Natalia Parodi: "Heridas de guerra"
Natalia Parodi: "Heridas de guerra"
Redacción EC

Tengo una cicatriz en la pierna izquierda que mide unos 20 centímetros. Es el recuerdo de una cirugía que me hicieron cuando tenía un año. Luxación y displasia de cadera, fue el diagnóstico.

Un problema de nacimiento que le costó a mi preocupaciones y largas noches de angustia, para que yo caminara sin dificultad. Estuve con yeso más de seis meses durante los cuales, aún gateando, tuve que ingeniármelas arrastrando toda la pierna enyesada. Estoy segura de que eso marcó mi vida. 

Cuando era niña a veces sentía dolor en todo el cuerpo. Una vez descartado que fuese por algún problema físico, en casa me respondían ‘paciencia, crecer duele’. Al día siguiente el dolor desaparecía, así que asumí que era verdad: crecer dolía.

Con el tiempo los dolores musculares desaparecieron pero tuve que aprender a lidiar con dolores de otro tipo. A veces dolía que nos castigaran a mi hermano y a mí por pelear, o herir a mi mamá con algún comentario insensato, o acostumbrarme a no tener a mis papás juntos porque se habían separado. Y cuando me hice mayor, desde la crisis vocacional hasta los estrellones en el amor, entendí que sí, a veces crecer dolía.

A la huella de esos episodios les llamo heridas de guerra. Son el rastro de los golpes que alguna vez me vulneraron, me obligaron a encontrar nuevas maneras de salir adelante. No los elegí y no recomiendo procurarse dolores buscando aprender. Dañarse intencionalmente es obsceno y absurdo. Pero nadie se escapa de algunos golpes, y las cicatrices que dejan son el recordatorio de lo aprendido.

Brené Brown expuso en una de mis charlas favoritas algo llamado ‘el poder de la vulnerabilidad’. La investigadora de la Universidad de Houston habla de cuán difícil es exponernos a salir heridos y que por eso muchos prefieren esconderse y protegerse. Sin embargo, señala que no podemos bloquear los sentimientos a voluntad y que al pretender evitar sentir miedo, vergüenza o dolor, el costo es sacrificar la alegría, el amor o la gratitud, que nos permiten disfrutar la vida y encontrarle sentido. Es decir, o el corazón abierto a sentir, o cerrado y adormecido ante todo.

La dramaturga peruana Mariana Silva elabora en su extraordinaria obra «Sobre lobos», la idea de que hay heridas que nos hacen otros y heridas que adquirimos en el ensayo-error que es la vida. Pero concluye que paralizarnos por el miedo no es manera de vivir. Que atrevernos a tener nuestras propias experiencias nos enriquecerá más que encerrarnos y dejar de vivir.

Como dijo Chavela Vargas: «no tengas miedo de amar, verterás lágrimas con amor o sin él». Y podemos extender la palabra amor a todo lo que nos apasiona y disfrutamos. Darnos cuenta de que para gozar la vida hay que atrevernos a transitarla.

Las heridas de guerra envenenan si les permitimos paralizarnos. Si nos pasamos los días moviendo la costrita nunca sanarán. Pero si, cuando cicatrizan, nos adueñamos de ellas y de lo que nos enseñaron, sirven para seguir adelante. «La vulnerabilidad es lo que nos embellece», me dijo un profesor hace años. No creo haberlo entendido entonces como ahora. Esta cicatriz en la pierna ya no duele. Pero la conservo como un recuerdo de cuánto me costó aprender a caminar.

Puedes leer la columna de y más notas interesantes todos tus domingos con