El 'Chicho' Salas guía a Alianza Lima hacia el título.

Foto: Jesœs Saucedo / @photo.gec
El 'Chicho' Salas guía a Alianza Lima hacia el título. Foto: Jesœs Saucedo / @photo.gec
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Pedro Ortiz Bisso

Parece mucho tiempo pero apenas han pasado dos meses o, para ser más precisos, 63 días. Fue el domingo en que Matute era una lagrima redonda e indignada, el saludito de Succar se hizo viral y el abdomen de Jefferson fue trending topic. Treinta mil personas rabiaban, maldecían, miraban al cielo sin comprender, mientras Carvallo sacaba todo de su área, Rugel se elevaba más que cualquiera y Guivin, con el overol encima, le recordaba al país que, cuando quiere, la ‘U’ puede ser más grande que sus problemas.

Más que el ímpetu de los cremas, Alianza se creyó ganador sin pisar Matute y pagó cara su soberbia con un 0-2 que a sus hinchas aún les duele. Lo que vino luego fue lo más parecido al caos: cundió la duda y apareció el desespero. Carlos Bustos, el hacedor del insospechado cetro del 2021, fue calificado con un monigote sujeto a los humores del Fondo y la angurria narcisista de Farfán. “Si antes no lo sacamos fue porque no encontramos un sustituto”, recordaba un dirigente íntimo ardido por el 1-8 infligido por River meses atrás. El terror a quedarse sin nada, a nueve fechas del final del Clausura, aceleró el destino del argentino y la respuesta fue hallada en casa. Se llamaba Guillermo Salas.

Por qué el “Succar Challenge” se hizo tendencia tras victoria de Universitario
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Chicho era un lateral chiquito y corajudo, que disfrazaba sus carencias con una voluntad de hierro. Cuando se retiró trasladó sus ímpetus a la formación de menores en La Victoria, la tierra de su corazón. Verlo rabiar en la tribuna, la tarde en que Alianza se despidió de Primera, fue el presagio de su futuro y de lo que traería con él. Desde que se sentó en el banco, Salas fue el cable a tierra de un plantel que jugaba con la atosigante arrogancia del nuevo rico. Resucitó a Míguez y le encargó a Barcos hacer de su experiencia puro protagonismo. La derrota ante Vallejo fue un bache menor de un rush incomparable: de nueve partidos, ganó ocho. Marcó 22 goles y apenas le hicieron cinco. Se llevó el Clausura sin objeciones. Su arribo fue una apuesta riesgosa, aunque necesaria. Los íntimos hicieron el cambio in extremis y consiguieron el objetivo. Pero sin la derrota en el Clásico, sin esa sacudida, eso nunca hubiese ocurrido.

Por donde va, Roberto Mosquera repite que su Cristal ha marcado 200 goles en tres años, que su propuesta es avezada, vistosa. Nada de ello, sin embargo, acalla a un grueso sector de hinchas celestes que no ocultan su repudio. No le perdonan que se le haya escurrido el Clausura, ni le perdonarán que el Dominó consolidó el batacazo con un global de 4-0. En todo el año no hubo equipo que hiciera más puntos (79) ni más goles (74) ¡Apenas perdió 4 partidos! Pero el fútbol no premia merecimientos y hoy su destino está en manos del resurrecto Melgar, que el miércoles pasado pareció recuperar la memoria.

Sesenta y tres días después, Bustos anda desaparecido, el saludito de Succar es un meme viejo y Ferrari habla de billeteras ajenas para justificar sus errores.

Mientras tanto, Alianza espera. Cómodo, descansado, sonriente. Eso sí, si el 12 de noviembre vuelve a dar la vuelta, tendrá que agradecerle a la ‘U’. La derrota en el clásico fue su bendición.