Oscar García

Redactor en la revista Somos

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La revolución empezó sin que nadie lo advirtiese, con una cinta cuyo nombre hoy pocos recuerdan. Se llamaba El Secreto de la Pirámide y la producía Steven SpielbergLa estrenaron en Lima en aquel verano de 1986 en varios cines, entre ellos el viejo Roma, de Santa Beatriz. En una de sus escenas, acaso la única que valga la pena, el vitral de una iglesia se rompe y de él emerge un caballero medieval hecho de vidrio.

Era una película live action, es decir, con actores humanos, pero ese personaje no lo era. Para los animadores representa un hito por ser la primera vez que se mostraba en el cine un ser creado a través de una computadora.

A cargo de esa escena estuvo John Lasseter, que diez años después dirigiría la revolucionaria Toy Story, el primer largometraje hecho en animación 3D. Esta fue una hazaña que acariciaba desde los años ochentas, cuando creía que las computadoras era el futuro. En Disney, la casa de animación clásica en la que Lasseter se formó y laboraba, sus ideas eran desestimadas. La animación de gráficos por computadora (CGI) era vista como una locura costosa y posible amenaza para el imperio fundado por Walt Disney con Blanca Nieves y los Siete Enanos (1937). Si las cosas se habían hecho siempre de un modo, por qué cambiar. 

Antes de Pixar, las películas en Disney se hacían a mano, en la técnica llamada de animación por celdas. Era un trabajo esforzado en el que cada fotograma debía ser dibujado y pintado de forma independiente, en un proceso que tomaba años enteros. Para hacer un segundo de animación se requerían 24 de esas celdas. El arribo de la animación CGI fue un cambio de paradigma en el proceso: ahora se modelaba primero un objeto en 3D (en este caso, un personaje) al que luego se le daba movimiento e iluminaba por computadora. Hasta los fondos se construían con animación CGI.

Pero no hay técnica más importante que una buena historia. Así lo entendió Steve Jobs, fundador de Apple, que 1985 compró una pequeña división de efectos CGI de Lucasfilms, con el joven John Lasseter a la cabeza, y la bautizó como Pixar. En los inicios se abocaron al negocio de crear y vender hardware de animación. Cuando entendieron que el oro no estaba en las tarjetas y chips sino en el contenido, Lasseter, junto a los jóvenes Andrew Stanton y Pete Docter, también animadores de Pixar, se matricularon en cursos de escritura y guión para aprender la mecánica y la alquimia de las historias. Fue la mejor inversión que pudieron hacer.

En años siguientes, John Lasseter creó y dirigió las dos primeras Toy Story, que le valieron la aclamación universal, además de otros títulos como Bichos y Cars. Pete Docter hizo lo propio con Monsters Inc. y esas dos maravillas del cine que son Up: Una aventura de altura e Intensamente. Mientras que Andrew Stanton se robó el corazón de todos en películas como Buscando a Nemo y Wall.E. Pixar pasó a ser garantía de un cine familiar que no subestimaba al espectador, que importaba tanto a niños como a adultos, y que narraba con buena mano y el sentimiento suficiente para hacer reír (y llorar) a todos.

Toy Story se estrenó un 22 de noviembre de 1995 y su llegada supuso una disrupción similar a la que debe haber representado la invención del automóvil frente a la carreta. Disney vivía entonces una segunda edad de oro, gracias a títulos estimables de animación clásica como La Bella y la Bestia (1991), la primera cinta animada nominada a Mejor Película en los Oscar; y El Rey León (1994). Y sin embargo, el éxito del vaquero Woody y su troupé de amigos impactó como el meteorito que anuncia una extinción. Disney, por un acuerdo con Pixar, poseía los derechos de distribución y de propiedad sobre los personajes de Toy Story. El dinero no dejaba de ingresar a sus cajas y los obligaba a replantearse ciertos verdades asumidas.

Una de ellas tenía que ver más con storytelling que con la técnica de animación. En las películas de Disney, los personajes cantan. Al viejo Walt le encantaban los musicales y creía que estos tenían una magia similar a la animación. A Pixar, este enfoque le parecía fuera de moda. En Toy Story y en otras películas de la lamparita hay canciones pero los personaje no las interpretan y a veces ni las escuchan. Apoyan a la historia desde un lugar fuera del mundo representado, que solo los espectadores perciben. Así ocurre cuando se deprimen el astronauta Buzz Lightyear en la primera Toy Story, o la vaquera Jessie, en su secuela.

Disney dejó de hacer cantar a su personajes en películas que siguieron a Toy Story como Bolt (2008), Ralph, El Demoledor (2012), Grandes Héroes (2014) y Zootopia (2016), pero se apegó a la tradición en otros títulos como Frozen: una aventura congelada (2013) y Moana (2016).

-PARA NIÑOS Y ADULTOS-
Otro cambio que llegó con Pixar, y que transformó para siempre las películas infantiles, fue el juego de guión a dos niveles. A uno muy primario, los niños se entretienen con la aventura y los momentos de comedia. En uno más profundo, los adultos perciben que la película también les habla a ellos, con algunos diálogos que contienen ciertos referentes y sutilezas que quizá los más pequeños no los llegan a captar. Solo las Toy Story son mucho más que relatos de muñecos que hablan. Nos hablan de temas adultos como la soledad, el abandono, la muerte y la obsolescencia.  

La convivencia de ambas técnicas de animación en Disney subsistió durante algunos años. Chicken Little (2005), la primera de animación CGI que firmaron enteramente como Disney, tuvo un moderado éxito, pero resultó mucho más rentable que mantener con vida a su rama de animación tradicional. Para poner un ejemplo: Toy Story necesitó del impulso de 110 trabajadores para salir adelante. Un año antes, El Rey León había demandado el empeño de un ejército de 800 personas.

La casa de Mickey todavía presentó algunas películas con la técnica tradicional –Lilo & Stitch (2003), Tierra de Osos (2003), Vacas Vaqueras (2004), La Rana y el Sapo (2009)– hasta la llegada de Winnie The Pooh (2011), la película número 51 en su canon y su última incursión en la animación por celdas. Tras el estreno, la casa decidió apagar el respirador a esa división y los últimos animadores de esa técnica, artistas notables de un arte que brilló con luz propia, fueron pasados al retiro.

Disney compró Pixar al impresionante precio de 7.400 millones de dólares el año 2006. A cambio, le ofreció a Lasseter, la cabeza del estudio, un puesto en su mesa directiva y libertad creativa para sus proyectos. El resto fue historia y es así es como llegamos a Toy Story 4, un capítulo más de la película que cambió a su industria. No se duda que sea un éxito de taquilla, como sus predecesoras. Mientras, se ha ganado el corazón de los críticos, que la han considerado valiosa y necesaria, que era la preocupación de varios tras el notable cierre que había representado Toy Story 3, en 2010.

La carrera de Pixar Animations en todo este tiempo ha sido notable. De las 18 ganadoras a Mejor Película Animada, una categoría fundada el 2001 e inaugurada con Shrek, ellos se han llevado exactamente la mitad, en Buscando a Nemo, Wall.ELos IncreíblesRatatouille, Valiente, Up: una aventura de altura, Toy Story 3, Intensamente y Coco

Mientras John Lasseter, el hombre que más hizo por sacar adelante la historia de los juguetes parlanchines, cuando nadie creía en ella, aún capea el escándalo que supuso las acusaciones de sexismo y acoso de las que fue objeto, motivos que lo obligaron a dejar la casa de Mickey el 2017. A inicios de año se anunció que dirigiría la nueva división animada de Skydance, la productora a la que debemos la saga de Misión Imposible, Star Trek y el reboot de Terminator. //