A medida que nuestro aprendizaje va cambiando, tenemos la oportunidad de mejorar, destaca Cerrutti.
A medida que nuestro aprendizaje va cambiando, tenemos la oportunidad de mejorar, destaca Cerrutti.
Orlando Cerrutti

(Orlando Cerrutti es director de OB Cerrutti y profesor de Pacífico Business School)

Un amigo que posee un irreductible espíritu empresarial acostumbra a visitarme para hablar de sus innovadores proyectos. Muchas veces me cuenta también sus frustraciones. Debido a que lo conozco, creo que en la mayoría de sus emprendimientos los resultados son menores a los deseados o solo se sostienen por períodos cortos.

En su portafolio figuran desde locales de tragamonedas hasta la confección de polos, desde el desarrollo de una marca (con nombre en francés) hasta la organización de festivales musicales o rodeos o ferias agropecuarias. Una vez quiso formar su propia iglesia, pero ahí quedó.

Lo que me intriga del ‘Tigre’ (así se se hace llamar mi amigo), no es el proceso que sigue para planear y poner en marcha sus emprendimientos, un proceso que sin duda tiene fallas, sino cómo se consolidó en él ese irreductible espíritu empresarial y esa envidiable resiliencia para recuperarse y sumergirse –por enésima vez– en un nuevo proyecto.

La respuesta a esta pregunta implica resolver primero otro interrogante: cómo se va formando la mente, la manera en que pensamos y desarrollamos ciertas características de nuestra personalidad. A partir de allí, podríamos, entre otras muchas cosas, entender mejor nuestra actitud ante el riesgo, nuestra motivación para crear, hacer algo y generar valor, así como la capacidad de reaccionar en los momentos de dificultad. En otras palabras, incrementaríamos nuestro conocimiento sobre las competencias que esperamos en un empresario (y que algunas de ellas parece tener mi amigo).

Una manera de explicar (intuitivamente) la formación de la mente, aprovechando la Navidad, es comparar ese proceso con la preparación de un panetón.

Para tal fin, buscamos una receta confiable, compramos todos los ingredientes –huevos, mantequilla, harina, pasas, fruta confitada, azúcar, leche, un toque de especias y algo de licor– los mezclamos siguiendo la receta y, finalmente, horneamos la masa. Con suerte tendremos un rico panetón.

Un panetón es producto de los ingredientes, su mezcla y la cocción. Para efectos de nuestra metáfora, podríamos decir que la posibilidad de que sea húmedo y esponjoso obedece en un 50% a los ingredientes (nuestros genes), en un 20% a cómo los mezclamos (la interacción con las personas importantes en nuestra vida, muchas pertenecientes a nuestra infancia) y en un 30% a la cocción (la influencia de la cultura en la que vivimos). Sabemos que sus características dependerán de sus ingredientes, de la manera de mezclarlos y del horneado final. Todos influyen, pero no podemos saber con exactitud cuánto aporta cada uno.

Nuestra capacidad de evolución se da incluso el nuestro último día de vida.
Nuestra capacidad de evolución se da incluso el nuestro último día de vida.

Lo mismo sucede con nosotros, los humanos, y con todos los seres vivos. Estamos hechos de interacción de las instrucciones genéticas que heredamos, del efecto de nuestra crianza, (apego, afectos, lenguaje, socialización y otros) y, finalmente, de la influencia cultural (creencias asumidas como las adecuadas para convivir), pero no podemos saber con exactitud el aporte de cada uno de estos factores.

Un ejercicio interesante, ya sea a modo individual, ya con el apoyo de amigos o de un tercero profesional, es revisar nuestro recetario personal, identificar nuestros ingredientes, cómo se mezclaron y de qué manera influye la cultura en la que vivimos. Es decir, conocernos mejor y tener mayor claridad para entender, como en el ejemplo del ‘Tigre’, de dónde provienen nuestras motivaciones, cuáles son esos elementos que nos impulsan y otras características de nuestra personalidad.

La falta de autoconocimiento puede convertirse en un problema importante, pues normalmente pensamos que somos mejores de lo que en realidad somos (sentirse algo mejor es bueno para la autoestima) y tenemos dificultad en identificar nuestras debilidades. Si uno no se conoce, se hace más difícil mejorar como persona: aunque sepamos con cierta claridad a dónde queremos llegar, nos resulta imposible definir la ruta a seguir cuando ni siquiera sabemos nuestro punto de partida.

Pero, incluso conociéndonos razonablemente bien, ¿es factible cambiar? ¿Podemos, en la ruta hacia nuestro objetivo personal, ir reduciendo el impacto de los patrones de comportamiento que nos limitan e incrementar el de los que contribuyen a nuestro desarrollo? La respuesta es sí.

Afortunadamente, no somos como el panetón de la metáfora. En nuestro caso, el horneado continúa durante toda la vida, pasamos metidos en el horno social hasta el final. En este proceso puede suceder que alguna fruta seca cambie de sabor y color, que el impacto del mezclado se modifique con nuevas personas importantes y se convierta en uno con textura más esponjosa, o que el horneado mejore la humedad. Nosotros tenemos la ventaja de poder agregarle más pasas, azúcar y mantequilla. Mientras estamos horneándonos, el proceso es dinámico.

Esto obedece a que nuestro cerebro, base física de la mente, es plástico, a que se generan neuronas en todo momento de la vida y a que se forman nuevas conexiones sinápticas cada vez que tenemos una nueva experiencia. Se debe, también, a que recordamos y visualizamos una historia, a que nos cuestionamos algún comportamiento, a que conocemos a una persona valiosa y a una larga serie de episodios personales. Este cambio físico en nuestro cerebro, en la mente, en la manera de entender nuestro mundo exterior e interior y, consecuentemente, nuestro comportamiento nos ofrece la enorme ventaja de no ser nunca un producto terminado.

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