Miguel Villegas

Mucho antes de ser sacerdote y tener esta barba de Chuck Norris, el padre Myckuol Córdova juntaba sus monedas para ir a la popular norte, donde cantaba la enorme barra de la ‘U’. Recuerda el Hno., sentado al lado de unos dioses que comen sanguchitos de queso y albahaca llamados Héctor Chumpitaz o Juan Carlos Oblitas, que la tarde del 28 de noviembre de 1993 algún amigo le completó para la entrada, corrió al Nacional para el partido con San Agustín y pudo ver a Universitario bicampeón. Tenía 10 años. “Ese día -dice- me hice recontra hincha”. Alguien le ha pedido una foto al lado de un banner que, más que arenga de la tribuna, parece un salmo de la Biblia: “Solos no podemos hacer nada, tenemos que hacerlo juntos”. Y antes que se vaya para cumplir la misión encomendada, bendecir el nuevo Centro de Alto Rendimiento de menores de la ‘U’, construido en ese tesoro que es Campo Mar, Myckuol Córdova Yáñez, sencillo en su andar y claro en sus recuerdos, me cuenta un secreto táctico/divino, como si se tratara del técnico Carlos Compagnucci:

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