Verónica Linares: "Sobre divorciarse y negarse a anunciarlo"
Verónica Linares: "Sobre divorciarse y negarse a anunciarlo"
Redacción EC

Cuando me separé, solo unos amigos muy cercanos lo supieron. Pasaron meses hasta que un colega periodista de espectáculos se enteró y me llamó. Entonces, tuve que contarlo: mi matrimonio había acabado. Esos mismos días comencé a recibir una serie de llamadas de periódicos y revistas interesados en escribir notas sobre mi divorcio. Yo agradecía la preocupación y me negaba.

Me preguntaba a quién podía interesarle saber qué pasó en mi relación, quién de los dos decidió terminar, hace cuánto tiempo estoy sola o si estaba «dejando abiertas las puertas de mi corazón». Además me resultaba difícil imaginar qué cara y actitud debe poner uno en una sesión de fotos donde anuncias tu divorcio.

«A ver, voltea la cara, el mentón abajo, sonríe». ¿Se imaginan? Hubiera dado la impresión de que estaba feliz y no era cierto. Si salía con escotes o apretadita, iba a parecer que estaba buscando un reemplazo urgente y en ese momento lo último que tenía en la cabeza era mi vida amorosa. Entonces, ¿debía salir triste? Tampoco quería dar pena o quedar como víctima, porque no es mi estilo. Así que preferí guardar silencio.

Entonces recibí una propuesta. Estaba un coctel de presentación de la revista de una amiga cuando un editor se me acercó. Me dijo que estaban interesados en hacerme unas fotos: algo sensual, con juego de luces, muy cuidado, me explicaba. Al escuchar dónde trabajaba entendí cómo era la cosa. Tenía que salir semicalata. Me sorprendió. La flamante publicación había fotografiado a una guapa actriz para su primer número en el país y querían que yo fuera la segunda portada. ¡¿Yo?! No puedo negar que me sentí muy halagada. De hecho, ayudaron en mi recuperación emocional, pero no pude aceptar. Las fotos posadas con ropa de por sí me resultan incómodas y me estresan.

Imagínense: Yo, echada en una cama tapándome con gasas, el fotógrafo estirando la tela para un lado. Y yo volteándome al otro, poniendo la mano por ahí, mirando al lente con ojos provocadores, ¡me muero! Sin duda, hacen falta profesionales para posar así. La propuesta fue suficiente para curar mi autoestima, pero nada más.

Mi intención no era cambiar de imagen. Solo era una divorciada más que debía seguir adelante y hacer una nueva vida. El mundo que había construido junto a otra persona se había venido abajo y tenía que organizarlo todo de nuevo. Es verdad que es una época complicada, pero uno no debe perder el horizonte y empecé a adaptarme a los desafíos de mi nuevo estatus: así me enteré de la fama que tenemos las mujeres divorciadas. Como estamos vulnerables, supuestamente, estamos dispuestas a hacer ‘cualquier cosa’. Y esto no solo lo asumen los hombres sino también las mujeres, sobre todo las casadas. Me pasó, más de una vez, que las mujeres a mi alrededor se ponían territoriales con sus maridos cuando yo estaba cerca. ‘Por si acaso’, decían. Tal vez una sesión de fotos atrevidas habría bastado para que ellas se ocuparan más de sus esposos y yo volviera a mi vida. En paz.

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