paredes, la nueva dueña y albacea, demostró que no era un enemigo al que se podía subestimar. Su paso por la Presidencia del Directorio fue el de una centella luminosa que todo lo transforma. Sus más rendidos vasallos, es decir, su hermano Gregorio, y el señor Carlos Feliciano, que pasaron a manejar la gerencia, hasta podrían ver en ella la encarnación de una princesa de cuento de hadas que reconquistaba al fin su castillo. Nora, Norita, había comenzado a trabajar en el camal cuando tenía 17 años, en cierta forma, Yerbateros era su herencia espiritual. Allí la conoció el dueño, que alcanzó a ver en ella algo más que otro “compromiso”; debió encontrarle poderosas cualidades para sacarla del matadero y hacer que fuera su última y definitiva esposa, la madre de sus dos hijos oficiales. La antigua “camalerita” había regresado a casa con plenos poderes.

Tras la batalla de los perímetros, comenzó el ajuste cuentas en el interior. Los hombres de la albacea empezaron por descabezar las ramificaciones más visibles de la destronada administración. Uno de los primeros que cayó, tras una escaramuza de cartas notariales, fue el sobrino de Paredes Cueva, Luis Paredes Vaudenay, más conocido como “El Choche”. Se trata de un personaje de tercera fila, pero precisamente por ser solo una sombra borrosa, equivale casi a tomarle una fotografía al hombre del camal. “El Choche” era hijo de Ignacio, hermano de Mario, pero en las jerarquías de los Paredes Núñez, Paredes Paredes, Paredes Cortez, Paredes Jarbol, Paredes Lostanau, y Paredes Vergaray, un Paredes Vaudenay estaba totalmente fuera de juego. Lo que no le había tocado por herencia quería ganarlo por cercanía. Comenzó a trabajar con su tío cuando tenía 27 años, al principio sin ninguna función asignada, luego le compraron una moto y se convirtió en el mensajero oficial de la casa. Cuando Marito y María Luisa llegaron al poder, pasó a ser el brazo derecho de sus primos, fue nombrado Jefe de Matanza, y se mandó a imprimir tarjetas personales con el título de ingeniero. Uno o dos años oficiando en el estratégico puesto de matanza, le alcanzó para comprar una flota de taxis, la que aprovechó, junto con su hermano “Puchín”, para organizar un sistema clandestino de transporte de carne en maleteras, tráfico que salía como un goteo continuo del camal. No fueron pocos los comisionistas que aplaudieron su caída.

La albacea estaba dispuesta a imponer un nuevo orden. La lucha contra ciertos comisionistas poderosos comenzó apenas la nueva gerencia apartó de un manotazo a los últimos residuos de la caduca regencia. La anatomía de una res sería el mejor catálogo de los intereses creados que había que enfrentar, pero entre todos esos arreglos heredados, salta a la vista particularmente un contrato que la administración anterior había suscrito con el ciudadano israelí Joseph Aliazar Areza. Atrás de él debe haber milenios de sabiduría tribal, pero siempre será un misterio cómo un hombre nacido tan lejos de Yerbateros pudo encontrar su lugar en el ramo de grasas residuales. Lo cierto es que Aliazar tenía una oficina dentro del camal, y a cambio del derecho a disponer del producto final, se comprometía a organizar el recojo de ciertos residuos de carnero y chancho, de escaso o nulo valor comercial. Se trata de una operación ambigua, discernir entre el valor y el desperdicio, algo que en el balance final puede dejar una fortuna.

Tan grande que, en opinión de la albacea, bien valía la anulación del contrato, lo que procedió a hacer sin mayor discusión. Para entonces, Nora Ruiz ya vivía rodeada de abogados y guardaespaldas. Aliazar contraatacó con una demanda judicial, pero en el campo de batalla dispuso un boicot en el recojo de grasas residuales e inmundicias, iniciativa que casi en cuestión de días colocó al camal de Yerbateros en alarma sanitaria. La municipalidad de La Victoria intervino imponiendo una multa.

Una multa municipal cancelada fue la mejor demostración de que la albacea había ganado otra batalla. Su esposo había fallecido en julio, en agosto tomó control del camal, en septiembre ya estaba en guerra contra los comisionistas, en octubre desconoció una deuda de dos millones de dólares que se decía que Paredes Cueva había contraído en Colombia; ese mismo mes pidió garantías en la comisaría del sector. Un resguardo más se agregaría al cuerpo de guardaespaldas que le había dejado su difunto esposo. Los días se le iban en el camal, donde reinaba indiscutible, y en largas sesiones con sus abogados que atendían una maraña de juicios. Hacia finales de año parecía que había terminado de liquidar los últimos focos de resistencia, tenía plena posesión de la fortuna Paredes, y estaba más segura y desafiante que nunca.

Entre los muchos enemigos que la albacea había sabido ganarse, ninguno tan peligroso como María Luisa, la intratable hijastra, la hija mayor de Mario, la verdadera dueña del poder atrás de la regencia de Marito. Con esa sabiduría natural entre mujeres, es probable que la albacea lo hubiera advertido con anticipación, pero es difícil creer que podría imaginar lo que era capaz de hacer su enemiga. Para noviembre, María Luisa, “Luchi” como la llamaba su papá, ya había dejado atrás la etapa de las demandas judiciales y las amenazas telefónicas anónimas. En realidad, María Luisa quería hacer algo más, algo que diera cuenta de la furia que se estaba acumulando dentro de ella. Siempre es difícil precisar de qué materiales están hechas esas furias, lo es hasta para los mismos interesados, pero los reporteros policiales, que a su vez citan a los policías, dirían que era amargura, codicia y celos. “Luchi” había sido la engreída de su padre, creció estando cerca de él, luego fue la abogada del camal, y cuando llegó la fiebre fujimorista, lo acompañó en la feria política. Para ella el nacimiento de su última hermanastra, la pequeña Melissa, sería la peor traición que podía esperar de su padre. El testamento final equivalía a ser desheredada.

El acto asombroso sobre el que se sostiene toda esta historia, es el siguiente paso que dio María Luisa: buscar a un asesino. Dentro de lo extremo de la situación, la búsqueda de ese hombre tiene algo cómico y torpe. Aparece aquí nuevamente el “Choche”, Paredes Vaudenay, incondicional de la regencia, que aprueba sin oposición los planes que escucha de María Luisa. Pero, ¿cómo se encuentra a un asesino? Es como abrir la puerta de una escalera que desciende al infierno, la búsqueda de ese hombre parece consistir en dirigirse hacia alguien que se supone es peor que uno. Escalón por escalón, al final siempre se encuentra a alguien. Maria Luisa buscó al “Choche”, el “Choche” buscó a un mecánico conocido en los corralones de San Jacinto, Duvino Luyo Candela, quien a su vez buscó a un delincuente conocido, Alberto Orellana Belzu, alias “Negro”. Este se debería haber dirigido a alguien más peligroso que él, y estaríamos entonces en las inmediaciones del hombre deseado. Pero en lugar de eso, el “Negro” Orellana declaró que él podía cumplir con el encargo. “El Choche” y María Luisa se lo creyeron, o al menos le adelantaron mil dólares, los suficientes para dejarlo de ver para siempre apenas dobló la esquina.

La experiencia, sin embargo, siempre enseña, y la siguiente búsqueda no fracasó. Esta vez “El Choche” cortó camino y en lugar de buscar a Ludovino Luyo Candela, un pobre mecánico reducidor de piezas robadas, se dirigió a la “Chata Marleny”, que era lo que desde hace más de un siglo los periódicos llaman “su conviviente”. Ella a su vez lo encaminó hacia el hombre que andaban buscando, siempre en círculos descendentes, hasta llegar a toparse con el sicario “Frank”, esta vez sí convenientemente taimado y peligroso para confiar en su palabra. Se dijo que acordaron un precio de 120 mil dólares por todo el trabajo, con un adelanto duramente regateado de 35 mil.

El resto fue cuestión de ejecución. “Frank”, más conocido como “Tombo Loco”, se encargó de reunir al grupo hasta formar un total de al menos siete instrumentistas. Sus nombres han salido muchas veces en los periódicos, pero dicen menos que sus alias, “Ciego Kike”, “Tata”, “Potrillo”, “Payasito”, “Chalaco”, “Charun” y otros por identificar. Sus biografías son inabarcables en estas páginas, pero pueden resumirse en los diez segundos con que se ganan la vida, utilizando unos pesados instrumentos de trabajo que la gente común solo conoce por siglas y calibres. El planeamiento incluyó dos trabajos de lo que un bando llama “pastear” y el otro “reglaje”. Todo quedó listo antes de que acabe el año, pero diciembre terminó sin novedad.

El sábado 3 de enero de 1998 fue como la continuación de una larga fiesta. El Año Nuevo había caído miércoles, de modo que fue una semana poco menos que en blanco. El fujimorismo estaba en su apogeo y parecía eterno. Era otra bella noche de verano llena de una sensualidad ambiental que se propaga por la piel, contagiando fácilmente a la gente, que a esa hora, ocho de la noche, parecía estar mayoritariamente en las calles. Nora Ruiz, como parte microscópica de esa ola de inquietud estival, decidió cenar esa noche en el chifa “TiTi” de San Borja con una pareja de amigos, los esposos Amuruz, él era compañero de bancada, íntimo del finado Mario durante el par de años que pasó en el Congreso. Completaban la mesa su hija Melissa y la hija de los Amuruz, otro de los lazos que los unían, una niña de la misma edad y muy amiga de Melissa. A último minuto, Giovanni, adolescente en fase crítica, decidió quedarse en casa y pedir que le traigan comida china.

Se despidieron con besos en la puerta del chifa. La amiga de Melissa se quedó con los Paredes, las dos niñas subieron en la parte de atrás del Volvo negro, que se decía era “semiblindado”, otra de las herencias de Mario. Al timón iba el guardaespaldas familiar William de la Cruz. Se dirigían hacia el sur cuando fueron interceptados en una calle sin importancia. Tres carros les cerraron el paso y de ellos descendieron entre siete y diez hombres que formaron una especie de semicírculo. Sería cosa de pocos segundos, lo que tarda una cacerina en descargarse. Otra vez el “Ciego Kike”, “Tata”, “Potrillo”, “Payasito”, “Chalaco”, “Charun” y otros por identificar, eran los ejecutantes de un fragmento de extrema violencia. Para que la locura ascienda un grado más, se desató un tiroteo dentro del tiroteo. No debido a la inútil resistencia del guardaespaldas de la Cruz, sino porque el azar hizo que la escena se desarrolle frente a la misma puerta de una residencia de agentes de la DEA, discreta pero efectivamente atrincherada, que se creyó víctima de un ataque y repelió el fuego. El Volvo de los Paredes recibió al menos 54 perforaciones de bala. En rápida sucesión cayeron el guardaespaldas, Nora Ruiz y su hija Melissa. Su pequeña amiga salió de allí milagrosamente ilesa, directo a una cura de sueño inducido de 72 horas, para dejar atrás la pesadilla.

(...) //.