Redacción EC

Por Rochi León

Los editores de los diccionarios Oxford la eligieron como la palabra del año 2013. Entre los angloparlantes su uso se disparó en un 17.000%. Apenas un año después, fue la palabra del año también en castellano según la Fundación del Español Urgente. Selfie. Pero ¿por qué se ha vuelto tan famosa esta palabra que fácilmente podría utilizar como nombre para alguno de mis gatos?

El autorretrato ha perdido su significado esencial, reduciéndose a una pequeña palabra derivada del inglés, ‘SELFIE’, para lo cual solo hace falta un celular y alguien con un brazo lo suficientemente largo como para que entren todas las personas en el encuadre.

Es una palabra que se me hacía tan común en el día a día, que no me detuve realmente a pensar en su significado hasta el último viaje que hice a Europa.

Durante mis vacaciones decidí viajar para ver a mi hermana que vive en Barcelona, así como visitar y conocer a la familia de mi novio, en el sur de España.

Empezaba el viaje y me encontraba en el aeropuerto ya casi por tomar el avión, cuando mi mamá además de los consejos y el «cuídate, hijita», que me acompañan en cada partida, me dijo lo que siempre me dice cuando hago algo que a ella le gustaría compartir: «¡tómate fotos y cuélgalas!».

Y es que cada vez que tomo una foto y me incluyo en ella, además de ser un acto un poco hedónico –lo reconozco– siento la necesidad de que mis papás vean que estoy bien o conozcan a través de mis fotos los lugares que estoy visitando. Una suerte de mensaje a la distancia: «¡Mamá, aquí estoy!», como genialmente tituló una amiga su álbum de fotos de Facebook durante su expedición a la selva.

Pero como decía, empezaba el viaje, me reencontraba con mi hermana, conocía la ciudad de mi novio y algunos selfies acompañaban la travesía. Estaba tan feliz que cada imagen era una manera de compartir esa sensación con los que dejaba en Lima. Pasaron los días, dejé a mi chico y a su familia, y junto con mi hermana, una prima y una amiga seguimos viajando a lo largo de Lisboa, París, Berlín y Praga. Cada llegada al lugar era magnífica, los paisajes tan hermosos que me costaba dejar de mirarlos para hacer una foto. Los miraba y admiraba; entraba a iglesias tan altas, bellas y llenas de historias que me era imposible tratar de representarlas. Además, como fotógrafa sabía que en ciertas situaciones no contaba con las herramientas necesarias para hacerlo –un trípode para las noches o para lugares con poca luz, o un lente lo suficientemente angular para los espacios reducidos- pero además sentía que aunque tuviera estas herramientas prefería primero observar y guardar esa imagen en mi memoria.

En una de ellas mi hermana me pregunta extrañada: «¿Y no vas a tomar fotos?», y la verdad era que no podía retratar tal belleza; por el contrario, sentía que al hacerlo se la restaría.

Como dijo el fotógrafo Martin Parr: «Cuando voy de vacaciones a un lugar tan hermoso no llevo mi cámara, lo que quiero es verlo y difrutarlo». Pero mientras más observaba, más me daba cuenta de que la gente al llegar y ver las plazas, los monumentos tradicionales de cada lugar, la arquitectura de tantísimos años atrás, antes de detenerse a contemplarlos, se preparaba con el celular a buscar el encuadre perfecto, ese que los incluya a ellos y al espacio como una necesidad urgente de decir: «aquí estoy». Como un grafitero que pasa por una pared y la firma: «Fulanito estuvo aquí».

Ante un lindo paisaje o una imponente catedral, alguna de mis compañeras de viaje repetía la frase que se instauró como un mantra durante todo el recorrido: «chicas, un selfie», y al tratar de ponernos las cuatro dentro del encuadre, terminábamos tapando toda esa linda vista, dejando ver solo nuestros cuatro rostros y un cielo que bien podría ser de cualquier otro lugar.

Ante los primeros llamados del selfie acudía feliz, pero luego del décimo, empecé a escaparme de ellos. Tan evidente fue, que al final ya ni siquiera me avisaban para estar dentro de la foto. Y es que acaso: ¿se vuelve más importante poseer la representación de la visita, que realmente disfrutar cada lugar y tratar de observarlo como para guardarlo en la memoria? ¿Es que quien viaja y no se hace fotos durante el viaje entonces no estuvo ahí?

Estamos tan ligados a la tecnología y a la oportunidad que nos ofrece de retratarnos cada instante y hacer obvio dónde se está, con quién se está, o que uno la está pasando bien, que se abusa a menudo de ello. Y, en vez de pasarla bien, como muestran las imágenes, se puede frustrar el momento porque no se tiene buena luz, porque al celular se le acabó la batería, o porque no hay wifi para subir esa gran ‘obra maestra’ que luego de un filtro vintage quieres mostrar al mundo ‘feisbuquero’ para ver cuántos likes recibes.

No digo que esté del todo mal, no digo que haya que dejar de hacerlo, pero como una buena amiga me dijo antes del viaje: «Observa, mira el cielo y el suelo, para que cuando vuelvas cierres los ojos y te encuentres de nuevo en ese lugar».

Vivir dentro (o a través) de un celular es una experiencia limitada, aprisionante. Un mejor ejercicio sería llegar, observar y realmente disfrutar el momento, luego si se quiere tomarse la foto.

Finalmente, fuera de querer mostrarse y demostrar que se la pasa bien, hay una necesidad real de compartir ciertos momentos con aquellos que no te pueden acompañar y que disfrutan viéndote bien y feliz. Por eso, mamá, no te preocupes, me seguiré tomando fotos.

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