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Estoy en busca de un nuevo departamento, así que cada fin de semana entro y salgo de un edificio nuevo u ocupado. Están los de sala grande, pero una cocina pequeña; con comedor chico, pero con una terraza hermosa; con un cuarto principal de lujo, pero los otros dos enanos. Y cuando creo haber encontrado el lugar ideal cuesta un ojo de la cara. Como la billetera no alcanza hemos decidido priorizar.
En mi caso, creo que no tiene mucho sentido tener una cocina bella y acogedora, porque la señora que nos ayuda con los quehaceres de la casa solo cocina para ella y Fabio, el resto come fuera. Lo que sí consideramos importante es que el nuevo depa tenga cuartos grandes, por lo menos más espaciosos de los que tenemos ahora.
La cama de Rayo Mc Queen de plaza y media de mi hijo entra con las justas y sin velador. Incluso, para abrir los cajones hay que cerrar la puerta del cuarto y más de una vez hemos tenido pequeños accidentes. En mi cuarto sí entra una cama de dos plazas con holgura, pero ha llegado la hora de darnos el gusto de dormir con los brazos y piernas estiradas en una King. Otra de las decisiones tomadas es que el nuevo hogar tenga sí o sí un walking clóset.
Hoy tenemos uno tradicional empotrado a la pared de tres metros de largo que usamos con mi marido y entra todo. En cinco años de convivencia no hemos necesitado más. Sin embargo, últimamente mi pareja se aparece con bolsas de ropa y zapatos nuevos (en cajas que no desecha, pues asegura que de lo contrario su calzado se malograría), así que el clóset está quedando chico.
Las corredoras se matan mostrándome lo amplio del walking clóset: los cajones adicionales, los espacios extras acondicionados para que entren perfectas mis faldas, divisiones para lo de invierno y verano, estantes para mis joyas, sin saber que el interesado es él y no yo.
Se supone que las mujeres somos traperas, compradoras compulsivas y maniáticas del orden, pero no es así y confieso que, a pesar de lo deslenguada que me ufano ser, estas últimas semanas me ha dado vergüenza repetir tantas veces que esta mujer no es así. Y he optado por el silencio.
A las últimas corredoras les he seguido el juego y no les he contado que me da flojera recorrer por horas el centro comercial en busca de un pantalón, que no me divierte sacarme y ponerme la ropa 20 veces, que creo que es una pérdida de tiempo mirar tiendas.
Que compito en desorden con mi esposo, que me obligo a tender la cama los fines de semana para que el domingo en la noche no haya fardos de tela, pues me encanta mirar la tele en la cama sin tender, y que a veces me olvido de bajar la cadena del wáter y que eso es aprovechado por mi marido para que yo no me atreva a reprochárselo.
He sido la primera en aclarar que las mujeres no somos vacas que actuamos en manada: todas no salimos a pastear a la misma vez, no rumeamos mientras el sol nos calienta y no regresamos al establo cuando se oculta el sol. Que somos seres humanos independientes y diferentes, pero la cara de sorpresa de las corredoras me ha hecho retroceder, un poquito.
Hace unas semanas un periodista me preguntó qué cosas hacía de una típica ama de casa, no sabía qué decirle y me salió una respuesta sincerota: criar a mi hijo por dos horas y dormir con mi marido. Sentí que mientras mi diablito se carcajeaba, mi angelito decía: ¡Shame on you, Verónica!
De repente llegó el momento de cambiar. Dejar atrás mi diminuto clóset y llenar mi nuevo súper-walking clóset con la ropa ordenada por colores. Imagino que alguna excitación particular debe tener, voy a probar.

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