Luchito es un hombre que tiene retraso mental severo. No habla o camina. Lo recogieron hace 14 años de un basurero en Sullana, la sociedad lo dejó tirado allí como a tantos otros poco afortunados. Está sentado en una silla de ruedas en el segundo piso de uno de los dos locales que la Asociación de las Bienaventuranzas tiene en Villa María del Triunfo. Con él se comenzó esta obra que tiene ya 14 años. A su lado está Roberto, quien padece de parálisis cerebral y distrofia muscular. El padre Omar Sánchez fue por él hace tiempo, luego que lo llamaran y le dijeran que había alguien revolcándose entre las rocas de la Costa Verde. “¡Hey, Roberto, ¿cuál es el mejor equipo del Perú?!”, le grita el sacerdote mientras nos muestra parte de la misión que sostiene a más de 300 olvidados entre bebes y niños abandonados, adultos mayores, enfermos y adictos. Él logra responderle: “¡La U!”, a lo que el también secretario de Caritas Lurín contesta: “¡Bien, Roberto, tu sí sabes!”.

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