Jaime Bedoya

Una de las moralejas del éxito sostiene que este es hijo del esfuerzo antes que de la inspiración. Esto alimenta la ideología del optimismo, aquella que se apuntala en grito de guerra que suele oírse cuando el partido viene cuesta arriba. El clásico sí se puede.

Hasta ahí, todo bien. Los problemas surgen cuando aparece el genio vago, aquel que logra el prodigio desde la placidez del mínimo esfuerzo. Es como si replicara: Sí, se puede, pero qué flojera.

Sobre las canchas de fútbol abundan representantes de esta filosofía. Pero entre todos destaca uno que podría ser coronado príncipe de la genialidad holgazana, el monarca de la pereza brillante.

Una vez a Maradona le dijeron que era el más grande del mundo. Este respondió “hay uno mejor que yo, es salvadoreño y juega en Cádiz”. Se refería a El genio más ocioso del mundo.

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Mágico González. De El Salvador para el mundo.
Mágico González. De El Salvador para el mundo.

González tuvo el don desde niño, en cancha de tierra y ante arcos de bambú. Rápidamente llegó al fútbol profesional salvadoreño donde un periodista deportivo lo bautizo como “el Mago”. Cancha que pisaba, cancha que llenaba de fútbol. Su vitrina fue el Mundial de España 82.

El Salvador se enfrentaba al rudo equipo de Hungría. Lo hacía engalanada por el talento del Mago: regates, tacos, huachas, y driblings imposibles rompían las cinturas de los europeos. Fue el Mago quien dio el pase gol para la solitaria anotación salvadoreña: el partido acabó 10 a 1 a favor de los húngaros , pero el planeta presenciaba el nacimiento de una estrella. Europa quería a ese fenómeno centroamericano que hacía del balón un objeto dotado de hechicería.

Lo pidió el Paris Saint Germain, pero no se presentó porque París “quedaba demasiado lejos”. Entonces se interesó el Cádiz, equipo español de media tabla que representaba una bella y salerosa ciudad andaluza. La visitó y le encantó. Especialmente de noche. Tenía 24 años.

Melenudo, desgarbado y desaliñado, González jugaba de local en las discotecas y bares gaditanos. Llegaba tarde a los entrenamientos y se quedaba dormido en los entretiempos, pero en la cancha hacía milagros. La prensa española abrió el debate: mago es el que hace trucos, pero el fútbol de González era la manifestación de lo imposible. No era Mago, era Mágico González. Y Cádiz se llenó de magia: 15 goles en 33 partidos. Él, por si acaso, aclaraba: “solo juego para divertirme”.

En la calles era venerado. Si veía a alguien sin zapatos se quitaba los suyo y los regalaba. Se hizo amigo de un enano que solía visitarlo en los entrenamientos. Mágico le hacía túneles. Hacerle un túnel a un enano es uno de los imposibles del cánon futbolístico.

Mágico personalizó una frase que resumía su voracidad por trasnochar: “al ratón le gusta el queso”. Él atribuía el dormir de día y vivir de noche a la diferencia horaria entre El Salvador y España. No me acostumbro, decía.

Tuvo una oportunidad de jugar por el Barcelona, junto a Maradona y con Menotti de entrenador. Salieron de gira por EE.UU. y una noche, estando en un hotel de California, sonó la alarma de incendio y todo el equipo evacuó el lugar. Todos menos Mágico. Lo encontraron, en pleno incendio, encamado con una fanática gringa. “No podía dejar esto a medias”, explicó a un Menotti que decidió mejor no embarcarse con otro díscolo.

En Cádiz Mágico González es mitología. En el Salvador es un semidiós. Ya mayor, Tiene varios hijos entre ambos océanos. Se retiró joven y regresó a su patria ante el reclamo general de por qué él —un futbolista en estado de gracia— no quiso nunca triunfar.

Él encoge los hombros con una sonrisa. Pasa su tiempo viendo transcurrir la vida echado en una hamaca. Ya se cansó de explicar que no fue falta de ambición. Es felicidad de bajo mantenimiento.

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