Miguel Villegas

Llora.

El padre de familia que no pudo conseguir entrada para ir al Monumental con sus hij@s y empaña su TV cuando la besa, intentando traspasarla. Los cuatro muchachos viajeros que fueron a Trujillo después de aquel 2-1 atroz en el Monumental de verano, rabiosos, y se juraron no dejar de ir a ninguna cancha, así haya que comer tierra otra década. Rodrigo Ureña, el chileno, tan hecho a la medida del club, tan correcto en sus declaraciones, tan agradecido con un país que es usualmente agresivo cuando solo ve su pasaporte y no su corazón. Jorge Fossati, hace unos días, antes de pisar Matute, en una conversación con Jean Ferrari sobre lo que podría ser la final de visitantes. Piero Quispe, sobre el que quizá depositamos demasiadas esperanzas y tantas frustraciones, cuando él solo quiere pisar la pelota y jugar al fútbol. Llora mi padre, a solas, cuando mi hermana le envía una foto preciosa, que seguro es la foto de millones de hinchas en todo el país: Micaela, mi sobrina de dos años, durmiendo feliz con su camiseta de la ‘U’.

Diez años después, y con todo en contra, acaba de conseguir el título número 27 de su gloriosa historia. Los campeones no se discuten, se explican. Los héroes no se critican, se los vuelve póster. Breve radiografía de la ‘U’ de Fossati, de Ureña, de Quispe, de Ferrari, de Carvallo, de Corzo, que hoy flota en la cima del cielo.

Jorge Fossati, el líder

Quizá fue el día en que un querido trabajador del club le dijo: “Aquí están las cenizas de Roberto Scarone, el técnico que nos llevó a la final de la Libertadores”. Quizá fue la mañana en que Jean Ferrari lo llamó por teléfono y le confesó: “Todas las personas con las que he hablado, me han pedido que lo convenza de venir a la U”. Quizá fue la noche en que salió campeón del Clausura, y en un Monumental que reventaba, su esposa le mandó un beso desde occidente y le gritaba: “Vamos a salir campeones, tú confía en Dios”. O quizá fue todo eso y fue el miércoles por la noche en Matute. Guíame, oh Señor del Uruguay. Ya dos veces le había tocado la puerta la U. La primera, cuando en 1993 la dirigencia crema de entonces buscó a Sergio Markarián y Fossati, que era su asistente de campo, prefirió quedarse en el River uruguayo para debutar como entrenador. La segunda, hace poco más de un año, cuando ya Universitario había decidido recuperar su viejo feeling uruguayo -tantos apellidos, Scarone, Rubén Techera, Tomás Silva- y, sin Gregorio Pérez por salud, preguntaron si era posible un viaje a Perú para iniciar un proyecto. No pudo entonces. Este año, liberado ya de su encargo en Danubio, preguntó tres cosas apenas la administración Ferrari -vía Manuel Barreto- lo contactó. 1) ¿Cómo están los 9, Herrera y Valera? 2) ¿Por qué no juega Piero Quispe? 3) ¿Podríamos reconciliarnos con la hinchada y jugar a estadio lleno todas las fechas? Necesitaba a su 9, a su 10 y a sus 40 mil. Desde entonces, ha ganado 15 de sus 17 partidos jugados en el Estadio Monumental. No perdió nunca en su casa por Liga 1 2023. Y en las finales contra Alianza el marcador global -3-1- no refleja ni la mitad del dominio de su equipo ante un rival empequeñecido. Le dio -en solo tres días en Lima- su sello: la capitanía a Corzo, a quien volvió stopper en línea de 5 y sacó a Polo del extremo, donde era un wing inofensivo, para convertirlo en futbolista de selección. Esa personalidad fue bien recibida por su plantel, con quienes habla “horas de horas” (Valera dixit), tratando de explicar por qué hace lo que hace. O con quienes comparte su fe por la Virgen María sin pirotecnia ni alharaca, más bien a solas, en los breves espacios que le roba a los trabajos (Corzo dixit). Y que se traslada hacia afuera, hacia la ansiosa hinchada de Universitario que anoche, después de diez años, pudo descansar por fin en paz: si Fossati dice que estamos bien, entonces estamos bien. Es así como le devuelve a la ‘U’ un señorío que parecía perdido, sepia, hasta imposible de creer por los niños de hoy. Con seriedad, jerarquía y respeto por la historia.

Para ellos, sobre todo, esta también es la U. O digo bien, esta es la U de Jorge Fossati, un hombre con un CV de 20 toneladas que apenas en nueve meses ha obrado el milagro imposible para 30 técnicos que el club, su coyuntura, sus enemigos, trituraron en los últimos diez años. Lo está sanando. Está curando las heridas de la única forma posible en que cura el fútbol: ganando sus partidos. Ganando este campeonato.

Imagínese, señor Fossati, lo que ocurrirá este domingo, cuando los profundos tajos en el cuerpo de la U hayan desaparecido para siempre. Ese día usted será cargado en hombros.

El factor Quispe

Un futbolista para los próximos diez años. Una posible venta millonaria. O quien sabe, el 10 de la selección. La verdadera graduación de un jugador de fútbol joven no es la foto con su nuevo auto o sus vacaciones de shopping comprando Balenciaga. Es, si se me permite, jugar este tipo de partidos y ganarlos. Pelear una final ante ese rival pesado que es Alianza, de visitante y allí, cuando otros se esconden o les quema la pelota, ser la figura. Y nunca una palabra demás, un exceso, un vuelto, justo a él, Piero Quispe, a quien molieron a patadas los defensas aliancistas. También podría resumirse con números su 2023 -42 partidos en la temporada, 6 goles- pero hoy prefiero la euforia. La ilusión. Tito Chumpitaz siempre me insiste: “Además de ser un jugadorazo, al que conozco de chico en la Escuela, es un gran muchacho”. Pocos se dieron cuenta pero anoche, tras los festejos en el Pullman de San Isidro, recibió un mensaje de WhatsApp y desapareció: era su padre, que le decía que allá en el Hacienda Naranjal, su barrio de toda la vida, lo esperaban 500 vecinos despiertos para darle un abrazo, para pedirle que se cuide, para agradecerle por poner en el mapa las calles polvorientas de Lima Norte. Y él se fue. “Siempre soñé con esta alegría, sobre todo en las malas”, dijo. Tomó un taxi y se fue a lo único posible esta noche de estrella 27: llorar como un niño.

Quispe contribuyó al título de la 'U' con 4 goles y 2 asistencias (Foto: GEC).
Quispe contribuyó al título de la 'U' con 4 goles y 2 asistencias (Foto: GEC).

Rodrigo Ureña y los refuerzos

La decisión se tomó a mediados del 2022. Y aunque hoy las cosas salieron bien, el riesgo era inmenso: Universitario había decidido no renovar los contratos de hasta 15 jugadores del primer equipo, algunos incluso subcampeones del 2020. O precisamente por eso. La idea se sostenía en dos argumentos: formar el plantel del Centenario y encontrar otros líderes, con experiencia en finales, con fuego intacto para pelear campeonatos. Los dos primeros nombres que surgieron para fichar fueron los del chileno Rodrigo Ureña y el volante de Cristal Horacio Calcaterra. Calcaterra pagó su contrato de tres años con el golazo en arco sur de Matute. Y el chileno fue un ejemplo notable dentro del vestuario. “No sabes lo que es Rodrigo. Se va a comer a todos”, me escribió Jean Ferrari al WhatsApp en diciembre, cuando todos googleábamos su nombre. Él también: una de las primeras cosas que hizo fue ver en YouTube videos del Puma Carranza, el hombre que elevó una carretilla a categoría de obra de arte.

Rodrigo Ureña fue clave en el mediocampo de Universitario. (Foto: GEC)
Rodrigo Ureña fue clave en el mediocampo de Universitario. (Foto: GEC)

“Hoy hablé con él -dijo el Puma, mientras pisaba Matute antes que nadie-. Pronto me van a olvidar, con lo que juega el chileno”. Ureña, los ojos llorosos, las piernas de cemento, la bandera chilena como capa de Superman, le devolvió el cariño: “Noooo. Yo tengo mucho respeto a los ídolos del club. Pero es increíble que él lo diga. Me recibieron con mucho amor, me respetaron de donde yo venía, mis costumbres. Estoy muy agradecido. Me quedo al Centenario y tres años más”. Y luego volvió a poner la cara de quien está masticando el protector, antes de salir al ring.

El regreso de su gente

Parece la prehistoria cuando un dirigente de la U me confesó, mordiendo las palabras, “que era imposible llenar el Monumental”. No lo culpo, porque era hasta cierto punto lógico: la distancia, la sequia de títulos -cinco años entonces- y la relación tormentosa que aquella administración tenía con la hinchada. Parece a prehistoria, decía. En el peor momento de la era contemporánea, cuando el miedo iba transformándose en pánico y los videos de títulos tenía fidelidad de vhs, la hinchada de la ‘U’ decidió jugar su propio partido. Miles de razones más activaron ese invasión en su cancha. La fe. La ansiedad. El hartazgo. La ultracompetencia. El hastío. La necesidad. La venganza. El amor. Como si fuera fácil y como si fuera poco, el club decidió trabajar y convertir ese estadio hostil en lo más parecido a una casa. Y entonces el departamento de marketing del club empezó a trabajar 24 horas. No diré sus nombres porque todo el mundo sabe quiénes son -les escriben a diario en Twitter- y, sobre todo, porque a algunos de ellos los quiero de otro tiempo, los abrazo en otra circunstancia, pertenecen a mi familia.

Hoy que los números extraoficiales son históricos -Noche Crema 47.200 hinchas, Apertura 339.500, Clausura: 313.000, Play Off 59.000, Sudamericana 247.900-, y se cierra el año con casi un millón de fanáticos que colmaron sus tribunas en cada fecha que el campeón jugó de local, es justo decir que los campeonatos se ganan desde todos lados. Cuando no se puede con once, aparecerán los 40 mil. Esos que hoy en la U llaman, los 40 mil de siempre.


Contenido Sugerido

Contenido GEC