Jerónimo Pimentel

No hay peor error para el aficionado que buscar una suerte de esencialismo en el fútbol y tratar de entender lo que pasa dentro y fuera de la cancha a partir de lo que ocurre exclusivamente en el césped. No es así como funciona el deporte. Como hecho cultural, el fútbol posee un diferencial que lo hace único (su lenguaje, la belleza de un pie que se abre para compartir un balón), pero también una raíz compartida con las formas de organización social de las que depende: club, federación, país. Lo ideal, en estas páginas, es centrarnos en lo primero. Pero lo segundo existe y mal haríamos en perderlo de vista. Esa es la razón por la que Alianza Lima viste de morado en octubre, por la que los clubes israelíes juegan la Champions League europea y, también, explica por qué se celebrará, en un mes, un mundial en un lugar tan polémico como Qatar.

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Esta introducción no tiene otro propósito que enmarcar los casos de Andy Polo, Martín Távara y Roberto Siucho. El primero tiene una sentencia judicial por violencia doméstica en Estados Unidos y juega en la “U” a pesar de la resistencia de una parte de la hinchada crema; la postura institucional en Ate en su caso es que se trata de un tema personal del jugador. El segundo, Távara, ha sido acusado por su pareja de violencia física y psicológica y eso bastó para que sea separado de Sporting Cristal. Siucho, quien no posee club a la fecha, es sindicado como financista de una organización de minería ilegal que exporta oro a Dubái, nada menos.

Velar por la ejemplaridad del futbolista no es un tema ideológico, ni una concesión a la cultura de la cancelación, ni una renuncia al legítimo derecho a la defensa. En cambio, es entender que la notoriedad pública implica un grado máximo de deber ciudadano. Ni el fútbol ni ningún deporte puede ser entendido como el continente sobre el que una sociedad injusta arroja sus desperdicios como si el juego, lo más hermoso del mundo, fuera un estado de suspensión moral que posibilita que delincuentes y agresores campeen en búsqueda del aplauso familiar. Las veleidades y privilegios de sueldo, fama e idolatría poseen una contraparte en términos de conducta y corrección. Conmociona, además, que la mayoría de estas faltas sean formas de violencia contra la mujer, pues ponen foco en un machismo normalizado que el sistema futbolístico históricamente tolera. En un país que cuenta con 32 denuncias por violación diarias y 15 mujeres desaparecidas cada 24 horas esta permisividad es un escándalo.

Si el fútbol no es formativo, si no es una herramienta de progreso social, sino es una barrera de contención contra las zonas más oscuras de la humanidad, si no es un conjunto de reglas que permiten crear espontanea y organizadamente belleza, entonces no es nada. O, peor, es solo lo que ven los cínicos y los escépticos: un grupo de millonarios en paños menores corriendo detrás de una pelota en un campo verde que nadie más puede pisar.

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