César Calvo: claves secretas de un poeta ausente hace 20 años

Ayer se cumplieron dos décadas del fallecimiento de uno de los poetas peruanos más singulares de la segunda mitad del siglo XX. Su nombre es César Calvo Soriano (1940-2000) y fue un eterno “poeta joven”.

EN EL 2000
EN LA IMAGEN : EL FALLECIDO POETA PERUANO CESAR CALVO.
FOTO:  GEC ARCHIVO HISTÓRICO.
EN EL 2000 EN LA IMAGEN : EL FALLECIDO POETA PERUANO CESAR CALVO. FOTO: GEC ARCHIVO HISTÓRICO. / EL COMERCIO
Carlos Batalla

Esta voz poética clave en el desarrollo de la poesía peruana contemporánea desapareció hace dos décadas, un 18 de agosto del 2000. César Calvo, nacido en Iquitos, Loreto, el 26 de julio de 1940, bebió de la gran tradición clásica y de las fuentes populares, a las que sumó su compleja y creativa personalidad literaria. Tradición y modernidad son los elementos que dieron fortaleza a su trabajo poético.

Calvo era visto como un poeta que abordaba desde el dolor y la muerte, desde una esfera humanista, la naturaleza y sus elementos. Pero, ¿qué había detrás de su figura atildada, galante y seductora, tan prematuramente creadora que pudo ganar, junto con Javier Heraud, su amigo, el premio “El Poeta Joven del Perú” en 1960?

POETA EMBLEMÁTICO DE UNA GENERACIÓN

Fue un artista de la primera promoción de la “Generación del 60”, pero sus relaciones poéticas lo vinculaban con la generación anterior, la del 50. Deslumbrado por la fuerza terráquea del poeta Alejandro Romualdo, escribió los primeros versos de lo que sería Poemas bajo tierra (1961).

Un artista de la palabra precoz como César Calvo tenía que ganar el premio "El Poeta Joven del Perú". Así lo hizo en 1960, junto con su amigo Javier Heraud. (Foto: GEC Archivo Histórico)
Un artista de la palabra precoz como César Calvo tenía que ganar el premio "El Poeta Joven del Perú". Así lo hizo en 1960, junto con su amigo Javier Heraud. (Foto: GEC Archivo Histórico)

Los poemas de ese libro revelaban a un creador de sólida formación clásica, con vuelo lírico particular. Su poesía entonces era como una joya en bruto, con destellos que animaron a los poetas mayores. Ellos lo miraban como su igual. “Aquel bello pariente de los pájaros / que escondía su sombra de la lluvia / mientras tú dirigías / sobre ardientes cuadernos, el vuelo de su mano (…)”. Imagen, ritmo, armonía y contención. Una poesía azorada por una conciencia lacerante de la realidad: “Poesía, no quiero este camino / que me lleva a pisar sangre en el prado”.

Con aquel libro obtuvo el premio “El Poeta Joven del Perú”, que compartió con El viaje de su amigo Javier Heraud. Desde ese momento su figura quedó marcada para siempre como la de un poeta. Era su lucha particular con el tiempo y la palabra. Con Ausencias y retardos (1963) nos dejó un gran poema: ‘Nocturno de Vermont’: “Me han contado que también allá las noches / tienen ojos azules / y lavan sus cabellos en ginebra / ¿es cierto que allá en Vermont, cuando sueñas, / el silencio es un viento de jazz sobre la hierba?(…)”.

Calvo maduraría con un lenguaje íntimo, de búsqueda de la palabra precisa, abierta a una poética del tiempo. Poemas suyos de fines de los años 60 e inicios de los años 70, marcarían sus poemas posteriores.

A fines de los años 60, Calvo deslumbraba por su inteligencia lúcida y su sensibilidad poética. Aquí junto al cantautor cubano Pablo Milanés. (Foto: GEC Archivo Histórico)
A fines de los años 60, Calvo deslumbraba por su inteligencia lúcida y su sensibilidad poética. Aquí junto al cantautor cubano Pablo Milanés. (Foto: GEC Archivo Histórico)

CALVO MADURÓ Y SE HIZO MEJOR POETA

El cetro de los jóvenes (1967) es un poemario o, mejor, un libro-testimonio de su infructuosa intención de perderse en la noche oscura de la revolución. Ese año del 67 se publicó un experimento que había hecho con Javier Heraud: Ensayo a dos voces, en el que Calvo solo escribió un poema al lado del malogrado amigo.

Años después publicó Pedestal para nadie (1975), sólido libro de poemas, maduro, complejo, en un discurso de la identidad a una edad mediana. Con prólogo de Alberto Escobar y una conferencia que el propio Calvo dio en 1974 en el Instituto Nacional de Cultura (INC) de Lima. Allí consolidó una voz propia. Con precisa métrica y ritmo, desgarrada con estoicismo, donde buscaba sus propios ecos existenciales de la infancia, la naturaleza virgen, un regreso a un “vientre simbólico”.

Calvo fue un maestro sensible de la palabra. Así lo demostró en una especie de poema-río ‘Para Elsa, poco antes de partir’, fechada en 1971. “Porque vivo hace siglos en el aire / como un trapecio vacío / yendo y viniendo / de lo que he sido a lo que no seré”. La combinación extraña de incertidumbre y lucidez.

El verso “Porque con culpa escribo…”, es clave, es su confesión sin confeso: “Porque escribo estas líneas no solamente con mi vida / sino con el jadeo de todos los fantasmas que me amaron / de todos los fantasmas que murieron y renacieron / con el rostro vuelto a una feroz desolación / culpándome”.

En los años 80, se reúnen tres grandes poetas que aparecieron en distintos momentos de la década del 60: Rodolfo Hinostroza, Antonio Cisneros y César Calvo. Aquí festejando la vida y la amistad. (Foto: Archivo El Comercio)
En los años 80, se reúnen tres grandes poetas que aparecieron en distintos momentos de la década del 60: Rodolfo Hinostroza, Antonio Cisneros y César Calvo. Aquí festejando la vida y la amistad. (Foto: Archivo El Comercio)

Calvo y sus culpas o el dolor de sus culpas removiendo sus entrañas, sus demonios que lo invadían, lo acosaban, pero no llegaron a anularlo. “El poema no es el reflejo de la vida. El poema es la vida”, declaró en esos días. Poco después añadió: “Siento que cada libro, cada poema, cada verso, obedece a sus propias, intransferibles leyes”.

UN POETA LIBRE EN SU PROPIO ENCIERRO

Supo desde una edad temprana qué dominios eran los suyos, aunque siempre los problematizó. Pero su firmeza en ese campo lo hacía divagar, parecer errante, impredecible para el mundo exterior. Ese mundo real que enfrentó con un gran vitalismo, hedonismo y creatividad.

Colaboró en trabajos musicales con Carlos Hayre, grabó su voz para un disco LP con la poesía de Vallejo, y estuvo cerca de la promoción cultural del grupo afroperuano Perú Negro. Sin embargo, la poesía lo remolcaba a sus dominios. De esa etapa vinieron poemas que se compilaron luego en el libro Como tatuajes en la piel de un río (1985). Y no. Calvo seguía siendo esa voz de gran virtuosismo verbal, una calidad y rigor que gobernaban el verso libre. Por momentos ya parecía que hablaba el idioma y no el poeta desde el idioma.

Libros inolvidables serían Los lobos grises aúllan en inglés (1985), Los lobos aúllan contra Bulgaria (1990), así como los tres tomos de Edipo entre los incas (2001), publicado póstumamente por el Congreso de la República.

El poeta Calvo y su regreso al seno materno, a la familia, el último espacio de felicidad que le quedaba. Nunca olvidó sus raíces afectivas. (Foto: Archivo El Comercio)
El poeta Calvo y su regreso al seno materno, a la familia, el último espacio de felicidad que le quedaba. Nunca olvidó sus raíces afectivas. (Foto: Archivo El Comercio)

EL VOTO DE CALVO POR LA AMAZONÍA

Pero la década de 1980 había empezado para Calvo de manera radical. Dejó el mantel largo de la Academia, experimentó con una exquisita prosa poética y buscó inspiración o motivos en la tradición amazónica.

De esta manera, tomó forma y apareció el volumen Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía (1981), cuya voz protagónica era un curandero amazónico. Este era un personaje real, Manuel Córdova Ríos, quien era un reconocido maestro chamán de la región.

Eran sus raíces, y allí César Calvo volvió una y otra vez a lo largo de los años en búsqueda de la fuente nutricia de su alma de creador. Su compromiso y deseo rebasarían lo poético, como otras veces, y el domador de la palabra ocuparía los cargos de director del INC Iquitos (1975) y director de la Fundación Pro Selva.

Han transcurrido 20 años desde su muerte, y su obra completa parece que aún sigue creciendo.

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