“Con el corazón de Gladys”, por Liliana Michelena
“Con el corazón de Gladys”, por Liliana Michelena
Liliana Michelena

El origen de un sueño puede ser difícil de rastrear. El sueño de un deportista suele empezar el día que ve un Mundial o unos Juegos Olímpicos y siente el anhelo profundo de estar en la foto. Abrazar la meta con la sonrisa más grande. Dar brincos con la mirada desorbitada. Correr a la tribuna y compartirlo con su equipo. El futuro atleta quiere lo que el otro tiene. Siente que le pertenece. Y se entrega a esa carrera.

En los Andes peruanos, este tipo de atletas brota de la tierra. Además de la predisposición física, está la necesidad. Se corre por trochas y carreteras para ir al colegio. Se corre por las montañas para llevar a pastar a los corderitos. Y, cuando sobra la energía, se corre porque sí. Descubiertas las ganas y encontrado el talento, Gladys Tejeda empezó a entrenarse de forma autodidacta y a correr por electrodomésticos para su casa. Y supo lo que quería el día que vio desfilar a Perú con 12 atletas en Atenas 2004, la menor delegación olímpica en décadas

PARA QUÉ SE VIVE

El deportista de verdad no espera a ser descubierto; solo sigue adelante, cazando la oportunidad. Gladys compitió en el anonimato hasta el 2009, cuando la reclutó el satélite huancaíno del Programa Nacional Maratonistas del IPD. Sus entrenadores de entonces hablan de una muchacha débil, insegura y que extrañaba a su mamá. El sacrificio demandado es integral. Un año después, ganó confianza en la media maratón sudamericana, en el 2011 ganó el bronce en maratón en los Panamericanos y en el 2012 compitió en los Juegos Olímpicos. Estuvo en la foto y quería más.

La mañana de ayer, hacia el kilómetro 25 de la maratón, Gladys Tejeda se despegó del grupo y se volvió a encontrar como en sus trotes solitarios en Huancayo: sin compañía, sin indicaciones, solo corriendo hacia la oportunidad. Hacia el instante que observó cuando cerraba los ojos. ¿Qué hay al otro lado de la línea del dolor? Solo alegría. Cuando el atleta lo descubre, solo quiere repetirlo una y otra vez.

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