Gino Alva Olivera

Los nudillos son poderosos. Bien conectado, un puñetazo directo a la mandíbula es capaz de derribar a un gigante de 107 kilos y dejarlo tendido en el piso, inerte. Un golpe preciso también tiene la facultad de enmudecer un coliseo y lograr, como por arte de magia, que un público hostil regale algunos tímidos aplausos.

Stipe Miocic, de 33 años y 111 kilos, llegó a Curitiba concentrado en regresar a Ohio con el cinturón de peso pesado de la abrochado a la cintura. “Usted va a morir, usted va a morir”, rugían los fanáticos brasileños en los entrenamientos públicos previos al combate contra Fabricio Werdum como para darle la bienvenida.

Pero Miocic no se dejó intimidar. Parecía relajado, casi cómodo, con los abucheos y las pifias. “Voy a luchar contra una persona, no contra todo el estadio”, dijo a El Comercio . Cuando el trabajo de un hombre consiste en evitar que su oponente lo golpee hasta dejarlo inconsciente, la actitud de los fans es el menos grave de sus problemas.

Los números le sonreían a Werdum: había ganado sus últimos seis combates y, a sus 38 años, se encontraba en el mejor momento de su carrera profesional en las artes marciales mixtas (MMA). Los expertos no discutían acerca de quién sería el ganador de la pelea estelar del UFC 198, sino en cuál de los cinco asaltos caería Miocic.

—Fiesta de golpes—
Por primera vez, la UFC llegó a la ciudad de Curitiba, capital del estado de Paraná, con una de las mejores carteleras de los últimos años. Las 45.000 entradas puestas a la venta se agotaron con varios meses de anticipación. Para un país que sufre una grave crisis política, un deporte que se resuelve a puñetazos y patadas es una catarsis efectiva.

El resultado de las peleas previas fue previsible: ‘Shogun’ Rúa venció con lo justo a Corey Anderson por decisión, Cris Cyborg acabó con Leslie Smith en menos de minuto y medio, y ‘Jacaré’ Souza atropelló a Vítor Belfort en el primer asalto. El dominio brasileño era absoluto: nueve de 11 atletas locales ganaron, uno empató y otro perdió. Hasta ahí, ninguna sorpresa.

Días antes del combate, Fabricio Werdum anunció la muerte de María Conceicao, madre de su entrenador, Rafael Cordeiro. Y para ingresar al coliseo, escogió la música característica del piloto brasileño Ayrton Senna, fallecido en un accidente cuando corría el Gran Premio de San Marino en 1994. La tragedia rondaba el camerino del monarca de peso pesado.

—Final poco feliz—
 En el octágono, el brasileño hizo todo lo que no tenía que hacer: buscó el intercambio de golpes contra un curtido noqueador y se dedicó a perseguirlo, ansioso y con la guardia baja. Grave error. Y Miocic, un luchador que hasta esa noche había desmayado a 10 de sus 16 rivales, no iba a perdonar la mínima distracción.

El estadounidense de raíces croatas esperó paciente, inquebrantable. Cuando Werdum lo embistió decidido a acabarlo en el primer asalto, Miocic le calzó un golpe seco en la barbilla. El local trastabilló antes de derrumbarse sobre la lona. El puñetazo también dejó fuera de combate a los 45.000 fans presentes en la Arena de Baixada, templo del Atlético Paranaense. El silencio fue nítido, sepulcral. Fabricio Werdum perdió un cinturón. Brasil, un campeón.

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